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¿Dónde está el niño que yo fui?

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Autor: Mirta Gloria Fernández
Editorial: Biblos
Año de edición: 2006
ISBN: 950-786-554-3
Cant. de páginas: 125


Los chicos imposibles
Sobre el libro ¿Donde está el niño que yo fui?: Adolescencia, literatura e inclusión social de Mirta Gloria Fernández


Reseñado por Jorge Panesi (*)


La literatura hoy en día pasa, sobre todo, por la supervivencia. La historia que hoy nos cuenta es la de su propia supervivencia. Sobrevive en una sobrevida amenazada, acechada desde todas partes, y parece refugiarse en los recovecos más imprevisibles, en los sótanos más lejanos, en las derivaciones y en los pasadizos más olvidados en los que el poder muele sus desechos menos aprovechables. La literatura, convengamos, nunca ha sido cosa de provecho, pero la amenaza que siempre la acorraló (la que estaba allí desde un comienzo) se ha generalizado. Si todo resto, si el molido o humillado resto que el capitalismo va dejando a su paso, puede convertirse, como un canto desesperado que solo se afirma como resto en la literatura, todo el resto no es literatura.

La literatura es una cosa de restos, de guijarros que en cualquier momento pueden formar parte de la amalgama con la que se construyen los edificios de la indiferencia. Y la indiferencia es la peor enemiga de la literatura. Por eso, la peor acechanza, la peor amenaza a la literatura proviene de su propio interior, y de sus propios sacerdotes, en cuanto ella solo es lo que los mediadores, los sacerdotes, los profesores quieren que sea. En buena medida, la supervivencia de la literatura ha sido el asunto, el destino, la incumbencia de esos sacerdotes que profesan la literatura, de los profesores de literatura. La literatura muere hoy de indiferencia porque los profesores que la profesan le son mortalmente indiferentes.

Esto es lo que me dice casi en forma subliminal pero con una insistencia terca, convincente y sutil Gloria Fernández en ¿Dónde está el niño que yo fui? Si el título nos habla de una pérdida, también alude al rescate de un resto, de una supervivencia, casi de un momento, de un momento único que como una fulguración intensa y olvidada, intensamente olvidada, habría que rescatar. El rescate de un resto al que solo se accede por un momento de fulguración. La literatura, en efecto, según Gloria Fernández, sería ese rescate. Un momento efímero y acechado, improbable en su destino de escaso existir. Como si la tarea del que profesa la literatura consistiese únicamente en la mirada y en el oído atentos a la supervivencia y al encuentro de esa fugacidad, de ese ente efímero de tan poca consistencia, y que sin embargo, tenaz él mismo, insistiese en presentarse, en advenir como cosa de un instante.

La peculiaridad de ¿Dónde está el niño que yo fui?, su oscilar mismo entre la narración, la literatura, la teoría, la pedagogía, el experimento docente, el análisis del discurso, y la ética que consiste en dar acogida a la voz censurada del otro nos habla de un encuentro. Un encuentro difícil que exige la atención y el cuidado de aquello que bien pudiera anularse en el preciso momento de ser invocado, de ser solicitado. Porque el encierro penal de los adolescentes, por un lado, y la literatura por el otro, no se dejan atrapar, en tanto “encuentro”, en la grilla, la malla o el grillete que los estudiosos suelen llamar “un objeto de estudio”. Gloria Fernández pone en escena un grupo de “pasantes” o “practicantes” para quienes, seguramente, con la seguridad intelectual de lo adquirido, la literatura es un objeto. Sí, un objeto de creencia: creen poseer como lo dado, lo prestigioso, y hasta lo evidente en su propia aura de prestigio cultural, un objeto. Para los recluidos, en cambio, más allá de su propio encierro, más allá de la certeza inconcebible de su propio encierro, no hay ningún objeto. Lo que los encerrados tienen de su lado es la azarosa posibilidad de un encuentro. Y la literatura oscila, relampaguea, se extingue como una llama o un llamado, por ser ese encuentro mismo. Los encerrados y los desposeídos de todo (eso me dice subliminalmente este libro) solo poseen la posibilidad de un encuentro.

Los desposeídos desposeen. Desposeen a los poseedores del objeto de su objeto mismo. Como si lo que hubiera que entender aquí fuese precisamente esta “operación” de propiedad y desposeimiento; aquello que la literatura, desde siempre, hace, aquello que hemos olvidado que hace. Se tratará de un encuentro, siempre y cuando los que profesan la literatura no solo sean capaces de provocarlo, sino también de renunciar a lo que entienden que la literatura es. Siempre que puedan aceptar el desposeimiento de lo que creían poseer. ¿Cómo no ver en el libro de Gloria Fernández este malentendido que obra a la manera de un espejismo en todas las relaciones institucionales que tienen como objeto la literatura?

Frente a la consabida imposibilidad que señalaba Freud para ciertas tareas, notablemente psicoanalizar, pero también gobernar y enseñar, la tarea que propone Gloria Fernández es doble o triple en su imposibilidad: más que enseñar literatura en una época que le imprime transformaciones tan decisivas que no llegamos a percibir cuál pueda ser en el futuro su materialidad, su extensión, su rostro y menos aún sus funciones, posibilitar que jóvenes encerrados experimenten por sí mismos y en sí mismos aquella cosa otra, aquella vislumbre de la verdadera vida que siempre estará ausente, roza el asombro, y casi alcanza para que despunte, incierta e intuida, alguna débil imagen de la redención.

Y conste que empleo la palabra “redención” no en un sentido individualista, según el cual habría que redimir a los descarriados, o redimirse a sí mismo en la tarea de redimir al prójimo, sino en un sentido histórico y colectivo, en un sentido benjaminiano. Esta tarea imposible, ilimitada, que anda a tientas en la empresa que se propuso respetar y oír a los otros, requiere de cualidades que se me ocurre poder sintetizar con la palabra “delicadeza”, que es, entre otras cosas, la apertura que surge cuando se ha decidido, firme y delicadamente, acallar los propios prejuicios, que son siempre prejuicios de clase, para conocer lo otro, pero también para conocer lo otro que habita en nosotros mismos. Sería esta la única enseñanza de la literatura, la única posible, y la que ella hace posible. También la que muestra el libro de Gloria Fernández, y la que muestran los jóvenes tumberos en su cercana comprensión de la literatura.

El gesto de apertura con que el libro se presenta, bajo la invocación y la lectura de Nietzsche ─que yo supongo poco frecuente en este tipo de trabajos─, marca la difícil empresa. Gloria cita abundantemente a Nietzsche, y yo retengo una cita que se me ocurre es toda la clave, toda la dimensión pedagógica que subyace en su libro:

… la ilusión acústica de creer que donde no se oye nada no hay tampoco nada.(1)

Como sucede con la filosofía, la empresa exige tener un buen oído para la singularidad, para la experiencia ajena cuyo lenguaje inaudito apenas entrevemos, y que aún no es hablado por los únicos que pueden hablarlo, en este caso, los niños del encierro. La literatura es así la que brindaría ese lenguaje, pero no desde la imposición pedagógica, inevitable reino de la doxa, sino desde lo que he llamado “un encuentro”, cada vez único y cada vez singular entre la literatura y su lector, con la implícita consigna de que esta tiene mucho que decirle, pero también en el supuesto de que el joven tendría mucho que decirle a la literatura, esto es, al mundo entero.

Para que alguien goce de su singularidad (y este es el reclamo, la demanda que los jóvenes dirigen a los miembros del taller de Gloria) necesitan de varios lenguajes, de retóricas y artificios. Y aquí, en el meollo metodológico que consiste en cómo apropiarse de ellos, Gloria no vacila en justificar el viejo procedimiento de la copia y el plagio. A mí me ha hecho recordar lo que Derrida, el pied noir, enunciaba en forma de paradoja: para derrotar al amo, para vencerlo, para hacerse valer, el subordinado, el colonizado, debe pasar por el desfiladero del lenguaje del amo, debe hacerse señor del lenguaje que lo oprime.

Pero en una misma comunidad lingüística, se trata de acceder a un plus que la literatura brindaría, a un exceso de lenguaje que solo podría encontrarse en la literatura. Convencida de que la literatura es ese exceso, Gloria no vacila en afirmarlo, y yo la veo del lado de Bataille, del lado de La experiencia interior, el centro mismo de lo que ella denomina “un pacto de lectura” entre los jóvenes y los “practicantes”. Del lado de los niños encerrados, surgen las lecturas “desbordadas” (así las llama ella), perfecto correlato del exceso que los textos proponen, y de la demanda (por definición: sin medida) de un espacio en el que lo más individual de cada uno de los lectores surja. Y lo más propio de lo propio siempre surge de lo otro, del otro, en este caso, de unos textos a los que la experiencia lectora literalmente desborda frente a las encauzadas, ortográficas, académicas, normalizadoras lecturas que los sujetos que enseñan deben guardarse, si es que son auténticos guardianes de eso que surge al acaso de la lectura, y que bien podríamos seguir llamando “literatura”.

Porque, como es fácil comprender en este libro, los penalizados por el robo descubren que la literatura es el espacio del robo generalizado, o como Gloria lo llama, “licencia para robar”. Nada más ni nada menos que un territorio donde no solo el robo está permitido, sino que no hay robo posible, ni delito, ni penalidad, porque es el ancho campo de lo impropio, donde la apropiación no significa necesariamente el castigo, sino el acto gozoso de una afirmación individual que echa sus raíces en la comprobación de que en el lenguaje no hay robo porque todo es a la vez propio e impropio, un robo ya sin pena ni culpa.
Enfrentada con lo que llama la constitución de un corpus o un canon de textos para estos niños (una tarea que exige quitarse el corsé universitario), Gloria observa en sus lectores lo que llamaríamos “solicitación de lo otro”, el reclamo no de la situación identificatoria que apela a la familiaridad de una condición social de pobreza o exclusión (el siniestro efecto especular), sino de un mundo posible, un mundo otro que redima y ensanche la estrechez de la pesada cotidianidad. O como dice el buen juicio de un pequeño crítico literario en ciernes, sin la sofisticación alimentada por las aulas de la calle Puán, “Realismo ya entiendo lo que es y no me gusta” (2).

¿Dónde está el niño que yo fui? muy bien admitiría que se lo leyese como un tratado en contra de los prejuicios, de los prejuicios sociales y de clase, de los prejuicios intelectuales o académicos, de los prejuicios institucionales y de los prejuicios implicados en la enseñanza de la literatura, pero también y sobre todo, de los prejuicios de lectura. No porque algo pudiera leerse sin prejuicios, sin la repetición que la larga historia de la literatura ha sedimentado en la cultura letrada, sino porque el exceso, el desborde que Gloria Fernández reserva a la literatura en esta época en que ya no es lo que creíamos que era, exige el contacto abierto con lo que no podemos ver ni creer porque no sabemos a ciencia cierta qué es aquello otro en lo que se convertirá. Por eso, la salvedad de una experiencia única:

Los hallazgos expuestos […] no pretenden ser generalizables. (3)

Y podremos darnos cuenta del tour de force que significa esta experiencia que ha oscilado entre dos imposibilidades: la de la enseñanza y la de la literatura. “Imposible”, esta palabra que he repetido un poco machaconamente, la he encontrado en una cita que sigue inmediatamente a la mención del casi escandaloso no método del libro, el de la incierta generalización en materia de hallazgos. Es una cita de Maurice Blanchot, que vuelvo a citar aquí:

… es un gusto creer –dice Gloria─ como Maurice Blanchot, que “la verdadera lectura sigue siendo imposible” y que el verdadero conocimiento que podríamos tener de los chicos es una quimera. (4)

Por supuesto, más que demostrar nada, ¿Dónde está el niño que yo fui? solo pretende mostrar. Por supuesto, no se trata de propiciar un camino, un método sin repetición posible (una suerte de antipedagogía), sino de mostrar que únicamente el respeto por la singularidad hace posible que se transfiera lo intransferible. Es eso lo que puede repetirse en este método. Porque la literatura, siempre otra, y siempre ladrona robada, no hace sino repetirse en su singularidad, siempre una y siempre diferente.

(1) Citado en Mirta Gloria Fernández, ¿Dónde está el niño que yo fui?, Buenos Aires, Editorial Biblos, 2006, pág. 32.

(2) El testimonio de Cristian, en Mirta Gloria Fernández, ¿Dónde está el niño que yo fui?, Buenos Aires, Editorial Biblos, 2006, pág. 58.

(3) Mirta Gloria Fernández, Op.cit., pág. 64.

(4) Mirta Gloria Fernández, Op.cit., pág. 64.


(*) Jorge Panesi nació en Buenos Aires en 1945. Es profesor titular de Teoría Literaria e investigador en las Universidades de Buenos Aires y La Plata. Es un reconocido crítico y profesor, reverenciado por sus alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras, de donde fue director del Departamento de Letras.

Sus ensayos fueron incluidos tanto en libros como en revistas especializadas y diferentes medios culturales de la prensa de nuestro país, América Latina, Europa y los Estados Unidos. Es una de las principales voces de la crítica literaria argentina contemporánea. Estudió y publicó trabajos críticos sobre la obra de Eugenio Cambaceres, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Manuel Puig, Juan José Saer, Néstor Perlongher, Tamara Kamenszain. También investigó y publicó trabajos en torno a los vínculos entre literatura y filosofía a propósito de Jacques Derrida y de Walter Benjamin, y sobre algunos periodos de la historia de la crítica literaria argentina.

Es autor Felisberto Hérnández (Beatriz Viterbo, 1993) un libro sobre la obra del autor. Críticas (Norma, 2000) reúne gran parte de sus escritos dispersos en diferentes publicaciones académicas. Forma parte del Comité organizador del Congreso Internacional "Transformaciones culturales. Debates de la teoría, la crítica y la lingüística", que ya lleva tres ediciones.


Agradecemos la autorización de Jorge Panesi para publicar su reseña en educ.ar

SOBRE LA AUTORA

Es egresada de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires y especialista en las áreas de Educación (FLACSO) y Procesos de Lectura y Escritura (UBA-Unesco).

Se desempeña como profesora de Semiología y de Didáctica Especial y Prácticas de la Enseñanza en Letras en la Universidad de Buenos Aires. Se desempeñó como tutora del Postítulo de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Capacitación, de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Pertenece al equipo de investigación de Urgencia Social, también de la universidad estatal.

Sus publicaciones más recientes son Cuadernos para el aula de Primer Ciclo (Ejes Escritura y Lectura) del Ministerio de Educación de la Argentina y Poetas y niños . Su trabajo Bajtín y Vigotsky: la experiencia social en la producción de sentido (publicado en la revista de semiótica Adversus, dirigida por Hugo Mancuso y cuyo comité científico lo integran Umberto Eco y Walter Mignolo, entre otros) es un extenso ensayo sobre la relación teórica entre Bajtín y Vigotsky, y sobre la forma en que sentaron las bases para que hoy podamos concebir una didáctica sociocultural de la literatura.


1 Comentario

  1. victoria. Abril 2, 2010 11:35

    deseo recibir información sobre talleres de literatura infantil para enriquecer mi proceso de escritura. Muchas gracias.

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