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El último lector

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Autor: Ricardo Piglia
Editorial: Anagrama
Año de edición: 2005
ISBN: 84-339-6877-7
Cant. de páginas: 192

Estrategias de sentido para la experiencia enigmática
Por Pablo Mancini


Acabamos de leer El último lector, de Ricardo Piglia (Anagrama, mayo de 2005), una especie de canción que dura todo un fin de semana –el tiempo que lleva leer este libro en forma pausada–, un libro sobre la lectura, sobre los actos de lectura, su composición escénica y su construcción simbólica, pero también sobre la experiencia transformadora de leer y la construcción de sentido de las experiencias a través de lecturas posteriores.

Dice Piglia en el epílogo que este libro no pretende ser exhaustivo, que se trata de un recorrido arbitrario y privado de sus lecturas. El último lector, dice Piglia, está para él secretamente unido a The Last Reader, la canción de Charles Ivens basada en el poema de Oliver Wendell Holmes.

Ya en el primer capitulo del libro, “¿Qué es un lector?”, Piglia deja en claro que, tal como lo hacía James Joyce, el arte de la lectura consiste en gran medida en ver mundos múltiples en un mapa mínimo del lenguaje. Es el arte de descifrar, de (re)construir sentido. La lectura es el arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio; un asunto de óptica, de luz, de dimensión física. Esas ideas abren precisamente el libro al dominio de una idea mucho más abarcadora de la lectura, de los actos de lectura que constantemente encaramos y que ponen en evidencia las tensiones de nuestra subjetividad.

Claro que Piglia toma algunos conceptos que lo preocupan personalmente y no se detiene en aquella dimensión de la lectura que nos interesa más. Sin embargo. la letra de Piglia no tiene desperdicio. Retoma a Borges y su posible “mayor enseñanza”: la ficción como teoría de la lectura. Esa certeza borgeana que postula que la ficción no depende sólo de quien la construye sino también de quien la lee. La ficción como posición del intérprete. La posibilidad de elegir cualquier cosa para leerla como ficción.

También rescata de Borges la articulación que hace de lo imaginario y lo real del acto de leer. La instancia que contiene, entre lo imaginario y lo real justamente, al acto de lectura, rompiendo así la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad.

Piglia avanza, ejemplifica, argumenta y encuentra relaciones sorprendentes. Se detiene en el caso de Scharlach, el gángster de La muerte y la brújula; en Hamlet con un libro en su mano. Ensaya ideas sobre la construcción de la subjetividad del lector en la literatura, acerca de la proyección de la idea del sujeto lector. Por supuesto, rápidamente se encuentra con Kafka y despliega un arsenal de citas de su Diario y de sus obras más conocidas.

En Kafka el cruce de Primera Guerra Mundial le sirve a Kafka para describir su relación con la literatura y, en consecuencia, el sentido que le otorga. Piglia no soslaya las condiciones de producción para analizar a Kafka, quizá porque para el propio Kafka eran indispensables: la escritura existe si se han creado condiciones materiales que la hagan posible. La idea de experiencia aquí toma una fuerza descomunal. Entonces la escritura condensa la experiencia al mismo tiempo que la hace posible.

Tal como apunta Piglia, por eso Kafka escribe un diario, para leer las conexiones que no ha visto al vivir, o para ver desplazado el sentido en otro lugar. Para leer el sentido nuevo que la narración ha producido en lo que ya se ha vivido. “No se narra para recordar, sino para hacer ver”, sostiene Piglia. Y agrega: “la experiencia es enigmática. El relato establece un sentido incierto”. La lectura define y da forma a la experiencia.

Tensión lectura-acción

En el cuarto capítulo Ricardo Piglia persigue los rastros de lectura del Che Guevara para dar cuenta de la tensión natural entre lectura y acción política.

La imagen del lector, de quien lee, es la imagen construida del intelectual en el sentido moderno. Quien lee descifra, interpreta y resignifica. Las distintas posibilidades de sentido y el abanico de interpretaciones posibles donde descansa la incertidumbre de ese intelectual moderno. Es decir, esa duda no es un “no sé” sino indecisión interpretativa. En cambio, la acción política está vinculada a la decisión, incluso ante la incertidumbre. Entonces, entre el titubeo intelectual y la acción política, encontramos la tensión a la que Piglia se refiere.

Otros aspectos definen, además, esa tensión. Por ejemplo, lo social de la vida política y la vida personal. En este caso también Piglia nos abruma con decenas de ejemplos sobre cómo parte de la construcción del mito del Che puede ser explicada desde esta tensión. Conocidas son las anécdotas de Guevara leyendo en Sierra Maestra mientras sus compañeros descansaban. Hay incluso varias fotos en las que se lo ve leyendo en los descansos del combate.

Bien, parte de la historia de Guevara, comenta Piglia, está construida con esos dos “ritmos”: metamorfosis y cambios bruscos, y persistencia y continuidad. A pesar de las mutaciones y las experiencias transformadoras, la continuidad de la lectura atraviesa al Che en toda su historia. De hecho, es algo que ha quedado claro en la recientemente estrenada Diarios de motocicleta. Un Ernesto que se transforma en Che: ese pasaje es vivido y descifrado a partir de la escritura y la lectura. El nombre lo dice. La experiencia es Diarios de motociclet; la lectura, Ernesto, que se transforma o que comienza a transformarse en el Che.

Sobre el final de El último lector, Piglia recata a Borís Eikhenbaun y Víctor Sklovski. Y luego, para continuar, a Joyce. Pero los “lectores” rusos le interesan particularmente porque definen la relación con un texto en función de cómo ha sido construido. Es decir, plantean los problemas de producción de textos y no los de la interpretación, que son evidentemente dos modos diferentes de hablar de literatura.

Dice Piglia: leer desde donde se escribió no define al lector ideal como el que mejor lee sino como el que lee desde una posición cercana a la composición misma. Cita a Nabokov: “el buen lector, el admirable, no se identifica con los personajes del libro, sino con el escritor que compuso el libro”.

Esa noción, para Piglia, está vinculada a la de “work in progress” joyceana. Sería la noción de obra como dispositivo abierto. “Un uso práctico de la literatura”, que consiste en una lectura de deconstrucción de su composición.

Eso es importante para la perspectiva que adopta Piglia, porque los elementos formales de la construcción forman parte del mecanismo de lectura para la interpretación. Esa noción también la expone cuando analiza el Diario de Kafka y lo lee a la luz de la experiencia del escritor, una experiencia relacionada con las gramáticas de producción.

Este libro de Piglia nos atrapó, nos enmudeció, nos dejó pensando y lo mejor de todo: nos puso a escribir. Para reordenar ideas y elegir caminos de interpretación. Es un libro íntimo, dice Piglia. Y de alguna forma todos lo son. Pero el hecho de que este lo sea nos propone una metalectura de la experiencia y de la (de)construcción de sentido.

SOBRE EL AUTOR

Ricardo Piglia (Adrogué, 1941). Profesor de Literatura Latinoamericana en Princenton University. Es considerado una de los grandes escritores y ensayistas argentinos. Además de ensayos y libros de ficción escribió los guiones para las películas Corazón iluminado (1996), de Héctor Babenco; La Sonámbula (1998), de Fernando Spiner; El Astillero (2000), de David Lipszyc, basada en la novela homónima de Juan Carlos Onetti. El director de cine Marcelo Piñeyro dirigió Plata Quemada (2000), basada en la novela homónima del autor. En esta misma colección están editados otros libros de Ricardo Piglia: Crítica y ficción, Respiración artificial, Formas breves , La ciudad ausente, Prisión perpetua.


2 Comentarios

  1. Hernán Mariano amar. Agosto 12, 2009 12:45

    Qué sucede con la lectura y la ubicación en la estructura social? Y las variables sociodemográficas, psicográficas que intervienen en la lectura, creo que no son mencionadas.
    Qué sucede con las lecturas aceptadas o dominantes de los lectores? ¿El lector "ideal", más allá de acercarse al sendero de interpretación que propone el autor, no es un sujeto incapaz de moverse o deslizarse de la concepción del autor?
    Me parece que los textos sobre lectores que proponen una lectura en construcción no deben olvidarse de los condicionamientos estructurales u objetivos que pesan sobre la experiencia de lectura. Los caminos interpretativos no son infinitos, y remiten a lo social.
    Respecto a la acción política, podemos decir que impone decisión, pero también reformulación. No escindo la acción intelectual de la acción política. El ejercicio intelectual no se pone en juego sólo en el descanso, sino también en la "trinchera" (hay dilemas ideológicos en el campo de batalla).

  2. cesar diza. Agosto 12, 2009 12:47

    Creo que hoy por hoy, muchos autores nos han expresado que las interpretaciones textuales pueden desarrollarse como infinitas (relativamente) o abiertas : por nombrar algunos caso tenemos: Jorge Luis Borges, Roberto Bolaños y el mismo Ricardo Piglia. Hoy en dia estamos muy lejos en cuanto la produccion literaria que plantee un referente eminentemente político (algunos expresan de manera simplista, el irrumpimiento de la llamada pos-modernidad literaria), de alli que creo que obras como "El último lector de Ricardo Piglia nos invita a que descifremos, de una y mil maneras, nuestro concepto de lo que creemos es un lector: un detective incalsable que trata de des-enmarañar los diversos misterios que engloba esta gran y compleja realidad llamada literatura; más que guerrilleros, ahora los lectores nos hemos convertidos en detectives.

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