
Por Alejandro Piscitelli
La escuela en el cine. Un programa mucho más atractivo que el cine en la escuela
No resulta fácil sorprenderse por el contenido de un libro. Tan acostumbrados estamos al copy- paste, que la clonación parecería ser la enfermedad típica de nuestro tiempo. No importa qué tema toquemos, no importa qué área del conocimiento queramos explorar, en general es casi imposible que encontremos alguna obra que nos saque de nuestro aburrimiento dogmático, que inaugure alguna nueva aventura del saber, o que suponga algún bautismo en áreas ignoradas o desconocidas.
Pero a veces hay excepciones. Como en este caso, cuando a un autor se le ocurre explorar una inesperada correlación: la evolución de las percepciones acerca de la educación en Occidente paralela a su escenificación cinematográfica. El punto de partida fue una inesperada constatación: a saber, que la expansión de la educación obligatoria en la sociedad occidental se produjo paralelamente a la consolidación del cine como arte popular por excelencia.
Educación y cine
Esta es una idea buenísima, al menos en potencia. Pero viendo lo que hizo Ramón Espelt en Jonás cumplió los 25. La educación formal en el cine de ficción 1975-2000 (Laertes, 2001), habría que admitir que el logro es tan notable y loable como la pretensión. Porque que haya puentes entre educación y cine es una cosa, pero examinarlos con el grado de detenimiento, investigando y analizando múltiples facetas y descubriendo que detrás del simple acto de mirar existe un ver de la relación educación/cine, es un mérito nada menor que le debemos a Ramón Espelt.
Entendámonos. Este libro no comulga con los intentos generalmente de plástico y mal logrados de meter el cine en la escuela, a excepción de las obras bien sucedidas como es el caso de Joan Ferres. Justamente al contrario, aquí no se dice nada acerca del potencial educativo del cine, ya sea como complemento de otras materias o como objeto de estudio autónomo.
Lo que hace este libro para nuestra sorpresa y alegría es recorrer la relación entre cine y educación de modo contrario al usual y previsible, mostrando cómo el cine ha utilizado el mundo de la enseñanza para urdir tramas argumentales.
La ambición del autor se puede medir frente a la cantidad de películas que tomó como muestra para su análisis: más de 300. Su punto de partida fue la película de Alain Tanner (escrita por el genial John Berger) Jonás, que cumplirá los 25 en el año 2000 (filmada en 1976) cuyos personajes son los hijos del Mayo francés y que elaboraron un muestrario de cómo entender y practicar la relación educativa, formal o incidental. En un momento de tanta confusión como el actual y cuando las brechas valorativas y cognitivas se ensanchan agigantadamente a partir de la revolución digital, este ensayo tiene mucho para enseñarnos.
El Mayo francés vive entre nosotros
Porque el Mayo francés no es como muchos creen desde la simplificación o el desconocimiento tan sólo un coletazo más en contra de la educación tradicional, como ejemplo adicional de desprecio de las instituciones y de pretensión de su muerte (muerte de la escuela en Iván Illich, muerte de la familia en David Cooper y Richard Laing, muerte del Estado en Pierre Clastres, muerte del capitalismo en Althusser, muerte de las relaciones patriarcales en Marcuse, muerte del sexo en Foucault, muerte del complejo de Edipo en Guattari). La cosa es más compleja y merece mayor consideración.
Que el cine no refleja la realidad y tampoco tiene por qué hacerlo es algo que sabemos desde siempre. Por eso no debe extrañarnos que la visión que Hollywood ha dado tradicionalmente de la escuela ha sido distorsionada en todo sentido. Porque en definitiva las imágenes de los profesores que construimos revelan mucho más de nosotros que de ellos. Simplificando mucho, mientras que para los franceses Estados Unidos es una jungla, ruidosa, indisciplinada, para los yanquis el mundo de la educación en Inglaterra es menos parecido a una jungla que a un zoológico, enjaulado, domesticado. Pero para un inglés Francia es admirada como un circo, planificado, elegante, geométrico.
Mirando a la escuela desde el cine
Todos los grandes cineastas han opinado muy duramente acerca de la escuela. Desde Orson Welles a Woody Allen, desde Federico Fellini a André Téchiné, desde Lindsay Anderson a Alejandro Amenábar y Pedro Almodóvar, porque la realidad y el recuerdo, la marca y el deseo están siempre presentes entre los directores que durante mucho tiempo fueron alumnos –y algunos incluso profesores– y parece que la experiencia, salvo excepciones, no fue de las mejores.
Cómo se muestra a alumnos y docentes, idealizados o execrados en las películas, no es independiente de la fabricación de otros estereotipos, por ejemplo los de los propios jóvenes. A partir de 1955 las audiencias se segmentan en el cine y la categoría teen-agers: chicos de 13 a 20 años) se constituye en una demanda arrasadora que medio siglo más tarde no cesa de crecer.
Otro aspecto llamativo en estos análisis es la mirada de extranjeros que todos aplicamos al sistema educativo (del que todos fuimos nativos) cuando lo volvemos a ver recreado a manos de los inmigrantes que son los directores que lo describen, debiendo siempre contrastar nuestras imágenes de lo que fue, no tanto con lo que es sino con lo que los directores nos dicen que es, introduciendo así capas de mediaciones que nos vuelven cada vez más extraños frente a nuestra propia experiencia que data de años o décadas.
La mayoría de las veces lo que vemos nos encuentra como extrañados al regresar a casa, o puede ser que encontremos todo arbitrario, incoherente o deficiente, pero en todos los casos nos veremos invitados a reinterpretar y reordenar nuestro conocimiento sobre la institución escolar.
No es casual que tanto guionistas como directores hayan tematizado muy a menudo esta mirada extranjera y extraña buscando un efecto distanciador respecto de la rutina escolar, que tiene su culminación en ET donde, gracias al poder telepático y telequinésico del monstruo en la casa, el chico percibe al espacio escolar como extraño y antinatural.
Un doble origen
También hay controversias acerca de las ventajas o no de filmar directamente episodios de clase, y aunque este libro justamente no se dedica a estas escenificaciones sin embargo detalla ejemplos muy curiosos. Por ejemplo, los cambios en picado y contrapicado en La sociedad de los poetas muertos para marcar la asimetría del poder, los deseos libidinales más o menos ocultos en La belleza de las cosas, el raro travelling cenital en El largo día se acaba, los juegos con la sobreimpresión en diapositivas como en El país del agua, que muestran un deslizamiento hacia la subjetividad.
Tejiendo un maravilloso entramado, la obra de Espelt tiene un doble origen. La película ya mencionada Jonas..., pero también un libro de Yveline Baticle: El profesor en la pantalla, de 1971, publicado en el apogeo de la semiología estructuralista, donde se estudia el estereotipo cinematográfico del profesor a partir de una recopilación de sus características (retrato físico, función pedagógica, papel como personaje, sexo) recogidas en 250 fichas referidas a personajes de 250 películas estrenadas entre 1945 y 1970.
Los estudios culturales de los años 80 comenzaron denunciar esos estereotipos. Pero la politización de las representaciones puede llevar a generar nuevos esencialismos (clarísimo en el caso de la ideología de lo políticamente correcto), como si hubiera una manera adecuada de ver a los otros y toda representación estuviera orientada por una visión omnisciente.
20 años más tarde el análisis de los estudios pedagógicos, las imágenes y las representaciones de la escuela y el profesorado se ha multiplicado y diversificado exponencialmente. Numerosos obras recientes han conformado una biografía colectiva del profesorado, revelando la contribución de los mundos sociales, ficcionales, fantásticos y privados en la construcción del texto acumulativo llamado profesor.
Una estructura holográfica
El libro está dividido en diez apuntes y tres partes. Imaginarios y contextos, donde se revisa la educación de la imaginación y se dan infinitos ejemplos de cómo la educación se contextualiza cinematográficamente por país y por región, por estilo y por director, por momento histórico y por motivación individual.
La tercera parte está dedicada al carisma y la disciplina, y Espelt trabaja permanentemente con opuestos, viendo cómo la disciplina genera en la pantalla una variedad de hombres dóciles, como contrapuestos a los hombre salvajes. Y lo mismo sucede con la educación y la disciplina, que oscila entre la conformidad y la insurrección.
Por último, el libro acaba con un examen muy fino y complejo del cuerpo del docente, en el que se examinan desde múltiples perspectivas los riesgos de la educación presencial, la pedagogía y la seducción en el cine, y la vulnerabilidad del docente, que aparece cada vez más en las primeras páginas de los diarios y que en este libro está representado en decenas de películas.
El volumen termina aporéticamente, y entre sus múltiples hallazgos está la sistematización de las películas analizadas con su correspondiente título original y la versión española (que lamentablemente no es la argentina), así como un precioso listado bibliográfico que permite profundizar muchísimo en el tema.
Alejado de todo pedagogismo y mucho más interesado en los aspectos representacionales que en los pedagógicos, que alguien se haya animado a cruzar esta selva de imágenes tratando de imponerles un mínimo de orden es más que bienvenido. Sobre todo porque visto a través de su mirada tanto la visión bucólica de un aula ideal, como la más trastornada de un aula que es sólo violencia deben ser matizadas, al revelarnos Espelt que la complejidad sólo puede ser reflejada/rediseñada con más complejidad y que es imposible entender lo que es la educación en la cultura espectáculo si no se hace el trabajo minucioso del concepto imagen y se lo revisa de cabo a rabo, como en este caso.
SOBRE EL AUTOR
Ramón Espelt (Gironella, Barcelona, 1953) es profesor de matemáticas en Secundaria y estudioso del cine. Autor –con Jordi Balló y Joan Lorente- del mítico Conèixer el cinema (1985), una propuesta para introducir el cine en la escuela, ha publicado numerosos estudios como Cinema català 1975-1986 (con Balló y Lorente), Mirada al món de Bigas Luna o Ficció criminal a Barcelona 1950-1963. Ha sido asimismo documentalista en diversos proyectos y colaborador del grup IREF.
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