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Los planos de mi ciudad

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Autor: Alexiev Gandman
Editorial: Ediciones del Eclipse
Año de edición: 2006
ISBN: 987-9011-67-8
Cant. de páginas: 40


Por Mónika Klibanski

Una gran maquinaria como métafora de la ciudad

Los planos de mi ciudad, del diseñador gráfico, fotógrafo, ilustrador y docente Alexiev Gandman, es un libro lleno de matices y guiños para el lector.

Este libro forma parte de la colección Libros-álbum del Eclipse, dirigida por el ilustrador y escritor Istvan Schritter, que reúne un conjunto muy selecto de títulos de un género en el que las imágenes afectan casi todos los elementos narrativos, y en el que la construcción de sentido deriva del interjuego que se da entre ambos lenguajes: el visual y el textual. Son libros para manipular, girar, tocar, abrazar; libros que interpelan a lectores de todas las edades.

Los planos de mi ciudad está narrado en primera persona, desde el punto de vista de quien observa y traza los itinerarios de un cosmos onírico y simbólico.

Un brazo asoma en los extremos de algunas imágenes: señala, extiende telescopios, espumaderas, lupas, juega con un yo-yo, y hace gestos cómplices. ¿De quién es ese brazo? ¿Pertenecerá al hombre de la multitud, aquel que habita las ciudades industriales, vive embriagado bajo los efectos de las tandas publicitarias y anhela las mercancías que ofrece el progreso? Luz eléctrica, máquinas fotográficas, celulares, televisores, cintas magnetofónicas, lavadoras: íconos de un bienestar doméstico.

El leit motiv del libro, al girar cada página, es el dibujo de la rosa de los vientos, que enseguida nos da la idea de viaje y sugiere direcciones, distancias, espacios y horizontes diferentes.

Una feria de inventos urbanos y mentales

Los planos de mi ciudad es un libro plagado de citas gráficas y conceptuales al modernismo, movimiento que incorpora las novedades resultantes de la revolución industrial y que practica una representación plástica menos realista. Claras alusiones evocan a la ciudad arquetípica del siglo XIX: París y su monumental Tour Eiffel, construida en 1889 para la Exposición universal de ese año. Es justamente durante ese periodo que cambia radicalmente la sociedad, la economía y, por lo tanto, el concepto de ciudad.

La obra presenta a la ciudad como una gran maquinaria –invención moderna por excelencia– repleta de engranajes, redes y laberintos.

Las postales urbanas de este libro se hilvanan a través de un relato breve, sostenido por una voz que podría emparentarse con la figura del flâneur (habitante de París del siglo XIX), que Walter Benjamin describe como ese paseante solitario y observador que recorre las calles y los rincones de su ciudad.

Ese cosmos inventado por Gandman también puede ser descifrado a la luz del movimiento simbolista, que emerge como reacción al materialismo y pragmatismo de la sociedad industrial.

Una encrucijada de tiempos y espacios

Esa metrópolis imaginaria, ciudad invisible, hecha de máquinas que funcionan a través de diferentes mecanismos (cuerdas, botoneras, molinos, aspas, cables), es, como lo plantea Italo Calvino: “un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; lugares de trueque...” (Siruela, 1994).

¿Se trata de una ciudad moderna, la de la plaza y el encuentro?, ¿de una ciudad posmoderna, la de la velocidad, los mensajes?, o ¿de una ciudad globalizada, de límites territoriales difusos?

Relojes de distintas clases (relojes pulsera, relojes despertadores, torres reloj, relojes de bolsillo, relojes de arena) simbolizan la noción del tiempo objetivado. Sin embargo, el libro no ofrece indicios de una temporalidad definida. Más bien hay marcas fragmentadas de múltiples épocas y dimensiones. Castillos y embarcaciones medievales, aviones y autopistas, cohetes y astronautas. A ese caos lógico se suman signos reconocibles de nuestra contemporaneidad y cotidianidad: mates, pavas, la bandera nacional, el obelisco, un colectivo de la línea 60. Brujas montadas sobre escobas voladoras, el sello de Batman, traen ecos de universos imaginarios.

Este libro puede leerse como una encrucijada de tiempos y espacios integrados y conectados en un entramado extravagante, una gran feria de inventos urbanos y mentales. Mundos submarinos, espacios siderales, universos terrestres y extraterrestres. El autor/ilustrador propone una mirada sincrónica en el infinito. Algo así como lo que hace Umberto Eco en La nueva Edad Media (Alianza, 1984), donde el pensador italiano examina paralelismos entre la Europa medieval y la sociedad contemporánea.


Arquitecturas hechas de ciencia y ensueño

Atraviesa también la obra de Gandman una concepción de la ciencia mucho más cercana al arte y al juego de lo que sostienen muchas teorías del conocimiento. El libro parece inclinarse hacia la epistemología de Karl Popper, para quien el avance de la ciencia no tenía que centrarse en la racionalidad científica sino valorar también el azar metafísico imaginativo.

Los planos de mi ciudad dialoga con otro encantador y exótico libro titulado Máquinas, de Chloé Poizat (Kalandraka, 2000), una suerte de muestrario de artefactos diseñados con gran lirismo tal vez por algún ilusionista. Ambos libros tienen una ambientación finisecular, y nos evocan las novelas de anticipación científica de Julio Verne.

La influencia de Verne se reitera de distintas formas. Globos aerostáticos, espacios submarinos, naves similares al Nautilus, la Tierra, la Luna. No sólo se trata de citas a sus famosas novelas, sino que el libro reaviva también ese espíritu aventurero y cientificista que impregnaba la literatura de Julio Verne. Ciencia y sueño es un binomio muy presente en la cosmovisión de Gandman.

El relato gira alrededor de la filosofía del absurdo, que tal como entendía Albert Camus, surge del choque entre la irracionalidad del mundo y el hombre en busca de la razón.

El autor/ilustrador crea una atmósfera de ensueño introduciendo elementos de escasa coherencia en contextos que intentan representar una lógica reconocible. Cafeteras gigantes, castillos sostenidos sobre mesas giratorias, ventanas de las que asoman monstruos milenarios, terrazas bañeras, pasteles de varios pisos devenidos edificios, casas licuadoras. En esta metrópolis se cruzan, en un montaje absurdo, motivos paisajísticos con otros que desafían los modos convencionales de representación de la realidad tal cual la conocemos, y que quiebran nociones de la perspectiva, la geometría y las matemáticas.

En esa puesta en escena tan absurda como surrealista, se cuela el imaginario de artistas como Salvador Dalí, Max Ernst, y René Magritte, entre otros.

Esa gran maquinaria como metáfora de la ciudad que nos muestra Los planos de mi ciudad parece inspirada en el arte cinético y el ready made de Marcel Duchamp, que combina o dispone fuera de contexto y de manera arbitraria objetos de uso cotidiano y aparentemente carentes de valor artístico, con una intención transformadora, dándoles sentido artístico, al mismo tiempo que pone en cuestión el concepto de arte. Gandman, igual que Duchamp, combina objetos útiles y deleite estético.

Cartografiar lo maravilloso e incomprensible

El narrador dice: “Mi ciudad es rara…”, y más adelante explica: “para entender mi ciudad, la recorrí íntegramente, y dibujé sus planos”. El trazado de planos se propone como un dispositivo epistemológico para operar sobre el mundo, conocerlo y reconocerlo. La cartografía, tradicionalmente asociada al positivismo, se presupone como un ejercicio objetivo, neutral, preciso y exacto.

Sin embargo, Gandman fabrica espacios paródicos que parecen adoptar la tesis que postula J. B. Harley en La nueva naturaleza de los mapas (FCE, 2005). Allí se plantea que: “Los mapas son algo más que una mera descripción; son como una mirada hacia el mundo de quien los trazó, hacia afuera y hacia delante... Harley rechaza la visión individualista del cartógrafo, opina que este no sólo debe registrar impresiones del mundo exterior y ser capaz de trasladarlas a la forma gráfica, sino que debe proporcionar una visión más amplia, como corresponde a una construcción social.” Gandman, para cartografiar los territorios que explora, compone algo así como un rizoma deleuze-guattariano.

Esos trazados urbanísticos, repletos de claves insólitas y disparatadas rescatan ciertas explicaciones míticas acerca de la forma de la Tierra, en particular aquellas que les atribuían a algunos personajes maravillosos el rol de sostenedores del mundo. Esas construcciones imposibles creadas por Gandman, y que tanto recuerdan a las de pinturas de Maurits Cornelis Escher, descansan sobre tortugas gigantescas, mesas giratorias, globos, y platillos voladores, apelando constantemente a la exageración y el humor absurdo.

La detallada descripción que hace Dante Alighieri de la Tierra en su Divina Comedia, donde la presentaba como el centro esférico hueco del universo, con diferentes círculos arriba y abajo, los cielos y los infiernos, también está sugerida en algunas de las páginas de Los planos de mi ciudad.

Miradas en blanco y negro

La elección del blanco para los dibujos sobre fondos negrísimos nos sitúa en el tiempo: es una noche de ensueño. Lunas fumadoras, cortas de vista, de gran bonete, lo confirman.

La bipolaridad cromática con que se realizó este libro, empleando tinta china, marcha en contraposición al preconcepto que plantea que los libros a todo color serían los más atractivos para los niños. Y a su vez se confronta con una fuerte tradición literaria que sobrevalora el realismo por sobre la ambigüedad estética, y que sostiene que los relatos que evocan universos cercanos tendrían mayores valores educativos para la infancia.

Ese planteo rupturista que nos trae Los planos de mi ciudad corriéndose de estos y otros supuestos, merece ser aplaudido.

El libro cierra develando las evidencias del artificio. La última imagen muestra un escritorio donde están desparramadas en formato pequeño las ilustraciones que vimos a lo largo de todo el libro. Un mate y un vaso son los indicios de la presencia del artífice de la obra. Y frente al lector, o sea a nosotros mismos, está la ventana abierta, dejando ver parte de los paisajes incluídos en el relato. Allí empieza y termina el universo, porque es la mirada extrañada del narrador la que, a partir de su subjetividad, lee la realidad y diseña sus planos para comprender lo incomprensible.

La obra en su totalidad dispara múltiples lecturas y difícilmente deje indiferentes a los lectores que pongan a accionar con sutileza su personal máquina de leer.


P.D.: Muchas gracias a los lectores que aportaron sus intertextos y sus miradas a la mía para escribir esta reseña.


SOBRE EL AUTOR

Alexiev Gandman es diseñador gráfico, fotógrafo, ilustrador, docente y jardinero. Estudió artes plásticas con pérez Célis, Hermenegildo Sábat, Roque Pronesti, Martín Riwnyyj, Itstvansch, Mónica Weiss y Graciela Repún.

>i>Los planos de mi ciudad es su primer libro álbum publicado, después de que su libro teórico Aprehender el envase saliera en 2003. Dicta clases en el instituto Ort II, Motivarte y en la Universidad de Buenos Aires.


2 Comentarios

  1. Liliana. Agosto 11, 2009 12:42

    Me pareció excelente la forma de abordar,este tema, puntos de vista diferentes, originales.

  2. jenny. Octubre 1, 2009 23:03

    holaz los kiero

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