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Por Alejandro Piscitelli
¿La guerra es un medio o un fin?
La guerra nos puede. Para muchos es la encarnación del altruismo extremo y de la defensa del interés del colectivo. Para otros es apenas un mecanismo psicopático inventado por unos pocos para renovar cada tanto el pool genético gracias a la carnicería a la que somete a millones de otros seres humanos en pos de una supremacía racial, étnica o cultural.
Cada tanto hay, empero, tesis y libros que tratan de salirse de la visión instrumental de la guerra y le buscan una justificación filosófica. En estas lecturas la guerra es un medio para un fin superior. Trátese de la culminación de la política por otros medios en la visión de Clausewitz o, bastante retorcidamente, como es el caso de Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental, FCE, 2006, de Victor Davis Hanson, de proclamar a través de una de sus modalidades más destructivas e implacables, la guerra total, la forma de imposición de una civilización privilegiada.
Porque la tesis básica de Hanson, famoso en el mundo académico por este voluminoso tratado acerca de la guerra y la civilización publicado originalmente en el 2001 y recién traducido al castellano por FCE, es concreta y monocorde, y reiterada hasta al hartazgo en cada uno de los capítulos.
La dominación militar de la civilización occidental iniciada por los griegos en Salamina el 28 de septiembre de 480 a. C., continuada en Gaugamela (el 1 de octubre de 331 a. C.), pasando por la carnicería de Tenochtitlán, entre junio de 1520 y agosto de 1521, hasta llegar a la batalla de Midway (4 al 6 de junio de 1942), e incluyendo varias derrotas estridentes como la de Cannas (2 de agosto de 216 a. C.) o la ofensiva del Tet (a principios febrero de 1968), ha sido el resultado de ciertos rasgos claves de la cultura occidental.
Guerras asimétricas y devastadoras
Congruentemente, la principal preocupación militar de cualquier ejército occidental ha sido otro ejército occidental. Pocos griegos murieron en la batalla de Maratón (490 a. C.), pero varios miles cayeron en los enfrentamientos que posteriormente tuvieron lugar en Nemea y Coronea (394 a. C.), porque allí luchaban griegos contra griegos.
En las Guerras Médicas (490-479 a. C.) cayó un número de griegos relativamente reducido. En cambio, la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.), un conflicto intestino entre los propios estados griegos, fue un atroz baño de sangre. El propio Alejandro mató a más europeos en Asia que los cientos de miles de persas que lucharon al mando de Darío III.
Las guerras civiles de Roma estuvieron a punto de arruinar la República, algo que a Aníbal le quedó muy lejos. Waterloo, el Somme y la Playa de Omaha (inmortalizada en esos 10 minutos iniciales horrendos en Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg) confirman el holocausto que se produce cuando un occidental ataca a otro occidental.
Hanson sabe de qué está hablando y se da el lujo de comparar su obra con otros estudios sobre batallas como Las quince batallas decisivas de la historia , de sir Edward Creasy, un clásico de 1851, o Batallas decisivas desde Waterloo, de Thomas Knox, o Batallas decisivas del mundo occidental: de Salamina a Madrid (1985), de J. F. C. Fuller.
La guerra total como factor explicativo
En esas y decenas de obras parecidas se apunta generalmente a demostrar que la civilización occidental o dependió de un pelito (del valor o del azar del resultado de una batalla, las probabilidades humanas que se oponían a las corrientes fatalistas de la historia), o se estudiaba a las batallas porque se las consideraba dignas de un análisis ético y moral.
Hanson empero no se dedica al género decimonónico de las grandes batallas, ya sea para revelar lo que sucedió en las horas decisivas de la historia o para establecer algún postulado acerca de la gallardía de la guerra.
Para él la guerra implica una cristalización cultural; en la batalla los principios más sutiles y ocultos de una sociedad adquieren un carácter explícito y acerado y con una impiedad y resolución desconocidas se aplican a una sola finalidad: el asesinato organizado. Las batallas decisivas elegidas lo fueron no tanto por su importancia histórica sino porque descubren de qué modo combate una sociedad. ¿Qué precio está dispuesta a pagar por su continuidad histórica y cuánta certeza tiene en la extensión de sus privilegios y mirada del mundo?
Nueve batallas y una sola idea
Compositivamente, esta obra –mucho más rica en el detalle y en la selección de ejemplos, en la descripción de los actores y en el inventario de las acciones bélicas que en sus tesis ordenadoras y que en sus supuestos conceptuales– está estructurada en tres partes con sendos subtemas: Creación (dedicada a las batallas de Salamina (480 a. C., ciudadanos libres), Gaugamela (331 a. C., la batalla de aniquilación final) y Cannas (216 a. C., militarismo cívico); Continuidad (donde se analizan las batallas de Tours/Poitiers (732, infantería), Tenochtitlán (1521, tecnología y razón) y Lepanto(1571, capitalismo), y Control (donde se da cuentan las acciones que tuvieron lugar en Rorke's drift (1879, disciplina), La batalla de Midway (1942, individualismo) y La ofensiva del Tet (1968, disenso).
Según Hanson, cada una de estas batallas ilustra un rasgo distintivo de la máquina de dominación y aniquilación total que es lo propio de la guerra de exterminio y devastación occidentales. Para Hanson –algo de lo que no se jacta pero de algún modo le complace– los occidentales somos matones ilustrados.
Como Hanson no carece de vuelo literario, sus descripciones de las carnicerías y la desproporción entre la capacidad de asesinar de Occidente y la foránea marcan los momentos más llamativos (y al mismo tiempo más criticables) de su obra.
En una escena memorable de La guerra de las galaxias, en el preciso momento en que un planeta entero es destruido por el rayo de la muerte de Darth Vader, Obiwan Kenobi exclama consternado: “I felt a great disturbance in the force. As though millions of voices cried out in terror, and then suddenly silenced”.
Cuando la admiración es otra forma de la justificación
Esa misma sensación de consternación (en vez de la admiración fascinada y cierta alegría de estar del lado de los buenos de la película que aflora en muchos pasajes de la obra de Hanson) es la que sentimos nosotros cuando recorremos morosamente el libro.
Así, nos llena de espanto enterarnos de que en Salamina, en nombre de la libertad occidental, 40.000 marineros persas se ahogaron y murieron a las pocas horas de iniciarse la batalla, junto a sus 200 trirremes hundidos finalmente en el fondo del golfo de Egina en las cálidas aguas del Egeo.
Y qué decir de los 50.000 súbditos persas que fueron exterminados en cuestión de horas, también lanceados y descabalgados por la espalda en una carrera para alcanzar la salvación a través de las llanuras del valle del alto Tigris; en esa ocasión quinientos persas murieron por cada macedonio, así como en Kuwait murieron decenas de miles de iraquíes por cada marine.
Y a pesar de que los caídos fueron –monstruosamente– ocasionalmente del bando occidental, tampoco nos alegra mucho que en el espacio de 24 meses desde su descenso en los Alpes en octubre de 218 a. C. hasta la carnicería de Cannas el 2 de agosto de 216 a. C., Aníbal haya matado o capturado en batalla a unos 100.000 legionarios romanos (un tercio de las tropas operativas romanas).
Y qué decir del millón de muertos que les costó a los mexicas la campaña de dos años durante la cual Cortés hostigó y finalmente derrumbó al imperio azteca, siendo que de los 1600 hombres originales que comenzaron la conquista finalmente sólo perdió a 1000. Sin contar que como estrategia, querida o no, una combinación de viruela, sarampión, peste bubónica, gripe, tos ferina y paperas diezmó a una población original de 8 millones de habitantes dejándola por debajo del millón y medio medio siglo más tarde.
La forma de producción bélica de Occidente
La tesis central de Hanson es que las civilizaciones no occidentales pueden ganar ocasionalmente alguna batalla mayor a Occidente, pero que en todas las guerras en las que estuvo presente el arte de la guerra occidental terminó inevitablemente imponiendo su primacía.
Según Hanson, lo que la lectura de estas batallas (y muchas otras más que podrían servir de ejemplo o de escarmiento) nos debería dejar es una sensación de déjà vu, la extraña idea de que falangistas, legionarios, soldados con cota de malla, conquistadoras, casacas rojas, GI y marines comparten ciertas ideas básicas acerca de cómo se libran y se ganan las guerras.
En ninguno de los ejemplos aquí estudiados puede decirse que la victoria occidental fuera consecuencia de una inteligencia superior innata, de la moralidad cristiana o de algún tipo de particularidad religiosa o genética.
Hanson tampoco dice que Occidente sea más moral (en general es mucho más sanguinario) que sus enemigos. Tampoco que su poder está en la tecnología en sí misma. Lo que admite ninguna discusión es que las guerras, tal como las llevaron a cabo los occidentales, siempre terminaron en masacres caracterizadas por un poder de devastación y una crueldad sin límites al momento de definir al suerte de las batallas.
Explicaciones que se dicen no reduccionistas pero que terminan siendo reduccionistas como la peor
En lo que en principio aparece como una explicación no reduccionista, Hanson rechaza las explicaciones raciales de esta preeminencia militar. Del mismo modo niega las explicaciones ecológicas propuestas por un Jared Diamond, tal como las postula en Armas, gérmenes y acero, donde Diamond plantea que el desarrollo agrícola y la complejidad son función del clima. En este tipo de enfoques la explicación no está centrada en la humanidad sino más bien en los recursos escasos, la geografía y el clima más o menos benignos y la disponibilidad de comida y abrigo.
Por el contrario, en la propuesta de Hanson valores occidentales tales como la libertad política, el individualismo, la democracia, la investigación científica, el racionalismo y las formas abiertas de discusión, combinadas y aplicadas a las estrategias bélicas, convierten a Occidente en imbatible en su propio terreno y en una fuerza de conquista formidable en los ajenos.
Hanson no es un autor menor. Ostenta en su bagaje más de 15 libros dedicados a estos temas, entre los cuales descuellan The Western Way of War, Warfare and Agriculture in Classical Greece, The Soul of Battle, Hoplites: The Classical Greek Battle Experience Why the West Has Won, y el más reciente de todos An Autumn of War. What America Learned from September 11 and the War on Terrorism, publicado en agosto de 2002.
Como pasa muy comúnmente –y el ejemplo de Hanson lo corrobora– la historiografía se trasviste demasiado fácilmente en política, el análisis supuestamente frío y distante se nutre de las pasiones más extremas, y dado que el libro tuvo su primera edición apenas unos meses antes del ataque del 11 de septiembre, no extrañó a nadie que poco después fuera reeditado con un epílogo que curiosamente no figura en esta edición, convirtiéndose en un best-seller.
USA über alles
Porque el mensaje final de Hanson no deja dudas: Estados Unidos prevalecerá en la guerra contra el terrorismo, por el mismo motivo que los occidentales ganaron todas las decisivas batallas anteriores contra los bárbaros. Y aunque no queremos acudir a la psicohistoria, es bastante interesante hacer un breve recorrido por los datos biográficos y políticos de Hanson para colocar su monumental obra en una perspectiva más personal e ideológica que la tesis machacona de la superioridad cultural de Occidente.
Basta hojear sus obras más recientes, en especial la ya citada An Autumn of War, compuesta en su mayoría por ensayos publicados previamente en National Review Online, para detectar la inclinación del historiador, su total alineamiento junto a Bush y la defensa de los intereses occidentales en la forma más cruda y burda que se pueda hacer, confundiendo banalmente los intereses de nuestra civilización con las políticas suicidas e irracionales del señor Bush, la empresa Halliburton y sus ideólogos del Pentágono.
No, decididamente una civilización capaz de masacrar concienzudamente a sus rivales, de generar estos terrorismos de aniquilación, no puede justificar su dominación en tres párrafos escudándose en las nociones de individualidad, racionalidad, tecnologización y civismo. Habrá que buscar por otro lado y más allá de tanto simplismo y ramplonería, más allá de las bellas descripciones y del astuto encofrado montado para defender una tesis por demás endeble.
SOBRE EL AUTOR
Victor David Hanson nació en California en 1953. Escritor e historiador, estudioso de Grecia clásica. Es profesor de lengua y cultura clásicas en la california State University y está considerado uno de los más importantes historiadores de la guerra de los últimos años.
Es autor de The other greeks , The western way of war y The soul of battle .
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