
Por Alejandro Piscitelli
Todos somos hijos de, y algunos padres de. Acerca de No somos perfectas
Entre novedades académicas, actualizaciones pedagógicas, documentos o informes, No somos perfectas es un texto testimonial que parece muy lejos de estas temáticas pero que ofrece una vía de acercamiento cruce con abordajes antropológicos y filosóficos.
Libros que no valen nada y libros que valen muchísimo
Hay libros que nos lleva un siglo terminar –si es que alguna vez los empezamos– y que encima nos hacen sentir culpables de haber perdido tanto tiempo con ellos. Hay otros, en el extremo opuesto, que se leen en un santiamén, que se degustan como un buen vino o comida gourmet, que nos dan ganas de haber participado en su confección tanto como en su degustación, y de los que esperamos la segunda o tercera versión porque nos dejaron con ganas de más y de más y de más.
Hay libros escritos a muchas manos, que rara vez se entiende en qué cabeza o mano cupo la idea de convertir un coro a partir de 20 solistas desafinados e incapaces de entonar dos notas juntos. Hay otros, en cambio, donde las múltiples voces se entretejen y aúpan de manera tal que más allá de las líneas y los tonos particulares el entramado surge vibrante y potencia cada una de ellas.
Hay libros que si se vendieran (o regalaran) en la Web de a partes, justificarían de por sí el resto de los mamotretos, aunque jamás tuviéramos que transitarlos (a los mamotretos, claro). En el caso de No somos perfectas, ese libro compilado maravillosamente bien por Mori Ponsowy (de quien jamás había oído hablar, así como tampoco de la mayoría de las compiladas a excepción de tres o cuatro maduras y famosas), con sólo anoticiarnos de las tres historias contadas por Anna Kazumi Stahl: la maestra de té, la mujer del visiting profesor y la hibakusha, el libro habría estado más que justificado.
En cuando a la compiladora, Mori Ponsowy, (Buenos Aires, 1967) es autora de Los colores de Inmaculada (Premio Cáceres de Novela, 2005) y de dos libros de poemas: Enemigos afuera (Ediciones del Copista, 2001, Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del Fondo Nacional de las Artes), y Corolario (Bartleby Editores, España, 2006). Fue cofundadora y editora de la revista Lamujerdemivida. Vivió muchos años fuera de la Argentina, en Perú, Venezuela, los Estados Unidos. Actualmente reside en Buenos Aires, donde trabaja como traductora, editora y periodista. También coordina Goma de borrar, un blog literario colectivo.
Un puñado de bien admiradas mujeres
Pero no se trata sólo de lo bien que eligió y de la admiración que siente por su madre, primero; después, por Patricia Pelligrini de Haas, Inés Garland, Giannina Olivieri. Como escritoras, pero también como mujeres, además de la que le reserva a dos poetas: Sharon Olds y Wyslawa Szymborska, esta última Premio Nobel de Literatura, que no da entrevistas, es apenas relativamente famosa, y sigue viviendo en un pequeño pueblo de Polonia.
Admira pues a alguien que no ha sido seducida por el mercado, por el afán de la industria editorial de publicar libros como si fueran salchichas. Que se niega rotundamente a reeditar muchos de sus libros: dice que no quiere ver las librerías inundadas con obras suyas. Se requiere mucha entereza, mucha fuerza, para darle la espalda a los vicios del mundo contemporáneo. Para rechazar la fama en aras de la privacidad, de la calidad.
Pero sobre todo admira a las madres trabajadoras, a Cándida Novoa, a Elena Rojas, a muchas otras mujeres como ellas, madres de varios hijos, mujeres pobres que en muchos casos no terminaron la escuela, que se levantan todos los días antes de que salga el sol para salir a trabajar y mantener a sus familias. Muchas veces mantienen también a sus maridos, si es que no están solas. América Latina está llena de mujeres como ellas, con los pantalones bien puestos. Ojalá pueda hacer sobre ellas, con ellas, un libro alguna vez.
Nosotros, por nuestra cuenta, admiramos el gusto y la exquisitez con que estas 18 mujeres –todas parejamente buenas en su estilo y en su tono– hablan de ellas, pero sobre todo de nosotros, y nosotros hablamos con ellas y somos hablados por ellas. Porque nadie que tenga unos añitos, y yo ayer justo cumplí 57, podrá hacerse el sota y desconocer cuánto hemos contribuido a hacer que se preocupen tanto por nosotros y al mismo tiempo nos quieran tanto como nos odian, porque algo hemos hecho para ello.
Las 18 mujeres del libro
Es imposible destacar a alguna en el pelotón, porque todas las tienen bien puestas y lo que cuentan es lo que les ha costado ser lo que son, y vemos que lo que han logrado se lo merecen. Después de un inventario tan exquisito, cómo no estar de acuerdo con Lev Manovich y algunos otros teóricos de la remediación en que lo que se mueve no es tanto la mirada (aunque también lo hace) sino sobre todo el mundo..Y en este caso el más complejo de todos, el de la existencia/insistencia en ponernos de acuerdo en el desacuerdo los hombres y las mujeres.
Porque es probable que no haya nada más distante que un japonés y un argentino, o un habitante de La Matanza y un poblador del Soho neoyorquino. Y podemos buscar otras lejanías culturales y seguramente las encontraremos, como lo ilustró maravillosamente bien el genial Jamie Uys (guionista y director) en Los dioses deben estar locos, una película de 1980 filmada enteramente en Botswana.
Pero por más lejos que vayamos nunca la diferencia será tan enorme, la inconmensurabilidad tan kuhniana, el salto de paradigma tan imposible como cuando queremos soldarnos con nuestro otro yo genérico, en la misma casa, en el mismo barrio, en la misma lengua, en la misma generación. Y estas 18 lo saben mejor que nosotros y lo escriben mejor aún.
Patricia Suárez tiene razón. En general los padres dan malos consejos y lo peor es que las hijas les hacen caso. Y así les va. En el juego del amor Hollywood es el peor consejero. La vida nos produce pánico y por eso siempre buscamos una mano amiga que nos ayude a atravesarla y a veces, muy pocas veces bailamos hasta el final del amor, aunque a las 12 siempre el hechizo se desvanece. ¿Pero quién nos quita lo bailado?
Liliana Escliar tiene razón. El tema que nos compete e involucra es el desencuentro. Las mujeres están de remate, pagan cualquier precio o se venden regalan al mejor postor, porque para ser ellas necesitan de nosotros. A menos que...
Laura Yasan tiene razón. Muchas madres (la suya seguro) son máquinas de gritar y los padres especialistas en hacer mutis por el foro. Y el propio cuerpo es el mejor baremo y testigo. Nunca pudo beber leche hasta que su hija se le destetó de la casa a los 25 años. Y sólo pudo dejar de comer carne el día en que se separó de su conviviente de 17 años. Algo que Lacan y Freud le habían anticipado con creces.
Idas, vueltas, penurias, gozos y sombras
Julia Solomonoff hace 10 años que está con Johnson, un yanqui de ley, y su vida de trashumante y de hiperproductiva siempre abierta al cambio nos da mucha sana envidia, pero más que nada por cómo se fue encabalgando en ellos, como fue abriendo(se) espacios, como flota con su hija Nina recién nacida en un departamento de la calle Malabia en Palermo, ella que es capaz de tomar con la nena 10 aviones en dos meses. Julia tiene razón cuando dice que tener un hijo es el fin de la vida individual. El fin del egoísmo. Y las enseñanzas (nos) siguen y siguen.
Romina Doval supo de la existencia de Simone de Beauvoir a los 8 años. Toda su vida fue una constatación de cuánta razón tenía la compañera de Sartre. La pareja tal cual se ha edificado es un verdadero fracaso, y somos muchos los hombres y mujeres que nos sentimos comprimidos en peceras anticuadas o ajenas. La crisis está pidiendo más ventilación y menos preceptos. Hay que reinventar no tanto la convivencia como la coexistencia. Se trata de afirmarnos en la ambivalencia y la confusión, jamás en la resignación.
Inés Garland descubrió lo que la mayoría de las mujeres saben pero casi ninguna entiende: que somos muchos los hombres que las endiosamos como mujeres ideales pero las dejamos por la mujer real (ojo. muchas también nos dejan a nosotros los hombres ideales por el hombre real). Inés también recibió las instrucciones equivocadas de boca del padre. Y lo peor es que obedeciéndole a la distancia sigue mandando mails cariñosos después de una mera noche de amor, aunque el inconsciente (o el Dr. Amor) que es mucho más sabio que ella le insista en que no oprima la tecla send.
Historias irrepetibles, aventuras con finales abiertos
Maite Jáuregui –y eso que es una psicoanalista de ley– tardó un montón en darse cuenta de que la envidia del pene no tenía tanto que ver con el órgano sexual sino con el hecho de que los hombres (algunos) la pasan bárbaro con sus amigos. Pero también aprendió que atribuirle al otro el poder y el goce es una fuente de padecimiento, al sostener la ilusión de que del otro lado hay alguien completo. Se trata sólo de una coartada neurótica, porque todos venimos fallados, y cómo. Pero al no reconocerlo así nos va.
Vanesa Ragone cuenta una historia lésbica donde lo que importa no es el género sino la manera de plantearse las relaciones, todo en modo safe, resguardado, no interferido, sin riesgos, casi quirúrgico en contraposición al amor de verdad que siempre es revolucionario y consiguientemente lo menos safe que hay. ¿Pero quién se anima? ¿Ellas? ¿Nosotros?
María Victoria Menis cuenta también una historia bien sucedida, pero terriblemente costosa. La de una estudiante de arquitectura de 20 años que terminó siendo una cineasta de largometrajes –con tres en su haber a los 32 años– y de cómo en el camino casi muere “parejísticamente” en el intento. Su consigna es arrasadora: hay que jugarse entera/o por el otro a cualquier costo, antes de pasar por el facilismo de la ruptura antes de tiempo. ¿Les suena? A mí –y eso que no soy bastante mujer– me pasó 20 veces. A ver si aprendo antes de la 21.
Liliana Lukin es una de las pocas que cuenta su cuento con notas a pie de página. Quizás porque lo que la obsesiona es el cuerpopalabra. Por eso se detiene en El cuento de la almohada de Peter Greeneway y querría que su cuerpo hubiese sido escrito como el del maestro calígrafo. Porque para ella la palabra y el cuerpo son la misma cosa, y las mujeres parecen saberlo mejor y han hecho de esta encrucijada su dilema.
Susana Torres Molina sabe mucho por vivida y sobre todo por dolida. Y tiene más que claro que es una insensatez que una institución como la familia (yo leo aquí la escuela) se pueda basar en algo tan inestable como los sentimientos (¿aquí reescribo pulsiones infantiles y adolescentes?). Ella sabe que lo que nos fascina del otro son nuestras diferencias, lo que no comprendemos del otro. Y toda relación es un esfuerzo por mitigarlas, pero siempre terminamos dejando al otro, presa de un feroz aburrimiento al haberlas acallado. Porque la convivencia es un monstruo que corta cabezas mientras calienta los pies.
Liberación femenina que las complica tanto
Después de paladear estas vidas tan ricas (y de querer haber tenido a más de una de compañera de ruta) queda claro –como dice la gacetilla del libro– que la liberación femenina no simplificó la vida de las mujeres.
Como bien resumió la compiladora en una entrevista reciente, todas estas mujeres se hacen preguntas; poquísimas dan respuestas. Laura Yasán habla de cuán sola estuvo como hija y ahora como madre. Sin modelos. Romina Doval se pregunta de quién se aprende a ser mujer y recuerda que de adolescente quiso hacerlo leyendo a Simone de Beauvoir. ¡Aprender a ser mujer a través de la lectura, imaginate! Inés Garland intenta descubrir cómo se hace para conservar un hombre al lado.
Patricia Suárez escribe sobre la infidelidad y se pregunta por qué, si el otro no se hace cargo de sus dolores de cabeza o de su tensión premenstrual, deberá hacerse cargo de su vibración sexual.
Liliana Escliar dice que estamos enfermas/os de soledad y que estamos dispuestas/os a pagar cualquier precio, a regalarnos al mejor postor, con tal de estar acompañadas.
La novedad del libro es esta polifonía de voces. Su sinceridad. El hecho de que no son textos de ficción y tampoco ensayos, sino historias de vida de mujeres que tienen mucho para contar.
La complejidad de ser mujer en estos tiempos
Queda claro en esta travesía a múltiples voces la complejidad de ser mujer en estos tiempos (también la de ser hombres pero bastante menos). En este inventario de frustraciones, alegrías, miedos, amores y desamores, ironía, cinismo, canchereadas y sobre todo claridad emocional como rara vez nos pasa a nosotros –los hombres–, estas mujeres, como representantes de muchas otras admiten cuán lejos están de ser perfectas.
Que es lo más lindo de todo. No serlo y admitirlo. Comprometerse en la búsqueda de la imperfección y salir airosas. Gracias, Mori Ponsowy. Gracias, chicas, señoras, dicentes, locas de desatar. Haberme metido en sus historias ha sido uno de los regalos de cumpleaños más lindos que me ha tocado últimamente.
SOBRE LA AUTORA
Mori Ponsowy nació en Buenos Aires, en 1967. Es autora de “Los colores de Inmaculada” (Premio Cáceres de Novela, 2005) y de dos libros de poemas: “Enemigos Afuera” (Ediciones del Copista, 2001, Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del Fondo Nacional de las Artes), y “Corolario” (Bartleby Editores, España, 2006).
Ha traducido a las poetas norteamericanas Sharon Olds (“El Padre”, Bartleby Editores, España, 2004) y Marie Howe (“Lo que hacen los vivos”, Editorial Luna Nueva, Venezuela, 2004).
Fue co-fundadora y editora de la revista Lamujerdemivida, que en 2004 ganó el Premio Julio Cortázar a la mejor revista cultural del año en Argentina. Vivió muchos años fuera de Argentina, en Perú, Venezuela y Estados Unidos. Actualmente reside en Buenos Aires, donde trabaja como traductora, editora y periodista. Coordina un blog literario colectivo, GOMA DE BORRAR, que puede verse en www.ungomadeborrar.blogspot.com
Gracias, Piscitelli. Muy linda tu reseña.
bravo por la reseña, y nada menos que de un hombre!
bravo chicas, bravo Mori!
un besote
vieja anda a clavarte una paja pensando en nenes
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