Bibliotecas, libros, redes digitales, lectores empecinados y lectores por construir se juntan para sugerirnos una misma línea de reflexión: la necesidad de distribución de la palabra, de las ideas y de los textos; la imperiosa demanda de hace 100 años, vigente hoy, de democratización del saber, no importa mediante qué soporte, y finalmente la conciencia —dicho con palabras de Lucas Rubinich– de que “las técnicas por sí mismas, no problematizadas, repiten convenciones”.
La entrevista que publicó el 10 de noviembre Página/12:Alberto Manguel, escritor, novelista, ensayista. El amante de las bibliotecas , además de ser de gratísima lectura dispara reflexiones necesarias sobre la educación que queremos.
Alberto Manguel , un argentino radicado en Canadá desde hace muchos años, “pertenece a una raza inconfundible, la de los locos por los libros. De niños prefieren leer a jugar (¿cómo bajarse de los barcos de Salgari en un mar infestado de piratas para entregarse a un partido de cartas con los primos?), se vuelven tempranamente insensibles a los reproches que genera semejante obstinación (‘Pará de leer, andá a vivir un poco’), se convierten en lectores irredentos, coleccionistas voraces y terminan sintiendo que al principio fue... el Libro.”
Esta presentación de Alberto Manguel forma parte del comentario de Carolina Arenes de Una historia de la lectura, ensayo autobiográfico que tuvo un éxito espectacular en todo el mundo y que volvió a su autor repentinamente célebre, después de más de 30 años de trabajo anónimo y apasionado con los libros (La Nación, 30/5/01).
¿Pero por qué presentar a Manguel? Porque está nuevamente de visita en la Argentina, y ayer, 10 de noviembre, Página/12 publicó una entrevista que le hizo Sergio Kiernan, muy interesante y que en varios tramos emociona.
La segunda pregunta sería por qué comentarla en este weblog de educación y tecnología. Tal vez porque recuerda un momento de la sociedad argentina en que la educación tuvo otro peso: “Esa educación que tuve yo en la Argentina no vino sólo de los editores que teníamos, de los profesores de mi colegio, sino de una sociedad que creía que la cultura era importante, donde el acto intelectual tenía prestigio”.
Su recuerdo del Nacional Buenos Aires, me trae a mí –que tengo una edad cercana a la de Manguel– el recuerdo de mi primaria en una escuela pública de Liniers, que ya desde sus instalaciones mostraba el valor asignado a la educación en una etapa de nuestra historia: un salón de actos con asientos para todos, un estrado con piano en el que la profesora de música tocaba el Himno, pasillos barridos con inmensos escobillones que arrastraban aserrín para lustrar los pisos, el olor de la acaroína...
Resuena entonces la frase del ministro Filmus que llama a responder a los desafíos del siglo XIX con las herramientas del siglo XXI. Y resuena porque nos recuerda que –y no sólo en la educación– hay demandas muy viejas que aún no tienen respuesta. Y porque destaca que las sociedades pueden involucionar. “Un país rico, un país culto” son atributos que en cierto imaginario nacional aparecen a veces como cristalizados. Nuestro trabajo es recordar que no lo están, y que mantenerlos requiere de un esfuerzo deliberado y persistente.
Cuando comenzó educ.ar circuló un documento de Lucas Rubinich, “¿Qué estamos haciendo cuando hacemos educ.ar?”, que resalta cómo los inmigrantes que llegaron desde zonas pobres de Europa a principios del siglo pasado “reconocían en la posibilidad de relacionarse con el libro una realización de la promesa democrática”, y cómo “esas culturas que valorizaron el conocimiento, tanto como la posibilidad de acceso a él del mayor número de personas posibles dejaron sus marcas en nuestras sociedades”.
Cuando recuerda las bibliotecas producto de ese clima, que aún encontramos en ciertos barrios porteños, hoy casi deshabitadas a pesar de la riqueza de sus acervos, nos invita a reflexionar sobre la imposibilidad de los espacios de valer por sí mismos. “Puede existir el espacio con un capital que objetivamente implique una gran posibilidad de esa comunidad de encuentro con el conocimiento, y que no se produzca ese encuentro (por diversos motivos) que haría efectivo lo potencial”. Y acá se plantea la cuestión que nos atañe, “ya que la aceptación y la apuesta por el trabajo con una nueva herramienta implica ante todo problematizarla”.
La nostalgia de un pasado –la de Manguel por una ciudad detenida para él en el momento en que la dejó, y la de ambos por un momento fundacional de esa Argentina educada- tiene que convertirse para nosotros en desafío diario. Dice Rubinich: “La Red puede tener límites objetivos referidos a sus posibilidades reales de extensión por los distintos espacios de la estructura social, pero esos límites no son menores que los que tenía la posibilidad de diseminación de bibliotecas públicas a principios del siglo pasado”.
En fin, la entrevista dispara estas y más reflexiones, pero tiene también otras riquezas. No podemos dejar de leer ese “Fahrenheit 451” que cuenta Manguel (...la vida imita al arte, una vez más, como decía Oscar Wilde), y que se desarrolló en una biblioteca norteamericana:
“Para peor, las bibliotecas tienen otros problemas. Por ejemplo, hace seis años, se dieron cuenta en San Francisco de que la biblioteca local no alcanzaba y decidieron hacerle otro edificio. Lo construyó como de costumbre un arquitecto que no sabe leer, con lo que cuando la terminan descubren que tiene menos capacidad que el edificio antiguo. ¿Y qué decide el director de la biblioteca? Que hay que eliminar libros. Para seleccionarlos, decide que todo libro que no haya sido retirado en diez años, será eliminado. Empiezan a sacar los libros que, como son de una biblioteca pública, no se pueden vender y entonces los usan como relleno sanitario. Horrorizados, los bibliotecarios se iban de noche a la biblioteca y sellaban los libros con fechas recientes falsas para salvarlos, como si salvaran chicos refugiados. Luego se hizo público, se paró, pero ya se habían perdido cientos de libros.”
Yo agrego una anécdota que cuenta este autor en Una historia...: comenzó a trabajar a los 16 años en Pygmalion, una de las tres librerías angloalemanas de Buenos Aires. Una tarde entró Borges, acompañado de su madre, entonces muy anciana. Como resultado de ese encuentro el adolescente Manguel fue contratado por Borges para que le leyera en alta voz, ya que su madre se cansaba mucho. Esa experiencia duró dos años. Vale la pena leer su relato en el libro.
Bibliotecas, libros, redes digitales, lectores empecinados y lectores por construir se juntan para sugerirnos una misma línea de reflexión: la necesidad de distribución de la palabra, de las ideas y de los textos; la imperiosa demanda de hace 100 años, vigente hoy, de democratización del saber, no importa mediante qué soporte, y finalmente la conciencia de que -dicho con palabras de Rubinich- “las técnicas por sí mismas, no problematizadas, repiten convenciones”.
Los invito a leer esa entrevista.
Conocí a Albergo Manguel en 1967, apenas ingresé a las vetustas aulas de la Facultad de Filosofía y Letras en la calle Independencia 3065. Cursábamos juntos una insólita versión de la materia Introducción a la literatura en la cátedra de Antonio Pagés Larraya.
Alberto nació en Buenos Aires en 1948, hijo de un diplomático, el embajador de Perón en el naciente Estado de Israel. A partir de un primer regreso al país, en 1955, puso la lectura por encima de toda otra actividad. Su abuela le decía: Dejá de leer, andá a vivir.
A los 16 años trabajaba en la librería Pygmalion, en la avenida Corrientes. Ahí lo halló Jorge Luis Borges, casi ciego, y le pidió que fuera a su casa a leerle. Marta Lynch -de cuyo hijo Enique ambos somos aun muy amigos lo alentó a escribir. Willy Schavelzon le dio trabajo en la librería Galerna en 1966.
Al poco tiempo de conocernos con nuestros estrenados 17 y 18 años nos hicimos muy amigos, y me llevó a visitar su casa en la calle Palpa y Cabildo. Allí en una bohardilla increíble me mostró su inmensa biblioteca.
Lamentablemente para él debió deprenderse de la misma un par de años mas tarde, cuando inició su emigración primero por los barrios porteños, después por Paris, y finalmente por la Polinesia. Y un numero importante de sus "incunables" me los dejo a mi, que cada tanto los palo emocionado.
Mas tarde nos cruzamos en París. Viajamos juntos en un destartalado Volkswagen a Barcelona. Volvimos a charlar un par de veces mas por TE en París y nunca mas lo volví a ver.
Supe que estaba bien leyendo alguno de sus textos, en especial su maravillosa Historia de la lectura y ademas porque empezó a viajar a Buenos Aires mas o menos seguido. A su vez mi amigo Enrique Lynch, intimo suyo, me contaba de sus andanzas cada vez que nos encontrábamos en Barcelona o en Buenos Aires.
Alguna fuerza misteriosa impidio que nos vieramos pero ahora un larguisimo reportaje en Pagina/12 me lo devuelve en vivo y en directo justo cuando acaba de publicar un hermosisimo trabajado titulado Reading Pictures (Alfred A Knopf, 2001) -que hace poco fue traducido al castellano como Leyendo Imagenes, una historia de amor y de odio.
Las primeras entrevistas y criticas han sido enormemente elogiosas y admiran la prosa impar de Alberto que se había ganado en su estancia en el Colegio Nacional de Buenos Aires un par de medallas de oro y de premios mayores en literaturay cuya narración sobre El Jardín de las Delicias del Bosco me había impresionado extraordinariamente hace mas de 30 años.
Su Una historia de la lectura se convirtió en un inesperado bestseller -sobretodo proveniente de alguien que solo curso el primer año de la carrera de Letras- traducido a 28 idiomas, Manguel dejó Argentina en 1969, después de una adolescencia de librero y de una amistad con Borges, que lo eligió para leerle. Erudito, lleno de opiniones, deprimido por la decadencia de Argentina, publicó en el 2001 en castellano una novela sobre un oficial francés que entrena torturadores argentinos.
Su novela Noticias del exterior que trata del extraño caso de los torturadores profesionales como el general francés Paul Aussaresses, se hace en Francia la irrespondible pregunta ¿por qué lo hacemos? El personaje, Berence, es un francés veterano de Argelia, amante de la literatura y la plástica, que llega a la Buenos Aires de la dictadura como asesor en torturas.
La primera vuelta de Alberto tuvo lugar en 1974 -cuando esos torturadores empezaban a vagar solos por las calles porteñas- pero solo le sirvió para confirmarse como “extraño”. Alberto es muy cuidadoso con el idioma y me llamo la atención que la lujosa versión que compre de Una historia de la lectura en España en 1998 fuera reemplazada por una versión menos ostentosa. La razón era que a Alberto no le había gustado la primera traducción.
La suya es obviamente una visión muy personal de la lectura y Manguel tapiza de anécdotas (muchas remiten a su paso por la librería Pygmalion en la calle Corrientes) sus vicisitudes de lector joven para quien un libro y el placer de leer son consanguíneos del sentido de posesión, privacidad, traducción a un lenguaje personal, y una forma de leer y catalogar los libros a medida que leemos.
Para Manguel el atributo más importante del lector es el inmenso poder que tenemos. Luego está el poder de decidir la suerte de un libro o de la literatura.
Para Alberto los textos valen en función de su densidad o de su capacidad de metaforizacion. Y en su escala la propaganda política y la pornografía son el grado cero de la literatura, justamente porque son mera superficie, de modo que el lector no puede penetrar en ellas y llegar a ninguna profundidad. La sutileza de la metáfora no se encuentra ahí porque no hay elaboración posible del contexto.
Tome Coca Cola, es eso y solo eso no hay nada detrás de esas tres palabras. Uno obedece la orden, puede excitarse con la imposición, o la ignora. Con la propaganda política pasa, al igual que con la pornografía, que la imagen erótica se contamina de un fin que es sólo aparente. La propaganda política toma el idioma y lo contamina con un propósito que queda sólo en la superficie.
Alberto comenta con maestría que en Sófocles (escribió 123 dramas, de los cuales sólo sobrevivieron siete, siendo el más famoso Edipo Rey), o en Shakespeare, el incesto se usaba en contexto. Hasta en Sade hay un contexto, un concepto filosófico que uno puede aceptar o no. Pero está. Cuando uno mira las escenas de tortura y martirio en la pintura medieval, hay un contexto. Uno puede oponerse al dogma de la Iglesia, pero el contexto está: un contexto en el que la tortura tiene cierto significado que se puede leer o ignorar.
Entre las desagradable sorpresa que le trajo uno de sus últimos viajes a la Argentina fue descubrir que en nuestro país se ha degradado gran parte del vocabulario. Cosas que antes se apreciaban y se atesoraban se han devaluado en el idioma: honestidad, perseverancia en las creencias, rectitud, cosas así. Son palabras usadas con tono irónico. En Argentina no se puede decir que alguien es honrado sin parecer irónico ni parecer que está disminuyendo a alguien.
Idealizando un poco imagina que los años 70 el idioma seguía siendo un instrumento de la imaginación que nos permitía usar las palabras en su plenitud. Piensa que debe haber sido más o menos por la década del 50 cuando comenzó la decadencia, durante los primeros años de Perón. Es entonces que el lenguaje comienza a ser maltratado. No me acuerdo pero supongo que Alberto no se llevaba bien con los peronistas.
En cuanto a la pregunta que disparo su reciente libro, la misma nacio de una raíz común con las preocupaciones que le desataron escribir el libro anterior, y se trataba de interrogantes tales como ¿podemos leer las imágenes, cualquier imagen, del mismo modo en que leemos un texto? ¿Tenemos un vocabulario compartido que nos permite leer una pintura, una escultura o una fotografía? ¿O son todas esas lecturas arbitrarias, construidas al estar frente a una imagen?
Cree que existe un instinto humano básico para “leer”, es decir descifrar (o tratar de descifrar) el mundo que nos rodea, compuesto de imágenes naturales como artificiales. Y cree que es un impulso saludable, que nos permite establecer relaciones privilegiadas con la naturaleza y con el arte. Su libro intenta ofrecer algunos ejemplos de lecturas de Picasso, de Caravaggio y de artistas menos conocidos. Estas son sus propias lecturas, ya que cada una es personal, nacida de cada experiencia individual.
En el 2001 compró un antiguo presbiterio en Mondion, que está restaurando para instalar sus 50.000 libros, dispersos por domicilios en Toronto, Londres y París.
Ojala algún día me invite a visitar su presbiterio como en su momento me presento a su bohardilla.
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Este texto fue publicado originalmente en el Interlink Headline News 2360 del martes 17 de julio de 2001. Muchisimas gracias a Virginia por llamarlo gracias a sus felices y motivantes comentarios, en particular su referencia a los aportes originales de Lucas Rubinich a educ.ar. A lo mejor éstos son buenos ejemplos de lo que Ary Warburg -redescubierto por el ensoñador texto de José Emilio Burucua Historia, arte y cultura. De Aby Warburg a Carlo Ginzburg (FCE, 2003) llama la vuelta a la vida de lo antiguo.
Señores:
Es de mi propiedad una colección de Libros Incunables en buen estado de conservación, los deseo vender; detallo los libros:
- Biblia Vulgara Latina (Nuevo Testamento).
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- Lord Byron
Toda la colección esta en venta, para mayores detalles y propuestas se pueden remitir a mi E mail: alejandroloayza@hotmail.com
Atentamente
Alejandro