Educación y TIC

Futuro, tecnología, juventud: los mitos de la nueva era

La idea de un underground en el cual bulle la vida que falta en la superficie del mundo apócrifo, tal y cual se expresará en un futuro próximo, se complementa con la noción de un pronto caos, el cual derivará en una oportunidad para instaurar los principios del cambio. Decadencia, desorden, incertidumbre, son el caldo de cultivo en el que germinan tentadoras visiones de esperanza. Pero cada culto define su iglesia... La nueva comunidad queda definida en torno de aquellos que repudian, aunque sea simbólicamente, el orden de las cosas, la normalidad. Esto sólo es posible a través de un rechazo del pasado, su herencia, las tradiciones, y un desprecio por la fisonomía del presente, mientras se sitúa en el futuro la posibilidad, genealogía y fenomenología de cualquier posible cambio. El movimiento hippie, el punk, la movida apocalíptica situacionista, de estrechas relaciones con el anterior, los sueños de liberación revolucionaria, todos estas corrientes han establecido similares decálogos de principios fisonómicos. Sin embargo no se trata de los únicos. Los profetas del cambio social se encuentran también en los reductos del pensamiento conservador tradicional. El Freedom Congress, los escritos de Fukuyama, las apologías de terrorismos futuros de tipo Terminator, delinean expresiones posibles de este registro. No menos contraculturales que los anteriores, también delimitan el espacio simbólico a través de sus respectivos decálogos.

Futuro, tecnología, juventud: los mitos de la nueva era

La visión centralizadora tradicional se está convirtiendo en una cosa del pasado. La noción de Estado está sufriendo una mutación radical... Mientras que los políticos se debaten con la herencia de la Historia, una nueva generación, liberada de los viejos prejuicios, emerge del paisaje digital... La tecnología digital puede ser una fuerza natural que atraiga a la gente a una mayor armonía mundial. A través de esta reveladora frase de Nicholas Negroponte, gurú y profeta de las nuevas tecnologías, es posible acceder a una apretada síntesis de las modalidades del discurso globalizador hoy en boga.

En primer lugar encontramos la idea de un quiebre histórico, con sus consecuentes fines e inicios. En el pasado queda la visión centralizadora, el Estado, la Historia, los prejuicios, susceptibles de ser vistos como la sustancia misma de toda ideología, el viejo mundo.

Esta pretensión no es novedosa. Todo nuevo discurso pretende instalarse dando a entender que las viejas nociones que servían para entender el mundo ya no pueden cumplir su función. En la clasificación de aspectos estructurales que Compagnon hace de la modernidad, encuentra esta continua búsqueda de diferenciación y aprecio per se de lo nuevo, el novum que como irrupción trascendente debe modificar un entorno susceptible de ser caracterizado como estancado o atrasado. Desde el posmodernismo acuñado por Rubén Darío ha corrido mucha agua bajo el puente, pero eso no ha impedido que las sucesivas oleadas de recambio en las modalidades discursivas pretendan instalarse apuntando a la inicial opacidad de un mundo refractario a todo cambio. El marxismo soviético, el surrealismo, la sociedad de Mont Pèlerin en lo referente al pensamiento económico y el Congreso para la Libertad de la Cultura –Raymond Aron, Daniel Bell, Seymour Martin Lipset entre otros- en lo atinente a la reflexión social , la generación beat y el movimiento hippie, entre otros, han pretendido instalarse como contraculturales, decididamente opuestos a las formas instauradas de regulación de lo social. En sus momentos iniciales cada uno de estos intentos rupturistas reclamó el derecho a dar por finalizada una era, a través del reconocimiento de uno o dos supuestos vectores decisorios. Al igual que en el presente, ocupando el lugar de la conectividad y la información, en los años sesenta las palabras clave eran des-industrialización y liberación, como formas de mostrar posibles desenganches con respecto a los discursos instituidos. Estos discursos se volvían sumamente movilizantes en la medida que lograban mostrar un sendero de acción para una época turbulenta. La profusión de profetas y voces autorizadas iba de la mano de la difusión de un próximo cambio cultural y social, de dimensiones cuasi apocalípticas, para el cual sólo una pequeña comunidad, formada a través de ritos iniciáticos y búsquedas diferenciadoras sustantivas, estaba preparada(1).

La idea de un underground en el cual bulle la vida que falta en la superficie del mundo apócrifo, tal y cual se expresará en un futuro próximo, se complementa con la noción de un pronto caos, el cual derivará en una oportunidad para instaurar los principios del cambio. Decadencia, desorden, incertidumbre, son el caldo de cultivo en el que germinan tentadoras visiones de esperanza. Pero cada culto define su iglesia... La nueva comunidad queda definida en torno de aquellos que repudian, aunque sea simbólicamente, el orden de las cosas, la normalidad. Esto sólo es posible a través de un rechazo del pasado, su herencia, las tradiciones, y un desprecio por la fisonomía del presente, mientras se sitúa en el futuro la posibilidad, genealogía y fenomenología de cualquier posible cambio. El movimiento hippie, el punk, la movida apocalíptica situacionista, de estrechas relaciones con el anterior, los sueños de liberación revolucionaria, todas estas corrientes han establecido similares decálogos de principios fisonómicos. Sin embargo no se trata de los únicos. Los profetas del cambio social se encuentran también en los reductos del pensamiento conservador tradicional. El Freedom Congress, los escritos de Fukuyama, las apologías de terrorismos futuros de tipo Terminator, delinean expresiones posibles de este registro. No menos contraculturales que los anteriores, también delimitan el espacio simbólico a través de sus respectivos decálogos.

La clave en la comprensión de todas estas vertientes de pensamiento radica en la creencia de que nos encontramos en un tiempo final, de ocasos y renacimientos, creencia que vertebra todas las demás expresiones. Después de cada irrupción escatológica que marca el fin de la historia, viene siempre la visión de una parusía o reino perfecto, atemporal, idílico, milenario, en el cual la armonía se ha alcanzado. La intención de construir un reino estable y armónico más allá de la historia y su agon de fuerzas contrapuestas, una pretensión muchas veces enunciada a lo largo de la historia por infinidad de movimientos rupturistas, nunca se ha realizado aún, y ha casi siempre derivado en tibias disoluciones y desintegraciones adaptativas por medio de las cuales las fuerzas disruptivas han encontrado su lugar en un mundo todavía demasiado parecido a sí mismo.

En definitiva, para cualquier movimiento que pretende romper con la tradición, no es el pasado una obsesión, un punto de referencia al cual retornar, sino una mácula en la trayectoria épica hacia el Edén. Si el pasado no puede aportar valores significativos, y si el presente es comprendido como la víspera del fin de los tiempos, la única instancia temporal de la cual pueden provenir valores o principios sustantivos es el futuro, un futuro cargado, arbitrariamente, de los juicios-prejuicios que se pretende deben constituir la base de la sociedad armónica y liberada, meta última de la humanidad como especie.

Este culto por el futuro, muchas veces visto en la historia –a modo de ejemplo, piénsese en los futuristas, con Marinetti a la cabeza, movimiento cultural que terminó formando parte de la original síntesis que dio lugar al fascismo italiano, y que edificó en clave soreliana, un dogma del futuro basado en concepciones vitalistas, activistas y esencialistas, como prólogo de lo que terminó siendo una de las peores catástrofes de la historia humana-.

En segundo lugar, y a pesar de la desesperanza y desilusión que parece aportar el hoy despreciado balance de la historia, la creencia en la tecnología como medio por el cual se eliminan las contradicciones que han venido agitando los espíritus hasta aquí, no resiste una simple comprobación empírica. Más allá de la voluntad que tienen los apologistas de escapar del peso de la tradición y los viejos saberes –de allí la permanente resignificación de la economía como “nueva economía”, la comprensión de la sucesión temporal como una cadena de eras o etapas sin conexiones las unas con las otras- el esclarecimiento de los modos concretos en que tales tecnologías se han desarrollado e implementado y la forma actual en que se desenvuelve el proceso de regulación social de lo tecnológico permiten desmentir tales ambiciones. La tecnología se aplica de acuerdo a las regulaciones sociales, las formas productivas y las modalidades relacionales que se dan entre los distintos agentes. Hasta aquí las tecnologías de la información han tenido como principales motores a las corporaciones económicas y el apoyo estratégico de las instituciones del Estado. Esto no sólo desmiente las utopías descentralizadoras de cualquier comunidad libertaria –como Echelon y proyectos por el estilo pueden atestiguar- sino que incorpora las nuevas formas de relacionarse en las estructuras de las cuales emergen (¿acaso los “apologistas” suponen que revolución y reforma se contraponen?. La utilización por las empresas de la información y la tecnología como mercancías en sí mismas, provistas convenientemente de un velo mistificador y un sólido apoyo financiero, ha liquidado toda expectativa de creer en la conectividad asociativa entre individuos aislados–lo cual parece acordar con la idea de Negroponte de la caducidad del Estado-nación como concepto significativo-, pero aún las relaciones se siguen dando de modo jerárquico, al interior de dispositivos que han reemplazado o, mejor aún, complementado las viejas sujeciones estatales.

La pretenciosa frase de Negroponte, cuando refiere a una armonía social provista por la ruptura de la secuencia social seguida hasta el presente, no hace más que evidenciar el interés explícito de los profetas de los nuevos tiempos en ocultar los caracteres básicos de la estructura social que se pretende imponer. La evidencia refuta las intenciones descentralizadoras: en los últimos dos siglos la participación e incidencia del Estado en la sociedad y su producto bruto ha crecido continuamente, y ese crecimiento no se ha visto morigerado ni desmentido por los cambios estructurales acontecidos desde la década del 70 en adelante. La centralización, como concentración del poder decisorio en la asignación de recursos y resolución de conflictos, habrá tomado nuevos rumbos, deslizándose hacia un entramado en el que son las corporaciones las que imponen sus reglas al Estado y no viceversa, pero eso no quiere decir que se haya visto reducida o atemperada en beneficio del interés libertario de los individuos. Hoy en día las empresas saben tanto de nosotros como el “viejo” Estado policiaco y persecutorio. La diferencia estriba en que lo que para uno ha devenido trivial, banalizada mercancía, para otro sigue siendo una cuestión vinculada a la esfera civil, entre los derechos de una hoy devaluada idea de ciudadanía. Lo que el Estado no puede hacer, en virtud de leyes y criterios de justicia, las empresas sí pueden realizar, dentro del amorfo espacio del mercado. Para los hombres considerados como individuos, habrá cambiado el carcelero, pero el encierro persiste, a pesar de que los nuevos gendarmes propalan a viva voz sus decálogos libertarios.

La fascinación por la tecnología puede observarse más detenidamente en uno de sus aspectos cruciales: la velocidad. Si se trata de una auténtica sociedad de información, donde lo fundamental son las estrategias y canales comunicacionales, la realidad termina constituyéndose a partir de un criterio en el cual la velocidad resulta, acaso, un fin desligado de toda otra vinculación trascendente. Si la información es la nueva materia prima, el maná y la semilla del poder-ser, la velocidad es el modo de apropiarse de ese bendito recurso. La pregunta, entonces, para los apólogos del nuevo ideal apocalíptico y milenario debería ser acerca de cómo hará la nueva sociedad para evitar nuevas rupturas de la armonía social si la velocidad, o la forma de acceder al poder de estar informado convenientemente, se encuentra distribuida, como habilidad o capacidad, de manera desigual. ¿Cómo evitar que la sociedad vuelva escindirse ya no en clases sino en una polaridad de rápidos y lentos?

No sólo la tecnología no parece una usina de armonía social, sino que los modos de aplicación y propagación de la misma están en estrecha relación con las características de la sociedad que las aplica y propaga, lo cual termina siendo un reaseguro de los aspectos principales de ésta. A saber, la desigualdad social, la exclusión, la marginación y la centralización, oh sorpresa, en la toma de decisiones. Pero sería ilusorio o ingenuo creer que el mismo sistema que aplica los nuevos dispositivos tecnológicos va a renunciar a las viejas formas de control. A nivel de la Red, el control estatal y de mercado sobre las voliciones y micro elecciones puede bastar, pero en el mundo real el control necesita satisfacciones de otro tipo. La pertinencia de la idea de Estado-nación sigue siendo operativa desde el momento en que resulta aún necesaria una institución que monopolice el uso de la fuerza, la sanción de la ley y el ejercicio de la justicia. El Estado sigue siendo necesario en tanto que el Mercado, sin él, no podría perdurar (no necesariamente, depende a que llame mercado). Las disposiciones y cuerpos legales tienden a incrementarse, no a disminuir, mientras el rol de los gobiernos en la regulación –o desregulación- de los mercados incrementa a pasos agigantados su importancia. El Estado, tanto como el Mercado, la Tecnología o, más específicamente, Internet, parecen instancias en las que potenciales posibilidades liberadoras y creativas para que el hombre se vincule consigo mismo y reflexione en torno a las modalidades que pretende asuma la sociedad en la que vive han sido aplastadas ya, de modo inexorable, por el contexto mismo y la forma en que esas instancias han evolucionado. Pretender otra cosa, por ejemplo la utilización de las mismas en tren de impulsar proyectos libertarios parece, por el momento, un regreso a la experiencia del socialismo utópico tan criticado por Marx.

La tecnología, en el diseño marxiano, estaba relacionada con la evolución asumida de las fuerzas productivas de una determinada formación social. En el mismo diseño lo que contaba en cuanto a la forma concreta que asumía la producción a partir de la nueva tecnología, era la fisonomía de las relaciones de producción –es decir las relaciones de clase- al interior del específico modo de producción. No parece haber motivo para cambiar esto, por mucho tiempo que haya transcurrido, más allá de las transformaciones sociales, las grietas del pensamiento de Marx en otros aspectos, la necesidad de refinamiento de su análisis del comportamiento individual en sociedad o sus incumplidas premisas teleológicas.

En tercer lugar, analizaremos la relación del posible sujeto del cambio con los vectores claves antes elucidados. Esto es, la relación entre tecnología, futuro y los jóvenes.

Hemos observado hasta aquí como las ideas de Negroponte respecto de la historia y sus rupturas, de la importancia del futuro y la tecnología como promesas de armonía social, parecen contradecirse con las formas concretas que asume la regulación social. También sus fallidas predicciones en pos de una era en la cual el Estado-nación es un concepto vulgar e inútil, y la descentralización ha modificado enteramente nuestra forma de ser y relacionarnos.

Si el fin de la historia está puesto en entredicho, en tanto la desigualdad social promete futuras épicas, si la ruptura que permite vincularse exclusivamente al futuro no parece tal, en tanto son visibles las costuras que atan a las nuevas formas con viejas tradiciones o herencias inaceptadas de la vieja inercia societaria, si la tecnología promete más de lo que realmente puede realizar, si el Estado muta, pero no desaparece, y si el proceso descentralizador no aparece más que como un intento, un esbozo de lo que no será, entonces, es lícito que nos preguntemos por la verdadera entidad de los posibles prejuicios que pueden estar asolando la capacidad de intelección de estos profetas desengañados.

El desprecio por la política, quizá un dato menor en otro contexto, adquiere relevancia cuando se lo conecta con la asignación a la tecnología de la capacidad de resolver por sí sola los problemas que atañen a los hombres. Los políticos, esas criaturas menores, son los herederos de la inercia, la pesadez institucional que se alimenta de las babas de la historia. Ellos son el objeto de la crítica. Aquello que representa lo que hay que destruir. La vieja sociedad. ¿Quiénes son los sujetos del cambio, aquéllos que habrán de depositarnos en el Omelas del fin de los días amargos? Blandiendo su dogma de futuro, su arma de tecnología, son los jóvenes, no otros que ellos, los únicos capacitados para entender de qué va el asunto, jugar la baza correcta.

Previo al análisis de las características de este sujeto tan maleable, ahondemos en la acción misma que deberían emprender estos visionarios. Aquí hay un desacuerdo que, quizás, nos conduce a la raíz de la concepción que anida en estas proposiciones. Los movimientos revolucionarios se han propuesto siempre un “actuar en el mundo” que impidió su desenganche autista. Los movimientos contraculturales, por el contrario, han fluctuado entre ese “actuar” y ciertas peligrosas intenciones de regresión introspectiva, que asumió las más de las veces la forma de viajes iniciáticos o el establecimiento de comunidades pretendidamente autárquicas. Esto último facilitó su posterior reabsorción, más aún cuando puede decirse que su pretendida oposición al sistema de valores instituido nunca conllevó un enfrentamiento frontal y absoluto. La posibilidad de re-expresar esas críticas puntuales al interior del discurso hegemónico posibilitó la vigencia y reforzamiento del mismo, desde el momento en que se demostró capaz de aceptar aportes de corrientes diversas.

Nada tiene para decir la ideología tecnologicista que contradiga o incomode al liberalismo económico –aunque sí, y mucho, a la tradición del liberalismo político-. Esto no sólo conspira contra la posibilidad de cualquier contestación o incomodidad que pudiera producir, sino que también facilita las condiciones que propician cualquier reabsorción.

Resumiendo, puede decirse que tanto el neoliberalismo como el tecnologicismo no sólo no son incompatibles, sino que hay muchos puentes que conectan los prejuicios del primero con los del segundo. Entre ellos están el desprecio por la vieja política, la creencia en la racionalidad de los actores –lo cual debería ser apoyado por un Estado que no se entrometa y no distorsione el flujo normal de los acontecimientos, tan sólo que garantice las condiciones mínimas de seguridad y previsibilidad, la propiedad y que provea marcos mínimos universales para la relación social- la propaganda individualista y la consideración del mercado como principal asignador de recursos.

De modo que aquí tampoco se verifica la aseveración de Negroponte relacionada con la falta de prejuicios de los sujetos del cambio. En el paisaje digital, quizás, es posible ver emerger una nueva multitud dotada de nuevos –o no tanto- prejuicios. La actitud iconoclasta, irónica, burlona, es propia de quienes adoptan la vieja estrategia conservadora del regusto detallista y el cinismo aplicado a las grandes tramas y contra las épicas tradicionales, como parte de un programa antimodernista que vuelve al instinto trascendente el eje de su crítica. Las viejas teleologías que apuntaban a considerar la historia como un desenvolvimiento progresivo del hombre hacia su liberación –en la línea de la Revolución Francesa-, o bien un descubrimiento de la verdad por el Espíritu –en la vertiente idealista alemana-, se encuentran hoy desacreditadas, pero no han seguido sus pasos las viejas fascinaciones tecnológicas y los regustos propios de los elitismos vanguardistas. Siguiendo a Jameson, la diferencia radica en que la pulsión tecnológica se encuentra aquí mercantilizada, y no pretende trascender o insertarse en una trama de la liberación humana. Por el contrario, la aplicación tecnológica es más una cuestión de regodeo minoritario en una sociedad fragmentaria donde tanto eso como la regresión a primitivismos insospechados son posibles simultáneamente. Si bien la cultura, volviendo a Jameson, se ha homogeneizado y se han perdido anteriores cesuras entre alta y baja cultura, persiste la tribalización de los modos culturales, convertida la sociedad en una sucesión de ghettos donde las ideas vanguardistas y elitistas pueden resignificarse al interior de un vasto conjunto de otredades que ya no se pretende trascender y transformar, sino apenas ignorar.

La teleleología de la fragmentación, en clave jamesoniana, o bien la metanarrativa del fin de las metanarrativas, tal un posible nombre del esbozo de Lyotard, no deja de ser una instancia a priori donde es posible volver a encontrar el problema de los valores y los prejuicios.

Todo ello no supone que se sostenga el viejo dualismo entre objetivismo y subjetivismo, sino que se está apuntando a desenmascarar una movida que se pretende libre de prejuicios y determinaciones de valor cuando lo cierto es que se trata, principalmente, de una corriente que trabaja principalmente en esas vertientes.

La juventud, tomada como un vasto conjunto homogéneo y sin contradicciones internas, supuestos por demás fuertes, difícilmente pueda desacreditar las viejas perspectivas prejuiciosas en nombre de las nuevas, como no sea a través de una alianza en la cual los complementos aporten claves que ayuden a entender la situación esencial.

Como sujeto sin pasado y pretendidamente sin herencia, la juventud es un conjunto ecléctico que puede ser objetivado, al mismo tiempo, como muchas cosas. Como marca, mercado, comunidad o franja etaria, la juventud no se distingue, precisamente, por servir como categoría de análisis a la hora de describir el funcionamiento de una sociedad, como no sea reduciendo groseramente la complejidad del mismo. Su apropiación por parte de la ideología corporativa, es parte de un movimiento con el cual se pretende desacreditar y desprestigiar a anteriores interlocutores. Si ya no hay clases, si las categorías de sexo, religión o etnia ya no son pertinentes –tal la asunción del discurso liberal, según la cual la sociedad se estratifica sobre la base de la desigualdad de ingresos debida a diferentes capacidades y habilidades, desigualdad en la cual idealmente no estaría jugando ningún factor irracional o distorsivo, tan sólo el mecanismo por el cual los mejores postergan a los peores y cierta rémora social que favorece la inercia pero que podría disolverse gradualmente a través de la profundización del enfoque racional mismo- hay una diferenciación que no es posible soslayar, la generacional, pero puede sí ser resignificada en pos de ser re-expresada de modo más conveniente. Son las viejas generaciones las que se han enfrascado en disputas que respetaban los viejos clivajes y ordenamientos. En cambio las nuevas permanecen vírgenes de todo contagio y es sobre ellas que es posible operar para cambiar el curso de los acontecimientos, las lecturas del pasado y las visiones del futuro.

La juventud también puede devenir, ella misma, en mercancía, desde el momento en que los atributos que constituyen la condición joven pueden ser categorizados, parcelizados y comercializados. La juventud se volvería así más una actitud de rapidez y desentendimiento de los viejos problemas y ordenamientos. El desenganche –drop out- respecto de los viejos lineamientos sería, justamente, uno de los modos de evaluar la actitud antes descrita. Con semejante adoctrinamiento no será difícil suponer que la nueva comunidad, la Sion del fin de la historia, será una institución sumamente maleable, voluble, controlable y desprovista de habilidades y posibilidades de contestación, como para convertirse en un instrumento más, apenas, del vasto mapa de la dominación. Una nueva sociedad, estructurada en lo simbólico en torno a los valores de mercado, regulada en la distribución de recursos y asignación de prioridades por las cúpulas corporativas y controlada en lo físico por un Estado aún presente, en sus atributos de fiscalidad, será aquella que esta nueva generación, tan libre y desamparada a la vez, habrá ayudado a dar a luz.

Es posible creer que el discurso globalizador peca de ingenuo cuando propone estas ramplonadas que sirven para legitimar las peores prácticas y los discursos más peligrosos. Sin embargo, atendiendo a la genealogía del surgimiento de éstos y aquellas, desaparece esa ingenuidad de creer a los otros ingenuos, para dar paso a una visión en la cual la manipulación y la confiscación simbólica están a la orden del día. El futuro, la tecnología, la juventud, constituyen entonces los mitos fundantes de una nueva era en la cual la sociedad sigue siendo inarmónica, los fundamentos del poder siguen vigentes y las pautas de exclusión se perpetúan. Como mitos cumplen la función de legitimar el orden social, la simbología de un estado de cosas. Atendiendo a la creencia, teleológica ella también, de la mutabilidad intrínseca de lo humano, es pertinente delatar los hilos que llevan al prejuicio en aquellos discursos que pretenden desapegarse del sujeto, como forma de hacer ver que, quizás, en una de esas, aún la historia sigue corriendo y tal vez alguna épica, alg

  • Autor: Nicolas Lavagnino |
  • 04-09-2003 |
  • 10 comentarios

10 Comentarios

  1. Julio Cesar Hernandez Pelayo. Noviembre 1, 2005 20:48

    primeramente quisiera decirles que toda su informacion es muy incoherente. si tiens logica y sentido, pero es tanta la informacion que no captamos la idea principal.

    espero y les sirva mi comentario bayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy

  2. Jorge Berastegui. Abril 28, 2006 23:25

    Sr. Lavagnino:
    Su análisis o mejor dicho su "intento" o "pretensión" de realizar un análisis futurista de la tecnología, denota un desconocimiento de su parte acerca del aspecto "técnico" de la tecnología, dado que ni siquiera los tecnólogos de la más reconocida reputación se atreven a pronosticar algo.
    Dice usted: "...El futuro, la tecnología, la juventud, constituyen entonces los mitos fundantes de una nueva era en la cual la sociedad sigue siendo inarmónica, los fundamentos del poder siguen vigentes y las pautas de exclusión se perpetúan..."
    ¿Habla ud. del futuro, o del presente?

  3. diana. Mayo 4, 2006 13:45

    oye hyay dice que es sobre mitos de la juventud y lo unico que dice es sobre nombres y nada mas y me parece ilogico por favor den un ainformación mas coherent6e. GRACIA AUNQUE EL TRABAJO NO SE LE DESPRECIA A NADIE.

  4. diana. Mayo 4, 2006 13:46

    oye hyay dice que es sobre mitos de la juventud y lo unico que dice es sobre nombres y nada mas y me parece ilogico por favor den un ainformación mas coherent6e. GRACIA AUNQUE EL TRABAJO NO SE LE DESPRECIA A NADIE.

  5. laura . Febrero 19, 2007 20:10

    deberian tener cosas completas y concretas por que la verdad no se le entiende ni por el putas

  6. alexis. Abril 23, 2007 21:21

    la ciencia es la parte fundamental de el mundo ose ¿podriamos vivir sin ella? io no pienso asi por la politicas banguardiasta que existen ok...
    ose den informacion con logica y hablen con la realidad no con la demagojia en mano ok.. chao

  7. Nicolás Lavagnino. Abril 24, 2008 10:59

    COMENTARIO DEL AUTOR: este texto habrá sido escrito hace siete u ocho años. Fue publicado hace cinco. Aunque considero que contiene mucha información, y no toda necesaria o sustancial, si aquello a lo que se apunta es una comprensión inmediata, no veo mayor "incoherencia" entre los elementos incorporados en el artículo. Es un texto denso y quizás hoy día lo escribiría de otra manera, más accesible, evitando la superabundancia de datos. Tal vez hoy podría enunciar mis tesis con un tono menos apodíctico o perentorio. Adicionalmente quizás podría haber aclarado al comienzo cuál era la hipótesis principal, porque viendo los pocos y dispersos comentarios que ha suscitado me parece que algunos no lo entendieron. De todos modos presenta información abundante y lo suficientemente conocida por los que se interesan por estos temas como para que eso no sea problemático -y quizás el grado de consenso acerca de estos temas se vuelve contra el artículo mismo, ya que cuestiona su novedad-. Como sea, era el producto de un trabajo bastante específico y quizás debería haberlo depurado teniendo en cuenta la lectura no especializada que iba a tener. De todas maneras deseo hacer dos aclaraciones:

    1- El texto no se propone hacer "un análisis futurista de la tecnología" (estoy citando un comentario), sino que pretende realizar un análisis de cierto discurso, indagando en él a través de tres claves interpretativas claramente establecidas en el título: el futuro, la tecnología y la juventud. NO es un análisis de esas tres cosas en concreto, sino de un discurso que establece un tramado (mythos, de allí la palabra "mito" en el título, aunque con un matiz técnico, no de habla ordinaria) que se pretende fundante a partir de esos mismos elementos (y de allí lo de "nueva era"). Por lo tanto los aspectos "técnicos" de la tecnología son irrelevantes aquí, porque se está analizando un discurso, su vocabulario y sus implicancias práctico-ideológicas, no el ámbito tecnológico al cual aquel pretende referir.
    2- El carácter mítico del título y de acuerdo a lo aclarado en 1- tampoco implica que sea algo "fabuloso" o fantasioso, como contrapuesto a lo verídico o real, sino que justamente pretende analizar el carácter estructural de esa narrativa a partir de los elementos reconocidos en ella. Como discurso de ruptura presenta un sujeto, una situación o entorno, una serie de potencialidades y un conjunto de medios para realizar las mismas. Eso es un "tramado" (mythos). Que ese mythos postule una nueva era refiere a la situación de (aquel) presente (en el que yo escribía), no al futuro.

    Escribo esto para prevenir ulteriores comentarios (que de todos modos no pueden ser muchos, pruebas a la vista) que pudieran surgir reclamando por aquello de lo que el texto manifiestamente no trata. Es un artículo sobre discursos y sobre lenguaje, no sobre "tecnología". Está claro que no podemos vivir "sin la ciencia" y no sé a quién se le ocurriría algo tan absurdo, ni de dónde se infiere que yo digo eso. Simplemente digo que cuando uno analiza un discurso es mejor que desmenuce aquello con lo cual el mismo se compromete, cuál es el dominio de objetos, relaciones y procesos que postula. Eso intenté hacer, en aquel entonces, aunque con otros medios. Para el tecnólogo quizás sea demasiado excéntrico a su área de interés. Para el lector no especializado tal vez resulte esotérico y de difícil comprensión. Para el analista del discurso quizás resulte demasiado de trazo grueso el panorama que aquí se pinta. Son los problemas de la interdisciplinariedad y de la divulgación, de las áreas fronterizas y de los esbozos ensayísticos. Con ellos se convive, y a través de ellos se aprende.

  8. Luciano . Agosto 15, 2008 01:19

    la verdad me interesa mucho el tema, ademas estoy confeccionando un ensayo de los jovenes, antes y ahora y me gustaria que me enviaran informacion si es posible.
    desde ya muchas gracias.

  9. Ingrid Guerrero. Mayo 14, 2009 19:06

    La información es muy importante para mí como educadora, estoy elaborando una tesis sobre las creencias en relación con la educación y la tecnología y el miedo por parte de los dcentes a integrar la informática como herramienta para trabajar en su especialidad. Me gustaría saber más del tema

  10. jean. Julio 5, 2009 22:28

    muy bueno me sirvio de muxo pero era muy largo grax xau

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