La Red se presenta a sí misma como un espacio de libertad total, de simetría entre los usuarios, de posibilidades inéditas de igualdad en todos los campos, de quiebre de las fronteras geográficas y de las diferencias culturales. Un espacio donde en principio la burocracia estatal no tiene injerencia y reina la posibilidad de ser quien uno decida que quiere ser. La virtualidad ofrece la chance de empezar a escribir la historia de cero.
La Red en la que está la Red
Ensayo sobre “La Galaxia Internet”, de Manuel Castells
Daniel Friedrich
El viejo modelo de sociedad (¿”centralizada”?, ¿”tradicional”?) ha caído. Vivimos en un nuevo mundo, el mundo de la sociedad en red, y todo ha cambiado... ¿o no?.
Manuel Castells analiza en su libro las diversas dimensiones de esta sociedad último modelo, concluyendo que, en mayor o menor medida, la economía, la cultura, la comunicación, la política en los niveles micro y macro, y la estructura social han experimentado transformaciones que permiten vislumbrar el advenimiento de una nueva era: la era de la Galaxia Internet.
Ahora bien, Castells escribe desde California, a escasos kilómetros de Sillicon Valley, la Meca de esta sociedad tecnológica, lo cual explicaría en parte la sensación similar a la que experimento al leer un libro de ciencia-ficción que me inunda al abordar su producción. Por desconocimiento, no estoy capacitado para contrastar las descripciones que el autor realiza con la sociedad en la que él vive, por lo que no entraré en ese tema. Sin embargo hay ciertas cuestiones de la forma de abordaje que sí merecen cierta lectura crítica, así como también algunas referencias que Castells hace a la “cultura global”.
En primer lugar, si bien Castells le dedica un capítulo entero a la historia de Internet, se trata de lo que algunos historiógrafos denominan una historia “internalista”, esto es, una narración centrada en los avances tecnológicos y científicos que hicieron posible el progresivo desarrollo de la Web tomados aisladamente del contexto social, económico y político, como si estos pudieran explicarse por sí mismos. Pero se produce aquí un efecto de lo más interesante. Siguiendo la línea del enfoque propuesto por este capítulo, Internet aparecería puramente como una innovación tecnológica producto de desarrollos en los campos militar y académico y de algunas mentes brillantes e independientes. El problema está en el paso de un “prototipo” científico para unos pocos a una globalización de la red que resignifica los lazos sociales en las dimensiones más variadas. ¿Cómo se explicaría esta masificación repentina? No creo que sea posible hacerlo satisfactoriamente minimizando la importancia del contexto.
La despolitización del discurso que se desprende del análisis internalista no permite visualizar algunas conexiones que me parecen interesantes entre Internet y el contexto neoliberal.
La Red se presenta a sí misma como un espacio de libertad total, de simetría entre los usuarios, de posibilidades inéditas de igualdad en todos los campos, de quiebre de las fronteras geográficas y de las diferencias culturales. Un espacio donde en principio la burocracia estatal no tiene injerencia y reina la posibilidad de ser quien uno decida que quiere ser. La virtualidad ofrece la chance de empezar a escribir la historia de cero.
Si bien es cierto que Castells ataca algunos de estos mitos a través de estadísticas sobre el uso de Internet por grupo social, se trata de una ofensiva inconsistente y superficial. En mi opinión, tal ofensiva solo puede comenzar a ser efectiva si parte de la concepción de las nuevas tecnologías de la Información como productos y productoras del medio en el que vivimos.
Internet representa la utopía del libre mercado, en la que los usuarios-consumidores se enfrentan a una infinidad de productos dispuestos en góndolas virtuales; productos que van desde los que se podrían encontrar en cualquier supermercado hasta conocimientos altamente especializados y mercantilizados. Pero como todos sabemos, no es azaroso quién coloca sus productos en los lugares privilegiados de la góndola. Otra metáfora que introduce Castells para describir a la Web es la del “ágora”, es decir, un espacio en el que todos pueden expresar sus opiniones públicamente frente al resto de los “ciudadanos”. Ahora bien, al igual que en la Grecia Antigua, no todos los habitantes son ciudadanos, y dentro de estos hay quienes tienen la voz más potente, y están aquellos a los que a duras penas se los puede escuchar. Por último, la sociedad red presenta como gran valor cultural al individualismo, en tanto las nuevas comunidades se constituirían a partir de los intereses personales compartidos por un grupo. Lo asombroso en este punto es la naturalización de algunos aspectos de esa individualidad: ¿o acaso los “intereses personales” no son socialmente construidos a partir de cuestiones como la clase, el género, la raza, el grupo etario, etc.? No sea que nos vayamos a sorprender cuando las nuevas comunidades coincidan estructuralmente con las viejas.
El análisis de Castells cae fácilmente dentro de lo que podríamos denominar un discurso “tecnocrático”, que ubica en Internet el motor de cambios sociales profundos olvidando que la Red, como toda innovación tecnológica es a la vez un producto cultural, y que como tal entra justamente en ese juego producto-productor, en el que la herramienta modifica a su usuario al ser utilizada.
Al exponer estos puntos críticos sobre Internet y la forma que asume su análisis, no es mi intención caer en una “tecnofobia” que adolezca de las mismas flaquezas que su “opositora”, o en una crítica ingenua cuya única conclusión posible sea la necesidad de aislarse frente a todo avance tecnológico, sino simplemente tomar estos conflictos como puntos de partida para un análisis más profundo, con el fin de lograr prácticas transformadoras en este contexto actual, sin esperar a cambios “mágicos” en la oferta (en este caso, Internet). El espacio virtual, como cualquier otro espacio, se presenta como un campo de lucha abierto a la apropiación por parte de diversos intereses, y a su vez –también como el resto- cuenta con mecanismos y posibilidades específicos de ese medio. Entre los mecanismos se encuentran los pensados y los impensados, los que se pretenden imponer y los que se resisten, los que buscan homogeneizar y los que se diferencian. Pero Internet posee, en el marco de las posibilidades, una ventaja por sobre la mayor parte del resto de los campos de lucha: su reciente y abrupta masificación hace que las estrategias del poder para apropiarse de este espacio no estén del todo afianzadas, todavía quedan bastantes tornillos por ajustar. Este factor, sumado a la cultura de la libertad que –aquí sí coincido con Castells- juega un rol en la construcción del mundo virtual, permite vislumbrar márgenes de acción no habituales, con efectos quizás inesperados . Pero para lograr que esta resistencia tenga peso, somos los usuarios (críticos) quienes debemos pasar al primer plano de la acción. Así que... manos a la obra.
yo pienso que la tecnofobia es la fobia a la musica tecno, de no ser asi, envíame un e-mail para saber que onda!!
muchas gracias besos cariños y abrazos