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Madejas, jirones, hilos.

La revolución de internet ha sido saludada por muchos como un movimiento que, a la larga, traerá más igualdad a nuestras sociedades. En la medida en que todos podemos tener, en principio, acceso a la misma información, parece que internet se convierte en el gran puerto del que partir, si es que queremos navegar por los mares ilustrados de la autonomía y la emancipación. No sólo eso, sino que hay quienes comienzan a hablar de una democracia digital: puesto que, nos guste o no, nuestra actividad como ciudadanos termina reduciéndose al momento del voto, las nuevas tecnologías pueden lograr una mayor implicación de la ciudadanía, que podría ofrecer sus opiniones a través de la red. El "voto digital" (por llamarlo de alguna manera) nos ayudaría a vivir en una auténtica democracia participativa.

Que internet abre espacios para la libertad de expresion es innegable, y ahí están las bitácoras para dar prueba de ello. Ya no es novedoso decir que la existencia de estos diarios personales terminan generando un modo alternativo de información: las redes de opiniones y corrientes de información no están sometidas ya al tamiz de ningún poder. Sin lugar a dudas, esto es un logro considerable, y ojalá que la red siga siendo un lugar para la libertad. Es ahora precisamente cuando se plantea la cuestión: ¿logrará realmente internet mejorar este mundo? ¿Consigue el mundo virtual que este mundo, el real, sea más justo, más libre, más igualitario? Mucho me temo que no es así, y algunas experiencias educativas apuntan en esta dirección.

Toda aquella persona que haya trabajado en un instituto rural sabe de qué estoy hablando. Allí donde no llegan los medios, tampoco llegan sus efectos. Los alumnos (y los ciudadanos en general) de las zonas rurales no tienen las mismas posibilidades de acceder a internet que el resto de alumnos: falta infraestructura, tecnología, biblitoecas o centros públicos en los que haya un acceso gratuito para estudiantes... De esta manera, internet nos hace la vida más fácil, en cierto modo puede mejorar nuestra vida (incluso en el sentido moral y político al que aludía antes, al posibilitar mayores libertades y movimientos sociales). Pero sólo la nuestra. La de aquellos que, por circunstancias laborales, geográficas, o vitales podemos navegar por el mar de la información.

Pensemos en una sencilla metáfora. Internet, en su sentido más sencillo, es un hilo de información. A nadie se le escapa que existen países cuyas capacidades a este respecto son enormes: a base de establecer contactos entre distintos nodos, logran formar una auténtica madeja, donde la densidad del hilo al que me refería es enorme. En estos países, internet está en los hogares, en las universidades, y en las bibliotecas. La versión más "vulgar" nos lo acerca incluso a los bares y los cafés, lugares comunes de encuentro, nidos "históricos" de redes sociales. Otros países, no logran "hilar" quizás estas madejas, pero sí pequeños jirones, enlazados unos con otros, pioneros de la sociedad de la información que van ampliando el fenómeno internet. Pero ¿qué ocurre en aquellos países (o regiones) en las que la infraestructura apenas viene representada por un débil hilo, patrimonio de instituciones públicas o del estado?

Evidentemente la respuesta es obvia: Internet no hace, por el momento, que el mundo (en global) sea mejor, aunque sí puede hacer que mejore "mi" mundo. Allá donde falta el pan, o donde las condiciones de vida son duras, las nuevas tecnologías no alimentan los estómagos, y no pueden ser prioridades de las políticas locales. De esta manera, internet puede, a la larga, ahondar más en la distancias económicas entre los países (la información, hoy, es oro). Y aplicado a la educación: los alumnos de zonas rurales, seguirán siendo los olvidados de la administraciones mientras no se les faciliten lugares públicos en los que puedan acceder a la red de redes. La imprenta revolucionó el mundo cultural, pero sólo los que se lo podían permitir se beneficiaron (al menos durante sus primeros 4 siglos) de este gran invento. Internet también modificará nuestras sociedades, pero probablemente nos aleje aún más de los que más nos necesitan. Pensemos en políticas de infraestructuras, o en modos de lograr, a este nivel, tramar un hermoso tejido, un tapiz global: compartir nuestra madeja, nuestro jirón, o nuestro hilo será en muy poco tiempo, una forma más de solidaridad.


1 Comentario

  1. Rubén Cruz . Enero 18, 2012 06:15

    Tan bonita metáfora de la red no podía permanecer sin comentario.
    Un paso más acá de esta forma de solidaridad que se predica, es decir, una actuación o aplicación local de este pensamiento global que se sobrepone a las formas conocidas de cultivar o crear cultura –transmitir información entre animales de la misma especie por aprendizaje social— es promover la disponibilidad de wifi pública como una forma de evitar el uso indebido de la línea ajena con cargo a privados. Porque incluso la solidaridad necesita orden y concierto, o se convierte en un río de aguas revueltas donde el más espabilado predador le hace el juego a las compañías proveedoras del canal a costa de quien paga. Si esta disponibilidad se convierte en una política pública, el usuario-ciudadano paga una sola vez por el acceso (ahora universal), vía impuestos.
    El derecho a la información –y a su acceso técnico— se debe imponer al derecho a un interés particular cualquiera. Pero el acceso económico a la propiedad intelectual accedida técnicamente tiene en el pago de un precio –el deber— la contrapartida material a ese derecho inmaterial (sobre bienes no tangibles, pero realmente existentes, si persiste su cultivo por los autores, que son mucho más que simples productores –e incluso éstos, los productores, tienen reconocido su derecho a una retribución—). Como se sabe, con las cosas de comer no se juega.
    Pero ésta es harina para fabricar otro pan.
    Gracias por la metáfora. Procuraré hacer con ella el debido uso: replicarla para que llegue a otras conciencias y logre seducirlas, como hizo conmigo, sin dejar de citar a su autor.

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