Recuerdo la primera vez que leí El Eternauta. Fue allá por 1983. Todas las semanas
salía un fascículo nuevo. Creo que llegaban al kiosco los martes a la noche y yo iba
corriendo a comprarlo cada semana.
Además de la calidad del relato, y a diferencia de todos los relatos de ciencia ficción que
había leído antes (¡y yo había leído muchos!), El Eternauta narraba, por primera vez, una
invasión extraterrestre que tenía lugar aquí, en Buenos Aires. Hasta entonces todos los
alienígenas con los que yo me había encontrado, en la páginas de diversos libros, se
habían dedicado a invadir Londres, París, Nueva York o Washington. A Buenos Aires,
aparentemente, los extraterrestres no la habían oído nombrar jamás.
Pero con Oesterheld y El Eternauta todo esto cambió, y por primera vez pudimos
enfrentarnos, cara a cara, con invasores en Plaza Italia, en la glorieta de Barrancas de
Belgrano, o en el estadio de River Plate. En ese momento El Eternauta me parecía nada
más que una excelente historieta. Ahora me doy cuenta de que tenía todas las marcas de
un clásico.
Muchas cosas han pasado desde 1983 a esta parte. Entre otras, que me especialicé. en el diseño de interfaces y usabilidad. Pensando en una idea que me viene rondando
hace poco, decidí volver a El Eternauta y mirarlo con nuevos ojos. Y la verdad es que el
resultado me sorprendió.
El comienzo
El Eternauta empieza en la casa del mismo Oesterheld. Según su propia narración, el
autor se encuentra una noche escribiendo en su casa cuando de repente, se materializa en
la silla ubicada justo frente a él, sin preludio alguno, un hombre llamado Juan Salvo. El
autor siente crujir una silla como si alguien se hubiera sentado, luego, se dibuja una
silueta, que en pocos segundos se ha transformado en un hombre normal de carne y
hueso. Oesterheld, perplejo, le pregunta quién es. "Es difícil responder a esa pregunta",
contesta el visitante. "Déjame contarte mi historia..." –agrega luego- "cuando te la
cuente, todo se explicará, incluso, esta extraña forma mía de aparecer, y estoy seguro que
querrás ayudarme... escucha".
Como el argumento de Scherazade en las Mil y Una noches, este marco sirve a
Oesterheld para contar la historia de la invasión. Todo empieza una noche de invierno,
cuenta el Eternauta, cuando se encontraba con varios amigos jugando al truco. En su casa
estaban también su mujer Elena y su hija Martita. De repente, empezó a caer una nevada
mortífera sobre Buenos Aires, que mató a gran parte de la población. Con sus amigos
logró fabricar trajes aislantes y salir al exterior a pesar de la nevada mortal para recoger
víveres y alimentos. Pronto, los hombres de la casa se unien a un ejército de
sobrevivientes. El resto de El Eternauta relata las diversas aventuras en las que se ven
envueltos este grupo de sobrevivientes que intenta repeler y resistir la invasión.
Se encuentran primero con los "cascarudos", insectos gigantes, los "gurbos", especie de
monstruos gigantes y torpes, y también con los "manos", humanoides super-inteligentes
con decenas de dedos en cada mano, que resultan ser la cara visible, los ejecutores de la
invasión, aunque no son quienes la dirigen. Los verdaderos directores de la invasión
reciben el nombre de "ellos", no aparecen en todo el relato, y conservan en su misterio
una imagen invisible de seres todopoderosos y siniestros.
Un problema epistemológico
Más allá de cuestiones tácticas y tecnológicas, las interfaces juegan un papel principal en
la narración de Oesterheld. Así, el problema central de El Eternauta es el
desconocimiento; y uno de los principales hilos que impulsan la narración es es continua
necesidad de los hombres sobrevivientes de avanzar y entender cada vez más al invasor.
Lo que mata, pareciera decirnos Oesterheld, no es realmente el enemigo, sino nuestra
ignorancia acerca de sus metas y objetivos.
Pero dada la diferencia existente entre el poderío y la tecnología de los ellos y la de los
seres humanos, esta ignorancia es con frecuencia fatal. Y el mensaje que deja al respecto
la narración de Oesterheld no es precisamente optimista: el final es poco menos que
tremendo: el ejército de sobrevivientes se desbanda, derrotado, los invasores vencen,
Buenos Aires acaba atomizada y los pocos humanos que sobreviven terminan siendo
cazados en un falso refugio concebido por los "ellos" para liquidar a los pocos que han
logrado escapar a la nevada mortal que cayó sobre Buenos Aires.
Resulta, sin embargo, sumamente útil analizar los pasos que llevan esta derrota, ya que
en cada encuentro entre hombres y armas extraterrestres se ponen en juego conceptos de
usabilidad que, analizados en detalle, resultan ser una metáfora de uno de los principales
hilos conductores del relato entero. Y este hilo conductor es de carácter epistemológico.
En efecto, en la página 123, el tornero Franco propone realizar una incursión para
averiguar más acerca de la invasión: "no sabemos nada sobre el enemigo" –afirma- "y no
es posible vencer a un rival sin saber siquiera como juega". Así, el crescendo del relato
está marcado por situaciones en las que los humanos intentan utilizar tecnología
extraterrestre.
Esta serie de interacciones comienza de manera auspiciosa. El primer descubrimiento de
tecnología enemiga tiene lugar en las páginas 80-87, en las que los humanos se enfrentan
a un cañón de rayos fotónicos manejado por cascarudos. En la página 86, el ejército de
sobrevivientes logra capturarlo. Matan a los cascarudos que lo manejaban, y luego logran
volver contra otra manada de los mismos cascarudos, alcanzando una victoria rotunda
"¿Cómo consiguieron hacerlo funcionar?" – pregunta el Mayor al Profesor Favalli. A lo
que Favalli contesta "cuando menos lo esperábamos, se encendió". El eternauta comenta
"Favalli se restaba méritos. sólo cerebros de excepción podían comprender en tan poco
tiempo el terrible aparato capturado al enemigo".
Pero estos cerebros de excepción no volverán a tener motivos semejantes para alegrarse,
ya que esta será su última victoria tecnológica. Y lo que es más: lo que hasta ese
momento había parecido un gran logro, demuestra no ser tal. Después de todo, los
humanos pronto descubren que los cascarudos no son más que la primera línea: unos
insectos un tanto débiles que los humanos terminan despreciando: "No son tan tembiles"
– dice un soldado en la pág. 87 – "después de todo, los hemos muerto a montones". Otro
agrega, páginas más adelante, que las balas "les entran como manteca". Tal vez por esta
razón, Oesterheld permite por primera y única vez que los humanos capturen la
tecnología extraterrestre. Todos los intentos siguientes de utilizar tecnología
extraterrestre fracasan de manera total.
En la página 106, los humanos logran derribar una nave-esfera extraterrestre. El vehículo
averiado se estrella contra el suelo en el Estadio de River Plate; los hombres lo rodean. El
Mayor y Favalli intentan ingresar a ella abriendo una escotilla, pero al hacerlo, la nave se
vuelve incandescente y Favalli se quema la mano. El aparato parece encenderse y pronto
comienza a desaparecer. "Se está quemando, sólo que es una forma de combustión
nueva... sin llama y con gran desarrollo de calor..." –explica Favalli – "seguro que es un
dispositivo automático para evitar que el aparato caiga en manos del enemigo. Se puso en
marcha cuando yo quise abrir la escotilla de una manera, sin duda, distinta a la que ellos
acostumbran". En efecto la nave se quema y los humanos no logran sacar de ella
provecho alguno.
En las páginas 297-298, hace su aparición un mano que, traicionando a los invasores, se
acerca a la casa del eternauta "tratando de hacerse amigo". Utilizando un arma
desconocida que extrae de su cinto, protege a los humanos allí refugiados matando a dos
o tres monstruosos Gurbos que andaban rondando la casa. Favalli, entusiasmado, ante la
aparición de un mano desertor, afirma: "puede sernos utilísimo" y luego agrega "un mano
aliado nuestro será de un valor incalculable". Predeciblemente, esta esperanza se ve
también frustrada. Páginas más tarde, la nevada mortal se reanuda, y el mano cae muerto.
"y muerta con él"– comenta el eternauta –"la alegría del reencuentro, de lo que creíamos
la victoria sobre el invasor".
Entonces, en la página 313, Franco recoge el arma del mano muerto e intenta probarla.
¿El resultado? "Franco arrojó de pronto el arma al suelo... la ví brillar, ponerse
incandescente... los tres pensaron lo mismo: escaparon como si una granada hubiera
caído entre ellos. Pero el arma del mano no estalló, se fue desintegrando lentamente,
convirtiéndose en un polvo color ceniza...". Y luego agrega "Ahora entiendo.. seguro que
tenía un dispositivo para que no la usaran manos enemigas. Franco apretó algo que no
debía y la pistola se deshizo." Como la nave capturada en River, el arma del mano tiene
mecanismos de protección, y al ser utilizada por manos inexpertas, se autodestruye. Esta,
escribe el narrador "era una nueva prueba de la abrumadora capacidad técnica de los
invasores."
La última interacción
Esta desorientación termina en un drama final en la que, una vez más, la interfaz es
protagonista. Acorralado por hombres robots, el eternauta concibe un plan de escape
demencial, una última esperanza: se lanza a correr, junto con su esposa e hija, hacia una
nave extraterrestre que se haya estacionada cerca de la zanja donde está escondido. Los
hombres robots patrullan los alrededores, pero esta vez la escotilla de la nave está
abierta.y Juan Salvo logra escabullirse y entrar.
Dentro de la nave, la escena que Juan y su familia encuentran resulta incomprensible.
Una vez más, el abismo de desconocimiento se refleja en extrañeza, manifestación de lo
siniestro o unheimlich:
"!Qué extraño es todo esto!" - dice Elena- "¿Qué hacemos aquí, Juan?".
A lo que Juan responde:
"Si consigo enterarme de cómo se maneja esto, podremos escapar, irnos lejos... pero ¿Por
dónde empezar?".
La naturaleza de la interfaz que tiene delante le resulta al eternauta tan ajena que ni siquiera está clara la
función de cada control. El eternauta comienza a apretar botones y mover palancas al
azar, y el resultado no es, obviamente, el deseado:
Evidentemente, esta no ha sido una buena interacción hombre/máquina. Algo ha salido
seriamente mal.
Y pensar que uno se preocupa cada vez que aparece la temible "pantalla azul" en la pantalla de una PC.
La interfaz de lo incomprensible
Bromas aparte, en esta última interacción hombre/máquina encontramos la clave de la
importancia de las interfaces en este relato. Dentro de la nave, el eternauta se encuentra
como el protagonista de aquel cuento de Borges, There are more things, que al tratar de
describir los atroces muebles de una casa habitada por un alienígena dice:
"Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparó correspondía a la figura humana o
a un uso concebible."
De análoga manera, el Eternauta no sabe cómo usar los controles de la nave
extraterrestre porque no los comprende. Nos encontramos frente a una interacción cuyo
grado de usabilidad es directamente nulo.
Cuando de diseño de interfaces para humanos se trata, el objetivo es lograr que el uso de
cada control sea evidente (self-evident); es decir que la función de cada elemento de esa
interfaz sea intuitivo y que el usuario no tenga que pensar demasiado para usarlos.
La interfaz ideal es, entonces, aquella que se adapta a metáforas ya presentes en la mente
del usuario. El carro de compras para e-commerce, las ventanas del escritorio de
Windows, y el puntero del mouse están todos basados en este principio. Pero en este
encuentro cara a cara entre el Eternauta y una tecnología ajena, la situación es
precisamente la inversa: en la mente del usuario no hay ningún referente que le permita
entender qué simboliza cada control. A tal punto es ajena la estructura de la nave que el
eternauta no está realmente seguro de estar delante de una interfaz propiamente dicha:
"Ni siquiera sé si estas palancas y estos botones son los controles..."
Evidentemente, se trata de un caso extremo de aquel famoso refrán que dice que las
computadoras siempre hacen lo que uno les dice que hagan, nunca lo que uno quiere que
hagan. Porque... ¿Cómo puede uno decirle a un aparato que haga lo que uno quiere, si
uno no puede hablar el idioma, el sistema de símbolos que ese aparato presenta al
usuario?
Por esta razón, dentro del relato de Oesterheld, este último encuentro entre el
protagonista del relato y la tecnología extraterrestre simbolizan el fracaso de esa
búsqueda del conocimiento que los humanos emprenden para entender y derrotar al
invasor. Todas las escaramuzas entre soldados y cascarudos, todos los intentos anteriores
de capturar la tecnología alienígena, quedan representados en este duelo final entre
el protagonista de la historieta y el máximo exponente de la tecnología extraterrestre: la
nave invasora.
Este duelo final con una interfaz incomprensible es entonces una metáfora de la búsqueda
epistemológica del eternauta: conocer y entender al invasor. La intención del eternauta es regresar a
su casa en la nave. Pero al apretar al azar una serie de botones obtiene un
resultado que está muy lejos de ser el deseado. Su esposa y su hija comienzan a gritar:
"¡Juan! ¡Socorro!" "!Papá!". El eternauta apreta ciegamente más botones, pero todo
resulta inútil: "los gritos me llegaron como de muy lejos... traté de verlas, pero me fue
imposible... Apreté otro botón.. Me encontré de pronto cayendo, cayendo"
En efecto, el Eternauta cae, a través del tiempo y del espacio. Al comienzo de la
historieta Oesterheld, junto al lector, pregunta perplejo al eternauta: ¿Quién eres? La
respuesta a esa pregunta es el relato mismo. Al final de esa historia, la situación se ha
invertido. Lectores y narrador conocen ahora toda la historia, pero el eternauta termina en
la más profunda ignorancia. Desorientado, sólo y arrodillado en un páramo yermo, se
pregunta una y otra vez ¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy?
Conclusión
Así termina –según Oesterheld- este combate desigual entre inteligencias, entre seres
humanos e invasores extraterrestres. El mensaje final de Oesterheld es contundente: para
los seres humanos de El Eternauta no es posible entender al invasor, ni comprender sus
designios. Es inútil utilizar sus armas o intentar volverlas contra él, porque ni siquiera
entendemos su naturaleza cuando las tenemos delante. La lucha por el conocimiento
termina en la derrota estruendosa de los protagonistas humanos, simbolizada en una
interacción con una interfaz ajena que el ser humano no puede siquiera comenzar a
descifrar.
Y sin embargo, cuando todo lo creíamos perdido, Oesterheld deja un rayo de esperanza.
No ha sido posible vencer a los invasores, pero al final se nos presenta una paradoja: nos
enteramos que el relato que acabamos de leer tendrá lugar en el futuro: es decir que no ha
sucedido aún. El autor parece decirnos: el eternauta no pudo salvar el mundo esa vez,
pero tal vez lo logre en el futuro. Otra vez volvemos al principio, al desconocimiento y al enigma: ¿Será posible frenar la
invasión? ¿Será posible?
Nota: los números de página corresponden a los impresos al pie de cada historieta. La
edición en la que me basé es la de Ediciones Record, impresa en Buenos Aires,
Argentina, en 1993.