Esta nota nace con motivo de haber leído en la portada de educar sobre la muestra de M. Duchamp en Proa. Fue entonces que recordé su pasión por el ajedrez, lo cual, asociado al conocimiento de otra muestra " Duchamp en Buenos Aires", llevada a cabo el año pasado en el Fondo Nacional de las Arte, que hizo saber de la existencia, hasta entonces inédita, de la planilla de la partida Fernandez Coria,V. - Duchamp M, jugada en el Torneo de las Naciones, de París 1924, que tuve la impresión de estar en presencia de eventos con lazos comunicantes. La tarea, que interiormente se me imponía, era descubrir esas secretas relaciones y reconstruir, desde los enlaces y citas que enmarcan este escrito, un sentido, que no estaba en los hechos viéndolos en forma separada, pero que podía ser pensado, uniéndolos en un espacio y tiempo. El que iba desde el Buenos Aires de 1918, momento de la llegada de Duchamp a esta ciudad, hasta el París de 1924, cuando el Torneo de las Naciones y los Juegos Olímpicos.
La cuestión era encontrar la clave que diera cuenta de esta asociación de momentos y sus consecuencias, y la misma creo que estaba en esa vocación de misión, de renovación, de volver a empezar, que animaba a estos actores y probablemente a toda una época.
Escudriñar sus búsquedas y anhelos era un camino para dar cuenta de sus aportes a un momento fundacional, tanto para el ajedrez argentino como para la historia del arte. Respuesta vital a un mundo de posguerra que reclamaba nuevos gestos y que imponía nuevos caminos.
Construir esa trama era un modo de fundar una explicación, con la pretensión de dar respuesta al nacimiento de una identidad que fue orgullo para el ajedrez nacional, y aliento e inspiración para innumerables aficionados, que encontraron en las hazañas de los maestros de entonces, en su don de caballeros, el impulso para desarrollar su creatividad e imponerse metas de superación, en otras palabras, la razón para seguir.
Aprendimos de ellos no solo la técnica del juego, sino la fuerza del argumento, la exactitud del calculo, el esfuerzo de la investigación, la alegría de la invención. El ajedrez ha sido siempre una escuela de modelos y aquellos los fueron en grado sumo. Reca, Grau, Palau y Fernandez Coria , nuestra avanzada argentina en aquellos años, bajo el cielo de París.
Pero también aprendimos de y entre nosotros, el valor del empeño colectivo en la construcción del conocimiento, el saber escuchar y reconocer, la generosidad del compartir y el poder transitar después del último jaque mate las cuestiones de la vida. Habíamos descubierto un lugar de encuentro, por y para siempre y todavía nos quedaba como regalo, esa mesa, real o imaginaria, ese aquelarre de los sueños, en donde habíamos iluminado una parte de la vida y en donde siempre habrá un lugar para los maestros del ayer y los amores de siempre.
(En el cuerpo extendido del post el resto de la nota).
Si hay un punto de síntesis para esta nota, es la planilla de la partida Fernandez Coria - Duchamp, jugada en París en 1924. Un documento que marca un punto cumbre para Duchamp en su relación con el ajedrez argentino, quizá el final de un recorrido personal que se había iniciado en sus "maniáticas", según propias palabras, noches de ajedrez en Bs. As. entre septiembre de 1918 y junio de 1919.
Pero para nuestro ajedrez es el inicio de una presencia internacional de reconocimiento y consideración, ganada por aquellos remotos visitantes del sur del continente americano. En homenaje a ellos y a otros de su generación no puedo evitar la transcripción de parte del texto, " Otro juego también nuestro", contenido en el libro " La cabeza de Goliat". de Ezequiel Martinez Estrada, quien los conoció de primera mano y cuya lectura deja flotando una estela de admiración por las virtudes intelectuales y morales que refleja y que importa conocer.
Cuando Damián Reca llegó al Círculo de Ajedrez, había ya muchas figuras preclaras, artistas consagrados: Rolando Illa, Valentín Fernández Coria, Benito Villegas, Julio A. Lynch y, como un efebo portador de brillantes destinos, Roberto Grau.
De 1918 a 1920 se realiza entre nosotros un movimiento de superación sobre bases firmes y nuevas. Palau, De Witt, Guerra Boneo, Belgrano Rawson y poco después Nogués Acuña, Maderna, Guimard , Bolbochán, Piazzini y Pleci traen con la juventud y el entusiasmo una conciencia más escrupulosa y una exigencia más imperativa de estudio a fondo del juego, de analizar, de formarse un estilo propio. Entonces los viejos maestros que habrían alcanzado su cenit dentro de un tipo de juego casi exclusivamente intuitivo, pragmático y personal, pasan a segundo término, y estos muchachos avanzan resueltamente mucho más lejos que los maestros. Al final de unos y al comienzo de otros, se tenía la penosa impresión de la decadencia y el agotamiento cuando se trataba de nuevos valores frente a otros. Puede decirse que así como el Club Argentino representó la época clásica de nuestro ajedrez, el Círculo congregó a los románticos e hipermodernos.
La llegada de Reca al Círculo desde La Plata señala esta segunda época. El trajo una exigencia nueva. Sin alcanzar entonces el juego de Grau y Palau, Reca era considerado como un maestro. Sus comentarios despertaban un interés particular y se sabía que muy pronto adquiriría la seguridad y la elegancia de sus mejores tiempos. Con su tenue rojez de cardíaco que daba a su rostro de ángulos góticos una dura bondad de doncella inaccesible, apoyado en un codo y fumando sin tregua, daba la impresión de una magistral seriedad y de un aplomo de veterano. Si alguna palabra puede sintetizar su influencia y su estilo, sería ésta: dignidad.
Roberto Grau se distinguía sobre todo por dotes innatas para la combinación en el medio juego, la claridad mental con que planteaba las aperturas y remataba los finales. Poco caso hacía de los libros y nunca se sabía si los grandes maestros le importaban mucho. Se hubiera dicho que era capaz de inventar él el ajedrez de no haber llegado ya a su grado culminante. Delgado, vivaz y de un carácter puede decirse que cautivó al Círculo con su entusiasmo de adolescente genial. Más tarde agregó a sus dotes naturales la sabiduría del analista, y entonces apareció el segundo Grau, el actual, semejante a un filólogo agobiado de libros y de autoridades. Erudito, técnico, aplicando sus conocimientos tanto como su talento, surgió de sí mismo como el hombre maduro del muchacho, distinto a como todos esperaban. Se le recuerda en sus bellos días de inquietud diabólica, al que sólo retenía como subyugado por una fuerza superior a la suya, alguna posición compleja que le exigía dos torturas juntas: estar serio y estar quieto.
Luis Palau emanaba un don de simpatía cordial y sin reservas. Poseía ya esa virtud musical de ejecutante eximio del silbo, con que modulaba "staccati" de flauta mágica al tiempo que se acompañaba con toda una orquesta de codos , muñecas y yemas de dedos. Practicaba un ajedrez filarmónico. La afinación precisa de su flautín labial coincidía con la exactitud de las jugadas, y hasta para mover las piezas y capturarlas obedecía a ese ritmo que le brotaba de todo el cuerpo. En Estocolmo batió a jugadores de fama internacional. Fuera de los días solemnes, jamás se sabía cuándo estaba serio y cuándo con el diablo del buen humor, pues su rostro resultaba de un acuerdo cabal entre ambos estados de ánimo, y ni en las posiciones más tensas se estaba nunca seguro de si iba a dar un jaque mate o una serenata.
Valentín Fernández Coria era de los hombres grandes a quienes mirábamos con respeto. Hace veinte años que viene rejuveneciéndose sin duda que por algún método con clave. Fernández Coria era para mí una especie de mito, allá por el año 1912. Cuando vino Capablanca al país por primera vez, después de su triunfo en San Sebastián, en los diarios se publicaron algunas partidas de las que jugaron. Pero el secreto de mi especial respeto hacia él se debía a la circunstancia de haber descubierto, por decirlo así, el código de la connotación de las partidas, reproduciendo precisamente ésa con Capablanca pues con mi tablero y sin contrincante, allá por las tierras del sur, me encontré de pronto con que los signos de la partida se me habían revelado por arte de magia y que me era posible, desde ese instante, reproducirlas. Cuando lo vi por primera vez, tuve la impresión de que le debía yo grandes y bellas horas de emoción. Aun todavía quedan asociados en mí su nombre y el ajedrez escrito, como el de un maestro que me hubiese enseñado a descifrar una incógnita de la naturaleza. Usaba ya sus gafas de cristal superlativo que tan bien sentaban a su rostro y al papel de numen que yo le atribuía. En su exquisita amabilidad y en su minucioso cuidado de la precisión en todo lo que relaciona con la palabra y el gesto, conserva su prestigio de gentleman para quien el decoro forma parte de un buen estilo ajedrecístico.
Hugo Maderna llegó al ajedrez mucho más tarde, allá por la época del match Capablaca-Alekhine, cuando era campeón de La Plata y estudiante del Colegio Nacional. Tímido entonces y como buscando siempre un pedazo del espacio donde pasar inadvertido, supe al cabo de un año de trato asiduo que era un gran maestro a quien debía yo respeto de discípulo. Creció en todo sentido más pronto y más arriba de lo que él mismo esperaría, sin perder aquella cualidad juvenil que conserva inmarcesible el talento con soltura, como si todavía le tuvieran que pedir cuentas de su uso. El juego de Maderna tiene una sencilla solidez de muchacho huesudo que parece no emplear de su fuerza sino la cantidad indispensable para vencer. Y para quien, por supuesto, la timidez no es más que una cierta vergüenza de tener tanta fuerza a su disposición. Con Carlos Guimard hablé dos veces y resultó que desde mucho tiempo antes éramos amigos. Si lo hubiera encontrado en la calle sin haber visto jamás su retrato lo habría reconocido. Hay entre su estilo de juego y su persona una concordancia fundamental. En él juega la inteligencia y la intuición primaria, lo que va directamente del principio al fin y lo que se demora voluptuosamente en lo complejo, igual función.Una especie de arabescos llenos de malicia, de disgregaciones ladinas, sin perder el rumbo ni dejarse atrapar, sin que lo atemoricen los eventos de la marcha. En la inflexión meliflua de su voz y en la mirada que se cansa pronto de estar quieta, hay la persistente búsqueda de un descuido para asegurar cualquier pequeña ventaja definitiva. Cualquier pequeño desliz o error, y estamos perdidos. Algunas de sus partidas parecen concebidas por el procedimiento que produce la hipnosis: son obras maestras de fascinación, donde la fuerza destructora no siempre se ve llegar de frente sino que resulta mortífera en razón de palabras y de miradas y de una especie de pases magnéticos que al fin y al cabo causan la muerte , pero en tal forma que casi se tiene la obligación de agradecérsele. La rareza de su estilo de juego se basa regularmente en complicadas maniobras estratégicas de largo alcance, donde un plan comprende a menudo otros planes concéntricos o subsidiarios que es muy difícil prevenir y evitar , porque con movimientos tan dulces y delicados dan ganas de experimentar cómo diablos se puede ver uno de espaldas en el suelo.
También he tratado muy poco a Alejandro Nogués Acuña, de quien dijo Fernández Coria que, grande como es, parece un chico que termina de hacer una travesura. La inteligencia de este mestro me ha parecido brillante y muy superior al usufructo que se resigna a sacar de ella. Se diría que más bien que un don personal es una suerte de patrimonio familiar, por la desenvoltura con que la emplea hasta allí donde otros suelen hacer economías. Está seguro de que, por mucho que gaste, de alguna parte ha de venir más. Tengo entendido que de todos nuestros ajedrecistas es el que razona con lógica más clara, el menos metafísico y retórico. El también es así. Efectivamente, desde el primer momento Nogués Acuña nos advierte de que no cree en una cantidad de convencionalismos de valor circulante. El talento como la fortuna, le parece un bien y no un mérito , porque se es inteligente con el mismo carácter fatídico de ser miope o reumático.Por esa negación a priori de valores convencionales , aparece despreocupado por las fórmulas y, en verdad , travieso.Me atrevo a suponer que si se le dijera que en determinado momento ha encontrado alguna jugada sutil y que llevará su nombre esa variante, se negaría a ello contestando que el mérito es la posición de las piezas y que no vale la pena hacer cuestión de nombres cuando se hace cuestión de ajedrez.
Estos nombres y otros a quienes no conozco sino de haberlos observado y reproducido sus partidas, unen a sus altas cualidades intelectuales otras plausibles de carácter y conducta. La vida es dura para algunos, como artistas que son y de arte que únicamente estiman los iniciados, fuera de la bolsa de los títulos, las acciones, los productores, las mercaderías y las divisas. En ellos hay un caudal de dignidad y rectitud que por encima de las minúsculas rivalidades transitorias los une en la sagrada comunidad de una vocación pura que para conservarse en forma requiere, como de los atletas, el ejercicio de la buena conducta
"esperanzas en sus corazones y alas en sus pies", palabras en homenaje a los corredores olimpicos británicos de 1924 y cuyas figuras fueran personificas en la bella película "Carrozas de fuego" del año 1981. Palabras que también valen para nuestra avanzada ajedrecista, aunque volaron y soñaron a su manera para sentar las bases del naciente ajedrez argentino. Los sueños muchas veces se parecen, aunque sean distintos los que los sueñan.. En este verano del 2009 donde la Fundación Proa recuerda la obra de M.Duchamp, con una muestra que lleva por titulo: "una obra que no es una obra "de arte", volvemos a encontrar al exiliado de las noches de ajedrez, en el Buenos Aires de 1918-19, al transeúnte de la pregunta radical sobre el arte, cuando en un frenesí malhumorado de días chatos y noches obsesivas, comenzaba a descubrir en la estética del juego el valor más alto de la belleza, la del concepto puro.
Partidas
Damián Reca
Roberto Grau
Luís Palau:
Palau, Luis - Te Kolste, J
[D00] London, 1927
1.Cf3 Cf6 2.d4 g6 3.Cc3 d5 4.Af4 Ch5 5.Ae5 f6 6.Ag3 Cxg3 7.hxg3 c6 8.e3 Ag7 9.Ad3 e5 10.Txh7 Rf7 11.Axg6+ Rxg6 12.Cxe5+ fxe5 13.Dh5+ Rf6 14.Dxe5+ Rf7 15.Dxg7+ 1-0
Euwe, M - Palau, Luis
[D38] Paris, 1924
1.Cf3 Cf6 2.d4 d5 3.c4 e6 4.Cc3 Cbd7 5.Ag5 Ab4 6.e3 c5 7.cxd5 exd5 8.dxc5 Da5 9.Dd4 Axc5 10.Dh4 Ce4 11.Ad3 Cxc3 12.bxc3 Dxc3+ 13.Re2 Db2+ 14.Cd2 Ab4 15.Thd1 Ac3 16.Tab1 Dxa2 17.Af5 Ce5 18.Tbc1 Axf5 19.Txc3 Da6+ 20.Re1 Cd3+ 21.Txd3 Axd3 22.Ae7 f6 23.Ab4 De6 24.Aa3 Rf7 25.Cf3 Ae4 26.Df4 Axf3 27.Dc7+ Rg6 28.gxf3 Thc8 29.Dxb7 Dc6 30.Dxc6 Txc6 31.Txd5 Tc2 32.f4 Ta2 33.f5+ Rg5 34.Ad6 Rg4 35.e4 Te8 36.Rf1 Txe4 37.h3+ Rxh3 38.Td3+ Rh4 39.Tg3 Ta1+ 40.Rg2 Tg4 0-1
Valentín Fernandez Coria
Fernandez Coria, V. - Guerra Boneo, A.
1.P4D C3AR 2.C3AR P3CR 3.A4A A2C 4.P3TR O-O 5.CD2D P4D 6.P4A P4A! 7.P3R PAXP 8.CXP C3AD 9.CXC PXC 10.A2R C2D 11.O-O! P4R (si 11.AXP, 12.T1C seguido de 13. D4T con mejor partida). 12. A3C T1C 13.T1C C3C 14.P5A C2D 15.D4T D2A 16.TR1A P4AR 17.C3C C3A 18.D5T D2R 19.C4D A2D 20.C3A C5R 21.DXPT CXA 22.PXC T1T 23.D7A TXPT 24.T3A T1A 25.D7C TR1T 26.R2T A3AR 27.T1D D1D ( amenaza T1C)

28.A4A!!. T(7T)2T 29.AXP+ R2C 30.AXP!! TXD 31.AXT T1C 32.P6A P5R 33.P7A AXT 34 PXD(D) TXD 35.PXA PXC 36.PXP
las negras abandonan.
Partida seleccionada por el campeón del mundo Dr.E. Lasker para su publicación: Lehrbuch des Schachspiel, en donde alecciona, sobre como una maniobra inesperada, pero que pudo ser prevista, cambió el curso de la lucha.
(Partida y comentarios extraidos del tomo II del "Tratado General de Ajedrez" de R.Grau., Ed.Sopena 1985, pag.174)
Grau, R. - Fernandez Coria,V
Bs.As., 1924. Torneo Mayor
1.P4R P4R 2.C3AD A4A 3.A4A C3AR 4.P3D C3AD 5.A3R A3C 6.D2D P3D 7.CR2R A3R 8.C3C P4D 9.PXP CXP 10.AXC AXA 11.C5T T1CR 12.A6T ( jugada tan bonita como mala)

12...PXA 13.CXA T3C! 14.CXA PTXC 15.C3C D4D 16.O-O O-O-O 17.P4AR P5R 18.P5A T5C 19.DXP PXP 20.PXP D5D+ 21.R1T T5T 22.D5C P3A 23.D2D C4R 24.C2R D5CR! 25.T4A D4C! 26.P3C TXP+ 27.RXT C6A+ ( las blancas abandonaron ).
Fuente: tomo II del "tratado general de ajedrez" R.Grau, Ed.Sopena 1985, pag.179.
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