...diariamente salías con el carro a cartonear temprano - “como de noche”, “el caballo se lo robaron” “jalamos un poco cada uno”” a la vuelta es pesado”-
De regreso pasa por la escuela y entra, tarde, todos la saludan, en comedor la comida ya fría la espera, sin cuaderno, sin lápiz, con la ropa y manos sucias, manos de una niña que trabaja. En el aula se sienta con amigas, en el recreo juega. En su cuaderno escribe el día, su nombre y algunas palabritas…faltan letras, no importa. Los volantes los pega en cualquier parte y con mucha plasticola, tanta que desborda…-”¿Falta poco para ir casa?”- dice luego de la merienda, le cambia la cara, tiembla, a veces llora. Vuelve sola, camina lerdo entre guardapolvos. Su día casi termina, pero comienza la noche…otra historia
Ser docente nunca fue tarea fácil y hoy menos que nunca, mucho más si hablamos de los docentes que nos desempeñamos en escuelas de contextos sociales marginales, situación a la que debe sumarse la desvalorización social que en lugar de animarnos a seguir trabajando, nos oprime cada vez más; es como luchar contra molinos de viento, un desafío diario, que al final de la jornada nos dará satisfacciones que jamás olvidaremos: -“Tito no se escapa más del salón”, “Alejandro ya escribe su nombre”, ”Candela no está sola, ahora tiene una amiguita”, “Ayelén hoy vino a la escuela”…- Si, con tan poco nos conformamos. Damos pequeños pasos, lentos, cautelosos, comprensivos, siempre bajo la mirada tierna, discreta y contenedora de su maestra - ¡Luis, qué bien escribiste tu nombre! solamente te faltan dos letras”- (eufóricamente).
Pero lamentablemente nuestros alumnos viven en mundo “ocupado”; si nosotros, los adultos, tan solo nos detuviéramos un segundo y miráramos a nuestro alrededor encontraríamos a nuestros niños…
Así fue como me reencontré con Amalia, mi alumna de 1º grado; recuerdo como si fuera ayer tu primer día de clases: algunos padres me presentaban a sus hijos, colocaban su pequeña mano en la mía y sin perderlos de vista se retiraban lentamente, otros niños traídos por hermanos de grados superiores y apurados por ir con sus respectivas maestras los dejaban a mi lado y vos… ingresaste solita, caminabas perdida y temerosa entre docentes, padres y alumnos, sin guardapolvo, sin mochila, tan solo un cuadernito de tapa blanda y un lápiz en la mano. Así fue como te encontré.
No hablabas, tan solo mirabas, te sentaste en suelo, en un rincón, sola, haciéndote cada vez mas chiquita, agachaste la cabeza, allí te quedaste.
Tan solo 6 años y una vida llena de tristeza.
Me senté en el suelo junto a vos, quise acariciarte y te asustaste, -Yo soy Roxana ¿Y vos cómo te llamas? -Silencio.
Al día siguiente, otra vez solita, aun caminabas perdida y temerosa, otra vez te encontré. Me diste la mano.
Me dijiste tu nombre, Amalia.
Chiquita, menuda, delgada, la mirada triste, cabeza baja, pasos lentos, cortos, el cabello castaño y revuelto, las manos frías y ásperas, cicatrices, pies semidescalzos.
Poco a poco nos fuimos conociendo, hiciste amigos, bailaste cumbia ¿Te acordas? Fue el día del niño, festejamos escuchando música y vos bailando frente a las miradas de todos, en el medio del salón, sonriendo, feliz.
Todos los días llegabas tarde, con frío, hambre, cansada…
Me contaste, que diariamente salías con el carro a cartonear temprano - “como de noche”, “el caballo se lo robaron” “jalamos un poco cada uno”” a la vuelta es pesado”-
De regreso pasa por la escuela y entra, tarde, todos la saludan, en comedor la comida ya fría la espera, sin cuaderno, sin lápiz, con la ropa y manos sucias, manos de una niña que trabaja. En el aula se sienta con amigas, en el recreo juega. En su cuaderno escribe el día, su nombre y algunas palabritas…faltan letras, no importa. Los volantes los pega en cualquier parte y con mucha plasticola, tanta que desborda…-”¿Falta poco para ir casa?”- dice luego de la merienda, le cambia la cara, tiembla, a veces llora. Vuelve sola, camina lerdo entre guardapolvos. Su día casi termina, pero comienza la noche…otra historia.
Algo pasó, te mudaste y te perdí.
Un día como otros tantos caminando por Berazategui no miré a mi alrededor, miré hacia abajo, allí en un rincón, una sombra, una niña no tan niña, con el cabello revuelto, sentada en el suelo, chiquita, con la cabeza gacha, sola, adulta. No había duda alguna, era Amalia, me detuve, me acerque, - Soy la señorita Roxana ¿vos sos Amalia? ¿Te acordás de mí?- levantó la cabeza, una pequeña sonrisa, cerró los ojos, agachó su cabeza…
Tan solo hay que detenerse un segundo, mirar a nuestro alrededor y hacer algo antes de que nuestros niños lleguen a ser adultos.
Faverin, Roxana Mercedes
Docente. Bibliotecóloga.
Si querés podés... la niña cartonera es el ejemplo de q pdemos si queremos..
lucha no te quedes!!! que la vida es maravillosa!! y dejarla pasar sentada en la vereda,bajo el árbol...no!no es vida, vivirla disfrutandolá es vida!!!
disfrutandolá con estudios, incrementandos conocimientos, haciendo el bien xlos demas es realmente la vida nuestra..
Nací de unos padres casí cartoneros, como son los cosecheros de algodón q ganaban unas monedas, hicé la primaria en esa escuela rural donde aprendí y creo que muy bien. Alos 26 años, casada con hijos decidí terminar la secundaria, lo logré en 5años y siendo abanderada de un colegio nocturno trabajando de día como empleada doméstica y hoy voy por mas sigo un profesorado de lengua que no es facil pero creo que lo lograré, deseo enormemente formar adolescentes q amen su país y que a través de nuestra lengua puedan opinar y ser escuchado, el arma perfecto es la palabra....
Hola buenas tardes, quiero saber en donde puedo tomar el profesorado de lengua y literatura. Agradesco por su atencion. Grcias. Atte. Rios Ivana
sentí como si fuera yo quien contara esa historia.Hace 18 años que trabajo en un barrio marginal con niños que(un gran número de ellos) poseen las características de Amalia.
Deseo perfeccionarme para poder ayudar mejor a estos niños.
Realmente Roxana, leer tus palabras me hacen sentir reflejada con lo que te paso. Por que en mi caso personal, soy docente de primer año de una escuela ubicada en un villa de emergencia, atendemos a una comunidad con miles de carencias, no solo las económicas, sino también las afectivas.
Sé que ser docente en la adversidad es un desafío que a diario afronto, pero no me arrepiento jamás de esta profesión.
Si bien más de una vez al cruzarme con ex alumnos, que están a la deriva por que no continuaron sus estudios, me hace replantear mi práctica creo que en la escuela secundaria muchas veces se pierde ese contacto y seguimiento directo que tenemos a diario con nuestros alumnos en la escuela primaria. Entonces, será cuestión de replantearse cada uno su práctica y ser fundamentalmente profesionales de la educación y no mero transmisores de contenidos.
Te admiro Roxana..
Privacidad y condiciones de uso
© educ.ar. Todos los derechos reservados
Educ.ar S.E. - Saavedra 789 - Ciudad de Buenos Aires - C1229ACE
Tel / Fax: 54-11-5129-6500 (rot.) - Argentina