La palabra es la herramienta con la que trabajamos los escritores, y también los maestros. Por esa razón, en tantos años de trabajo, se me fueron acumulando muchas preguntas.
Preguntas en donde la palabra entra en estrecha relación con la identidad individual y colectiva.
Preguntas en donde la palabra no está, pero tampoco está el silencio.
Preguntas sobre la historia de las palabras.
LA PALABRA, NÚCLEO DE IDENTIDAD Y DIVERSIDAD
La palabra es la herramienta con la que trabajamos los escritores, y también los maestros. Por esa razón, en tantos años de trabajo, se me fueron acumulando muchas preguntas.
Preguntas en donde la palabra entra en estrecha relación con la identidad individual y colectiva.
Preguntas en donde la palabra no está, pero tampoco está el silencio.
Preguntas sobre la historia de las palabras.
En esta extendida relación que guardo con las palabras, recuerdo también los primeros conceptos de la época de mi formación docente, en donde la “lengua materna” se me reveló como fundacional en el psiquismo de los individuos; la capacidad de hablar, lo que nos diferenciaba con el resto del reino animal; la estrecha relación entre el desarrollo del lenguaje y el del pensamiento; las teorías de la comunicación que hablaban de un hablante, un receptor, un feedback.
También, en mi experiencia como coordinadora de talleres literarios, la palabra me ha confirmado su maravilla. La maravilla de su poder liberador, de sus posibilidades creadoras, de cómo pone de manifiesto “al otro”, a lo diverso, a los mundos más internos y más profundos, que por supuesto, ya se me habían revelado primero como lectora, y luego como escritora.
Pero también entendí, ayudada por autores como Jauretche, Rodaris, Bordelois, que las palabras a veces también son trampas. O mejor dicho, hay trampas construidas con palabras, que de tanto ser repetidas y escuchadas, nos siguen haciendo creer afirmaciones que sin demasiado esfuerzo de argumentación, se derrumban.
Uno de esos enunciados es “los argentinos venimos de los barcos”. Repetido hasta el cansancio, retomado por poetas y pensadores, uno de los bastiones de la identidad de los argentinos.
Cabe preguntarse entonces, cuáles son los argentinos que vinieron o “venimos” de los barcos, y qué sucede con el resto. Con esos que a través de sus rasgos fisonómicos y sus lenguas, nos hablan de otras historias. ¿Esos no son argentinos?, ¿son menos argentinos? O simplemente los negamos, para resolver más fácilmente la cuestión, si es que reconocemos la existencia de una situación que es necesario resolver.
Y entonces se nos presentan otras preguntas:
o Para la construcción de una identidad colectiva, ¿facilita reconocer las diferencias?
o O bien, ¿es necesario negar las diferencias para construir una identidad colectiva?
Es evidente que el panorama es suficientemente complejo como para prestarle la mayor de las atenciones, desde todos los campos del conocimiento.
Vayamos al tema del lenguaje, que es lo que nos convoca, y reflexionemos acerca de nuestras propias historias: ha habido, en esa necesidad de negar lo diverso, un sistemático olvido de las lenguas maternas en un altísimo porcentaje de nuestra población.
De todos los argentinos: de los que vinieron en los barcos, y de los que pertenecen a los pueblos originarios. Este llamado “crisol de razas” que es nuestro pueblo, que somos nosotros, no ha conservado sus lenguas de origen. Ni los italianos, ni los quechuas, ni los mapuches, ni los ucranianos, por nombrar algunos. Alguno que otro guarda el recuerdo de una abuela italiana o guaraní, o tal vez alemana, hablando en su idioma, o cantando canciones, o alguna expresión perdida. Expresiones orales que producen mucho placer recordar…
¿Y las otras? ¿Las que no se recuerdan? ¿En qué memoria, estado o cuerpo de la memoria, historia, leyenda, remedo, repliegue, están esas palabras?
¿Y con esto, no pasa nada? Digo, no hay costo. Imaginemos por ejemplo uno de esos antepasados nuestros que llegó en el barco, que tenía una lengua, y que esa lengua es mucho más que una suma de palabras que sólo usamos para comunicarnos. Que esa lengua es su manera de ser, de pensar, de pensarse, que es la manera en la que aprendió a decir mamá, a recibir el amor y el rechazo. Esa lengua lo acunó y le enseñó a ser lo que es. En esa lengua reside su sentido del humor y su picardía. Porque las lenguas, son mucho más que las palabras que decimos, o como dice Ivonne Bordelois en su libro “La palabra amenazada” “ las lenguas no sólo se emplean, no son sólo valores de comunicación o uso colectivo, sino que contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten”.
Y ya que estamos imaginando, imaginemos a quienes cargan con el silencio de las lenguas aborígenes, esas que fueron despreciadas, reprimidas y acalladas, con la violencia directa, con la prohibición, ya no encubierta o con promesas de inserción y ascenso social, como sucedió con las de origen europeo.
Con estas realidades convivimos. Es nuestra realidad. Algunos las han sufrido más, otros menos, en lo individual, pero es nuestra realidad colectiva, y desde el conocimiento de ella deberemos construir otras realidades, donde la inclusión sea el objetivo, y ya no, la postergación de las diferencias en pos de la creación de un “ser nacional”.
Y ya que entramos en esta cuestión, nos detendremos un poco en lo que fue el objetivo principal de la escuela argentina, fundada por la generación del 80. Porque esa negación de las diferencias se instaló desde las aulas escolares, como proyecto pensado para construir un “ser nacional”, unificando idioma, sistemas de creencias, de valores, en la población absolutamente heterogénea de fines del siglo XIX y principios del XX. Y esa tradición homogeneizadora de la escuela primaria argentina, aún se sostiene, como se sostienen tantas tradiciones, sobre todo las institucionales, que son muy difíciles de revertir.
Y entonces el que dice “la pis” (como dicen los niños que vienen de algunas provincias del norte) habla mal. El que comprende distinto la consigna de trabajo que hemos dado “no comprende la consigna”. El habla mucho es “demasiado conversador” y el que habla poco, “tiene pobreza de vocabulario”.
Y para ejemplificar estas palabras, he pensado en compartir con uds. esta anécdota:
Trabajando como asistente educacional en una escuela en la periferia de Mar del Plata, a principios de los noventa, tuvimos que citar a los padres de una niña de cuarto grado, por las dificultades que presentaba en su aprendizaje lecto-escritor. Sabíamos que tanto esta niña como todas sus hermanas, apenas hablaban cuando comenzaron primer grado.
Se presentó el papá, un señor sencillo, boliviano, vestido especialmente para la ocasión, cosa poco frecuente en esa comunidad, que nos habló a las claras de la importancia que daba a la institución y a la entrevista. Hablaba pausadamente, con un acento particular en su rico castellano castizo. Se expresaba con claridad, podía manifestar sus preocupaciones y sentimientos. En su potencialidad lingüística había buen nivel simbólico y riqueza de vocabulario, llamativo en este medio y contrastante con la dificultad de sus hijas.
A medida que avanzábamos en la entrevista, intentando descubrir la causa de los problemas de la niña, recordé a una abuela mapuche que conocí en Neuquén, porque cuando ella hablaba castellano lo hacía con el acento de su lengua, cosa que en aquel momento me sorprendió mucho. También recordé una novela que había leído hacía mucho (de Taboada Terán) en donde se mostraba que en Bolivia todavía se hablaba mucho el quechua, (y no sólo los campesinos) y entonces le pregunté si él hablaba habitualmente quechua.
El padre se mostró sorprendido, como descubierto, y me respondió que sí, que su señora también, pero que las niñas no, que se lo tenían prohibido.
Por supuesto que nuestra sorpresa fue mucha, porque jamás pensamos previamente que la causa de las dificultades de aprendizaje de una niña, en la ciudad de Mar del Plata, en el año 1992, podía ser ese. Pero lo más sorprendente fue el recorrido intelectual que debimos hacer para llegar a esa pregunta, y es por eso que lo describo puntualmente. No llegamos a esa hipótesis por nuestra formación académica. Jamás escuchamos en los años de formación acerca del multilingüismo de nuestra población, ni en los Institutos de Formación Docente ni en las universidades. Tampoco en los congresos, jornadas de perfeccionamiento, etc. Era, evidentemente, una verdad silenciada, desconocida, ignorada hasta el absurdo.
Todavía se escuchan voces de prestigiosos intelectuales afirmando que los argentinos venimos de los barcos, aunque se ha avanzado bastante en el reconocimiento del multilingüismo y del multiculturalismo de nuestra población. Desde tiempos remotos la prohibición de las lenguas de origen ha sido la mejor estrategia de los opresores, la más eficaz de sus trampas, porque atraviesa (como se ve en el ejemplo de las niñas) todas las áreas del desarrollo (intelectual, emocional y social).
En los tiempos que corren, además de arrastrar con estas políticas instituidas en el pasado, se suman los nuevos conflictos de la cultura neoliberal y el endiosamiento del mercado y del consumo. Y otra vez, “conviene” que nos quedemos sin palabras, pero también sin silencio. Y esta vez, claramente, se nos presenta la violencia que se instala, cuando falta la palabra.
Entonces los grupos más vulnerables de la población, los niños y los jóvenes, estallan ante lo que les imposible procesar, porque si no hay palabra entre el impulso y la reacción, sólo queda lugar para el golpe, el insulto, la evasión.
Porque con un adecuado desarrollo simbólico, con las palabras necesarias, y con espacios suficientes de silencio, podemos pensar y pensarnos, hablar y escuchar, conocer al otro en su diferencia y mostrar las nuestras. Podemos ser personas.
Propongo este análisis con el objetivo de hacer un aporte reflexivo a mis compañeros docentes. Creo que es imprescindible que lo hagamos para que la inclusión de todos sea posible. Es casi una cuestión de supervivencia.
Me pareció más que interesante el artículo. Hay realidades que superan las ficciones, y en el aula aparecen más de lo que nosotros mismos creemos. Felicitaciones a la autora.
En esta invasión de "cosas" también se acortaron los tiempos para una lectura, que algunos aprendimos y también enseñamos.Y no me refiero solo a los materiales escritos.
Para poder seguir pensando,en palabras imaginadas,escuchadas,leidas, escritas, es indispensable observar el ritmo de nuestras vidas y el que enseñamos a los que vienen.
Hay algo de tu texto que moviliza emociones fuertes, seguro tiene que ver con el devenir de las identidades, con eso que somos.
La identidad es siempre contemporánea, por no decir presente.
Sigamos leyendo....
Mirta
Instantanemente "se me vino a la cabeza" un juego italiano, que jugaba con mi abuelo...que mis hijos y sobrinos juegan con mi padre, que los más pequeños de la flia se lo piden a mi papá apenas lo ven, que seguro que yo jugaré con mis nietos y que supongo que ellos se los enseñarán a sus hijos...
Como docente sabemos que en ciertas comunidades no se utiliza a la palabra como algo tan importante, que los niños no hablan con sus padres ni los padres con sus hijos, que no tienen contacto con material escrito y esto hace que se manifieste en su desarrollo intelectual.
Motivar el uso de ella tanto en forma oral o escrita es parte importante de nuestra tarea, y es verdad que esto solo lo aprendemos con la experiencia, es verdad que no nos lo enseñaron en ningún intituto de formación...
Con la palabra transmitimos lo que sentimos, y siempre es mejor expresar nuestros sentimientos CON PALABRAS...
¿Se acuerdan de Garabombo el invisible, ese personaje de P.Scorza? Él (Garabombo), como las lenguas aborígenes y las de los inmigrantes pasaron a ser, a fuerza de desprecio y conveniencia, invisibles para la cultura dominante. Lo mismo pasó con Jauretche (la autora lo nombra)a quien en vida, la Prensa no lo mencionaba siquiera. Los discursos más atroces se suelen escribir con silencios.
Me pareció muy interesante el artículo, me hace sentir cierta esperanza con respecto a lo que los docentes (algunos) sentimos con respecto a nuestra tarea, sobretodo los que trabajamos con el lenguaje. Muchas gracias, Adriana.
Interesenta el articulo... Suerte... Docente...
Excelente articulo, el año pasado como docente del i.s.f.d.nº 78, inclui este items en la curricula de la materia sociolinguistica, mis alumnas investigaron muchisimo he inclusive hicimos contactos muy importantes con familias de mapuches que poblaron una region de nuestra zona y de nuetro partido, la Barrancosa.
Muy buen artículo. Me llamó la atención la frase"pobreza de vocabulario" y debo reconocer que no la había considerado como una forma de opresión, o ver ahí su origen. Trabajo en una escuela suburbana de una ciudad que recién ahora está recibiendoun aluvión inmigrantes de los países limítrofes (Paraguay, Bolivia). Eso es lo que observamos "pobreza de vocabulario " y muchos silencios. Lo cierto y grave es que quienes no comprenden esos silencios actúan violentamnete. Muy real y motivador artículo
Considero importante y para tener siempre presente que la palabra es lo esencial en un ser humano. sin ella no somos nadie, ella nos define, nos describe, nos identifica, nos alimenta. Como docentes, es nuestra obligación darle el lugar que se merece, y transmitirselo a nuestros alumnos. Ellos son nuestro futuro.....
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