Hace exactamente 150 años nació Sigmund Freud, en Viena. Su pensamiento hincaría el diente en Francia y en la Argentina con más fuerza que en ningún otro lugar del mundo. Hoy más que nunca necesitamos un freudismo crítico para mitigar los dolores del presente.
Llevando la peste a los Estados Unidos
Si como acertadamente elucubró Bruno Latour, los microbios inventaron a Pasteur y no a la inversa, tal como insiste la hagiografía oficial, no se puede decir lo mismo de Freud, quien en vez de tratar de exterminar gérmenes, bacilos, microbios y otros infusorios, hizo realmente lo contrario: hacer ingresar la peste en Occidente y en particular en el país más refractario a la peste que él traía consigo y que dejó en los EE.UU. en 1909, cuando dictó allí los cursos que luego se convertirían en las famosas Lecciones de introducción al psicoanálisis.
Efectivamente, a bordo del transatlántico alemán "George Washington", el austríaco Sigmund Freud atravesó el océano para visitar por primera y única vez los Estados Unidos. Lo hizo acompañado de dos colegas y discípulos: Sandor Ferenczi, húngaro, y Carl Jung, suizo.
Claro, la historia nunca se escribe –ni se cuenta– linealmente, y de todos los países a los que Freud infectó el que finalmente fue menos contaminado por su obra fue precisamente los Estados Unidos, un país con un modo de pensar fuertemente marcado por el pragmatismo, típico de su ambiente profesional, donde el psicoanálisis se convirtió en una papilla inodora e insípida llamada culturalismo norteamericano y que tuvo en personajes como Karen Horney, Harriet Sulivan y hasta el propio Erich Fromm a sus defensores más entusiastas y menos revulsivos.
Pero lo cierto es que nadie puede jactarse de haber permanecido inmune a la peste freudiana. Ya sea para hacerla propia, desarrollando anticuerpos más o menos eficaces contra ella; ya sea por haber travestido sus conceptos más duros convirtiéndolos en una jerigonza cotidiana; ya sea por creer sinceramente que Freud es uno de los grandes parricidas de la historia (a un mismo nivel que Copérnico o Darwin o la cibernética,) como astutamente enumeró Bruce Maszslisch al hablar de la cuarta discontinuidad.
Sin embargo, el hecho de ser argentinos y nacidos pisando los años 50, nos convierte en un plato de Petri de cultivo especialmente privilegiado para entender cómo es vivir y pensar y actuar en el siglo XXI con la marca freudiana en el orillo.
Vivir y pensar y actuar en el siglo XXI con la marca freudiana en el orillo
Por supuesto que la Argentina y el mundo de los años 2006 no tienen nada que ver con los años 60, cuando la influyente revista Primera Plana le dedicó una de sus geniales tapas a la pregunta ”¿El psicoanálisis es un complejo?”, poniendo el dedo en la llaga de lo que en ese momento era un meme avasallante y triunfante.
Hoy, que el psicoanálisis –-más allá de los Estados Generales del Psicoanálisis que trataron de rehabilitarlo en París en julio del año 2000, incluyendo la revitalización vigorosa aunque profundamente esotérica que le supuso el injerto del lacanismo– está dispuesto a seguir elaborando secretos y a deshilvanar complejos, cuando la neurobiología avanza que es una barbaridad y cuestiona el meollo propio de la aventura psicoanalítica, recordar los 150 años del nacimiento del genial vienés es obligado y más que esclarecedor.
Porque algo que nos enseñó Freud quedará unido a los siete (o n) pilares de la sabiduría, y ningún avance en las ciencias cognitivas ni ningún invento farmacológico, ni ningún eventual trasplante cerebral podrá hacerlo olvidar jamás, a saber: que invirtiendo la formula socrática desde que Freud lo dijo con pelos y señales, ya nadie podrá desandar su oráculo, es decir, que nadie es dueño de sí mismo.
El inconsciente freudiano hirió de vulnerabilidad a la solemne racionalidad que dominaba el pensamiento de su época y se convirtió en "el software determinante de la existencia", según define el psicoanalista Isidoro Vegh, miembro de la lacaniana Escuela Freudiana de Buenos Aires.
Terapias alternativas y la pepita de irreductibilidad del psicoanálisis
Es cierto que ante la proliferación de terapias –en este momento se estiman en más de 400–, la profundización de la crisis económica, las redefiniciones del yo, etc., el psicoanálisis asiste a una competencia asfixiante que lo está poniendo al borde de la extinción. Pero a pesar de los vaivenes de la Argentina –-que junto a Francia sigue siendo una de las mecas incuestionables del psicoanálisis, como lo atestiguan los más de 12.000 profesionales en actividad, según el cálculo de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA)– el psicoanálisis es mas fuerte, parafraseando al viejo tema de rock.
La grandeza de la empresa freudiana fue haber prestado atención a la fuerza de la cura por la palabra descubierta por Ana O, la célebre paciente del neurólogo Joseph Breuer, uno de los mentores del propio Freud.
Pero así como Freud desplegó intuiciones geniales como la tópica que divide al psiquismo humano en tres: yo, ello y superyó, y así como descubrió el rol importante de los conflictos psíquicos en la represión de las tendencias (fundamentalmente sexuales) subyacentes, no es menos cierto que las enfermedades psíquicas evolucionan con las épocas, y que en una sociedad que ha cambiado cuánticamente en siglo y medio, es un absurdo que merece tanto o más estudio que las propias teorías freudianas el tratar de sostener a rajatabla sus hipótesis y sus diagnósticos epocales.
Si psicoanalistas de fuste como Silvia Bleichmar insisten en que el psicoanálisis nació como alternativa terapéutica, y devino una reflexión acerca de los seres humanos, pero que al mismo tiempo ha generado actitudes talmúdicas, donde se pasa sin solución de continuidad de la ciencia a la religión, tenemos que aceptar que algo está podrido en Dinamarca.
Si en los 70 y los 80 era común venerar a Karl Popper o Mario Bunge por sus críticas al irracionalismo psicoanalítico (un caso local muy curioso fue Gregorio Klimovsky, quien a pesar de su filiación popperiana defendió a rajatabla la excepcionalidad y la racionalidad sui generis del psicoanálisis) –después de todo un pleonasmo, porque el psicoanálisis precisamente vivía de denunciar el trasfondo irracional del racionalismo–, hoy no debería sorprendernos tanto que el psicoanálisis en sus grandes vertientes, especialmente el psicoanalismo, sea incapaz de revisar sus certezas y haya caído preso de lo que sus cultores vienen denunciando desde hace más de un siglo.
Transmisión, institucionalidad, psicoanalismo
Como no hay transmisión de saber con posibilidades de éxito que no se enanque en algún tipo de institucionalidad, y como toda institucionalidad implica luchas de poder no sólo por el saber sino por el saber y por sus mediaciones monetarias, no debe extrañar para nada que la "rigidez dogmática de las grandes escuelas esté ejerciendo una función asfixiante para el pensamiento de los analistas".
En la Argentina, donde la diáspora del pensamiento esta asociada a heridas que nunca tuvieron una carga tan lacerante como la alianza/distancia entre psicoanálisis y revolución –en la década del 70–, adaptación a la dictadura/psicoanálisis, en el transcurso de la dictadura militar, y psicoanálisis/decadencia y pseudo-restauración económica desde mediados del alfonsinismo hasta el menemismo, para terminar en la catástrofe alianza/duhaldismo, la necesidad de oxigenación del psicoanálisis es mucho más fuerte que en otros lares.
En los últimos dos años, y preludiando este festejo por los 150 años del nacimiento de Freud, 15 instituciones psicoanalíticas se reunieron a debatir bajo el paraguas de la Asociación Colegio de Psicoanalistas, postulando que el mínimo denominador que vuelve a un analista psicoanalítico y a una analizado miembro de las huestes de Villa Freud es su aquiescencia a dos términos regios, los de inconsciente y transferencia.
Si sobre el concepto (ya se trate de su descubrimiento o invención, desde sus revulsivos hasta sus complicidades con versiones mucho más suaves provenientes de otras boutiques epistemológicas el de transferencia no es el menos valioso ni el menos cuestionable.
El concepto de transferencia no es ni más ni menos que el corazón de la eficacia terapéutica psicoanalítica, ya que consiste en reeditar en el diván los nudos antiguos que originaron el padecimiento psíquico y producen malestar en la vida actual; el psicoanalista es, en este contexto, quien conjura las sombras de un pasado infeliz y libera al paciente, conectándolo con las alas de su deseo.
El mercado corroe las ideas
Los primeros en testimoniar, en todo el mundo, pero mucho más en la Argentina, los poderosos tentáculos del mercado, han sido los propios psicoanalistas, conscientes de que el mercado es un factor decisivo en el éxodo desde el diván hacia terapias más breves y focalizadas.
Por eso la ortodoxia, y el encuadre, palabras sagradas del psicoanálisis en las décadas del 60 y el 70, pero sobre todo la temporalidad de la duración de la cura, y en particular del ritmo y el formato de las sesiones, está en plena descomposición hoy. No sólo los propios psicoanalistas son los primeros en hibridar sus terapias sagradas con herramientas terapéuticas antes prohibidas, como la medicación, la reducción en la cantidad de sesiones semanales y el tiempo de tratamiento, sino que los propios pacientes se están acostumbrando demasiado a las dietas terapéuticas personalizadas y buscan -como bien decía Verlaine- su bien donde lo encuentran.
Pero la vigencia de Freud no sólo pasa por las luchas por la explotación de su nombre, sino muy particularmente por el alcance de sus teorías y aplicaciones. Proliferan dudas acerca de su utilidad en el abordaje de cuestiones vinculares de parejas y familias, y sigue concitando adhesiones cuando se trata de analizar en detalle el mundo interno en tratamientos individuales.
Hace poco apareció en Francia –-junto con la Argentina uno de los países que más han hecho para la difusión del psicoanálisis– un Libro negro del psicoanálisis (buena síntesis del contenido de ese mamotreto de 800 páginas en la pluma de Eduardo Febbro corresponsal de Página/12 en París), abogando pornográficamente por la sustitución de la palabra por la pastilla.
De la logomaquia a la farmacomaquia
Para los farmacólogos, ni las psicosis ni las depresiones severas responden al poder mágico de la palabra, dado que según ellos esos trastornos obedecen a alteraciones graves de la físico-química cerebral.
Si hablamos de reduccionismo de uno y otro bando ello se debe a que lo que realmente importa no es la naturaleza última de nuestros pesares sino la causalidad de la enfermedad psíquica, o del sufrimiento psíquico. Como bien dice Bleichmar, no se puede desconocer la causalidad que produce una depresión y reemplazar esta causalidad por una mitología biológica.
Pero las cosas se ponen nuevamente confusas cuando se trata de oponer, como se ha hecho históricamente, al psicoanálisis como terapia profunda a las cognitivas e incluso a las farmacológicas como terapias de segunda o de chapa y pintura.
Es impensable descartar al psicoanálisis como matriz hermenéutica de nuestro tiempo, pero al mismo tiempo es inconcebible que algunas decenas de miles de psicoanalistas crean que es posible entender el mundo de la complejidad creciente en el que estamos enclavados recitando bíblicamente a San Freud y a San Lacan.
Nunca como hoy estuvo tan en crisis el psicoanálisis y al mismo tiempo nunca como hoy se lo debatió mas seriamente y se lo cuestionó desde distintas lecturas pero en tono mucho más de alternativas teóricas y conceptuales que meramente como resistencia o rechazo.
Así como hay un psicoanálisis de la historia hay una historia del psicoanálisis. La invención del psicoanálisis llevó su tiempo, pero su existencia social es un hecho difícil de historiar porque su accionar cotidiano se realiza en el discreto silencio que rodea esta práctica. Y así tiene que ser, porque el analista no impone sus temas sino que los descubre y los elabora: por eso cambian con el gusto de la época.
Nadie sabe si el psicoanálisis, no más ni menos que el darwinismo, el copernicanismo, el newtonianismo, el einstenianismo o el marxismo, seguirá siempre vivo. De lo que no hay duda es de que aun con sus limitaciones e insuficiencias es uno de los grandes memes de nuestra historia cultural e intelectual, y como tal le debemos respeto y admiración. Pero también crítica y cuestionamientos permanentes. Como el mismo Freud hubiese querido.
No sé quien firma esta nota, pero sinceramente me parece que un científico tan importante merecía otro homenaje a 150 años de su nacimiento. Y no se trata de caer en ningún tipo de fanatismo, simplemente de reconocer a quien marcó indiscutiblemente un antes y un después en la comprensión de la conducta humana. La nota es, cuanto menos, confusa. Desde el título me parece muy desafortunada.
Pienso que es muy triste recordar a Freud con este simple articulo.
Desde mi punto de vista merece otro homenaje .
Este articulo ofrece simplemente datos historicos y confusos.
Me parece un artículo muy interesante..si bien no estoy en contra del psicoanálisis, como estudiante de psicología creo que el psicoanálisis solo no basta, incluso tengo dudas sobre si me serviría al momento de ejercer, y opte por formarme en terapias cognitivas, cuando tengo tiempo lo hago, porque las carreras en Argentina son claramente freudianas, impulsar terapias mas acordes a los tiempos que corren me parece esencial, y que aquellos adeptos al psicoanálisis realicen una reflexión crítica sobre la teoría y su utilidad práctica, tambien, saludos!
Creo que no conviene tomar por letra sagrada lo que un gran investigador hizo en el campo de la psicologia, como fue el caso de Freud. El dió una patada inicial, tal vez una de las mas hondas en ese terreno. Lo que vino despues, incluso el antiedipo de Deleuze y Guattari, fueron otras patadas, y el mundo de la ciencia y de la investigación va de patada en patada, hasta que se descubra un cuadro coreográfico que acierte en el trasero de la problemática y de por tierra con el esclarecimiento de la busqueda. Raúl Beppo Andrioli titiripoeta, simple observador del devenir humano.-
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