El mítico cine Lorraine
Yo vivía en Olivos y para llegar al centro tenía que tomarme un tren y un colectivo. Olfateando algún secreto escondido en las películas de autor, algún compañero de la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Independencia, allá por el lejano 1967, me habría seguramente sugerido apersonarme a los ciclos de películas que periódicamente estrenaba el cine Lorraine en la calle Corrientes.
En ese templo, desde hacía casi una década, el distribuidor y exhibidor Alberto Kipnis había iniciado unas retrospectivas que terminarían siendo míticas. Ya en 1959, y con las trece películas de Bergman estrenadas en Buenos Aires hasta esa fecha, había obtenido un récord de público: 1780 localidades vendidas en un día, en una sala cuya capacidad era de sólo 300 butacas.
No me acuerdo de cuál de las 46 películas (a las que se suman 130 puestas teatrales) que Bergman filmó en su vida habré visto en alguna de esas retrospectivas. Probablemente hayan sido El silencio (fecha de estreno en Suecia: 1963) o Persona (1966). Y aunque en esas épocas leía comentarios filobergmanianos larguísimos que publicaba la revista Leoplán, quizás pergeñados por la pluma insigne de Homero Alsina Thevenet –quien con esos gestos precursores sudamericanos, en época tan temprana como 1952, organizó el Segundo Festival Cinematográfico de Punta del Este junto con Emir Rodríguez Monegal y Antonio Larreta–, y que no tardaron en reconocer las virtudes de una de las obras pioneras de Bergman como Juventud divino tesoro (1950), mi amor por Bergman no fue tanto.
Marcas indelebles más allá del gusto
Aunque no fue uno de mis cineastas favoritos, de la decena de películas suyas que vi algunas me quedaron especialmente grabadas: Gritos y susurros (1972), Escenas de la vida conyugal (1973), Cara a cara (1976), El huevo de la serpiente (1977) y una de las que más me alegró y sorprendió- Fanny y Alexander (1982), y sus actrices emblemáticas, a las que conocí en su plenitud (como Anita Björk, Harriet Andersson, Bibi Andersson, Ingrid Thulin y Liv Ullmann) me enamoraron para siempre, aunque las rubias no sean mis favoritas.
Mientras críticos locales como Alberto Tabbia y Edgardo Cozarinsky hacia 1958 ya reconocían la obra portentosa del gigante sueco, en Europa y EE.UU. aún andaban en babia y los propios suecos no se hacían demasiado cargo de quien a la postre sería una de sus marcas-país.
Sus temáticas-obsesiones fueron el silencio -que al ser tratado cinematográficamente por él hacía que todo el mundo gastara días y semanas hablando para dar cuenta del mismo- y la naturaleza del amor -que provocaba la misma incertidumbre, y que todavía hoy seguimos entendiendo tan poco como hace medio siglo–, que serían, junto al temor y la reverencia por Dios, los hilos conductores de una obra impar.
Un hombre versado en múltiples lenguajes
La partida de Bergman de este mundo (saludada con una terrible caricatura de
Rudy hoy en Página/12 –donde la señora muerte le da el jaque mate– fue anunciada, pero por suerte no cumplida, en su autobiografía Linterna mágica, 20 años atrás, cuando Ingmar Bergman amenazaba con un nuevo retiro, que por suerte cambió por la dirección de obras de teatro, la escritura de guiones y hasta películas preparadas para la TV.
A diferencia de muchos cineastas fue "teleasta avant la lettre": cuando nadie hablaba de video, ni de formas híbridas ni de telefilm, en los 60 Bergman ya filmaba para la TV. Fuente de incomunicación para tantos retóricos y letrados, Bergman consideraba a la TV una ventana mágica en la oscuridad
Como bien dice Luis Bruchstein en la Fábrica de las discusiones, en una época en la que el canon tenía que ver con lo literario, lo inteligente-reflexivo-inquisitivo o lo profundo, Bergman fue uno de sus exponentes más altos en el cine.
De un canon a otro
"El canon viró ahora hacia la lógica menos literaria y reflexiva y más vertiginosa de la imagen. A una persona condicionada por el lenguaje del cine hollywoodense, con una narración objetiva, de acción, las películas de Bergman pueden resultarle soporíferas. El nuevo canon asesinó al Bergman de los 60 y 70. Muchos de los que ahora van al cine no entienden cómo antes había gente que pudiera soportar semejante ladrillo. Filosofar sobre la muerte o el sentido de la vida resulta "melanco". Y ni hablar de perder el tiempo en el café". (Luis Bruchstein)
Evitando los peores castigos del gran artista, que son la decadencia y la humillación, recluido en su isla de Farö, rodeado de sus libros y películas (una cinemateca personal con más de 400 copias en 35 mm), en la madrugada de anteayer Bergman dejó finalmente de participar en este mundo.
Hace unos días, apenas, había cumplido 89 años: nacido el 14 de julio de 1918, en Upsala, ese "pequeño esqueleto con una nariz grande y roja" (como anotó con decepción la madre en su diario, pocos días después del parto) llegó a convertirse en un realizador esencial de la historia del cine, en una figura clave del teatro europeo de posguerra, en un visionario de la TV.
Berganorama The magic works of Ingmar Bergman
Una necrológica de Luciano Monteagudo: El hombre que vivió en sueños y filmó la realidad
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