El ser no habla en inglés
En una frase que todavía escuece a más de uno, Martin Heidegger, el más grande de los filósofos (según muchos el último del siglo XX), insistía en que el ser amaba hablar en alemán y que el único lenguaje que podía llevarnos a él, además del alemán, era el griego o viceversa.
Mitad provocación, mitad exasperación, tal sentencia dejaba fuera del ámbito filosófico a todos los otros autores de tradiciones tan variadas como la francesa o la italiana, la anglosajona y las de tantos otros idiomas "bárbaros". Y sobre todo si sumamos a las limitaciones del lenguaje la falta de espesor histórico de la filosofía norteamericana -nueva en más de un sentido-, sufriría por partida doble este ostracismo.
Quedarían así fuera del radar teórico autores como James Dewey y Georges Santayana, Charles Sander Peirce, Stanley Cavell, Robert Nozick, John Rawls, Wilfrid Sellars, W.V.O. Quine, Donald Davidson, y tantos otros que hacen al acervo de la filosofía anglosajona en particular.
Sin perjuicio de la valía de todos estos autores, si la filosofía norteamericana hubiese desaparecido del mapa a mí lo que personalmente más me hubiese dolido habría sido la ausencia de la obra de Richard Rorty, que murió el pasado viernes 8 de junio en Palo Alto, California.
Una obra que es en sí toda una filosofía
Nunca me adentré en la obra toda de Rorty, sino tan sólo en una sola obra publicada hace casi tres décadas y que lo singularizó para siempre. Se trató obviamente de Filosofia y el Espejo de la naturaleza (1979), publicada en castellano por la editorial Cátedra, de Madrid, 10 años más tarde.
A fines de los 80 venía yo más que fascinando por las posturas constructivistas, antirrepresentacionalistas, deconstructoras de la objetividad, y Rorty encajaba como anillo al dedo como vocero privilegiado de mis posturas.
La idea de que la mente humana es como un espejo que refleja la realidad inspiró al pensamiento filosófico desde los griegos. Descartes, Kant y los actuales filósofos analíticos ayudaron mucho a reducir la tarea del filósofo a limpiar y pulir el espejo de la mente o del lenguaje, para poder establecer así el marco de referencia de todo conocimiento.
En esa obra temprana de Rorty, muy afín a las de Thomas Kuhn y David Bloor, a la sociología dura de la ciencia y al relativismo epistemológicos, Rorty sostenía que los tres más grandes y más revolucionarios pensadores de nuestro siglo: Wittgenstein, Heidegger y Dewey habían sabido criticar- desde sus respectivos puntos de vista, epistemológico, histórico y social- la validez de la metáfora del espejo. El desarrollo de estas críticas revelaba que la filosofía analítica se hallaba en un callejón sin salida.
La verdad como un conjunto de creencias ponderadas
Continuando la obra de filósofos como Quine, Sellars, y Davidson. Rorty planteaba un atajo al diálogo infecundo entre el coeficiente de objetividad o subjetividad propio de la realidad, sustituyendo esa aporía por una versión comunitaria -a la Habermas- de la verdad, donde más que un reflejo de lo que existe está el beneficio de la duda que le damos a nuestras creencias.
Como bien dice Silvina Friera en su necrológica, contra la idea de que es la filosofía la que nos conducirá hacia una base racional que nos redima de la inmoralidad, Rorty encontró en la literatura las fuentes de la ética colectiva y de la moral individual. En Walt Whitman rastreó el origen del ideal democrático norteamericano y en la literatura de Henry James y Marcel Proust, las fuentes de la ética individual.
Rorty estaba convencido de que la filosofía, al igual que la novela, es un género que subordina su renovación y revivificación a la aparición ocasional de un genio. Únicamente nos topamos con tres o cuatro filósofos originales cada siglo. Autores como Wittgenstein o Heidegger no aparecen todos los días. La filosofía, en la actualidad, se encuentra a la espera de un nuevo genio que la renueve.
Un filósofo precoz
No sabía yo en ese entonces que Rorty había entrado precozmente a la Universidad de Chicago, a los 15 años, donde había hecho sus bachelor y master en Filosofía, para finalmente terminar su doctorado en la Universidad de Yale con una obra sobre El concepto de potencialidad.
No me alteraron tampoco demasiado sus preocupaciones personales por reconciliar el platonismo con sus creencias, aunque estaba al tanto de que The Linguistic Turn, su primer libro, publicado en 1967, era curiosamente un dechado de loas hacia la Filosofía analítica del lenguaje de la que se apartaría violentamente diez años más tarde -en un movimiento similar aunque mucho menos espectacular que el que hiciera Wittgenstein en su momento-.
Justamente mientras se traducía su principal libro al castellano aparecía en los EE.UU. uno de sus trabajos más interesantes: Contingency, Irony, and Solidarity (1989), donde abandonaría definitivamente el platonismo, postulando una verdad construida y afiliándose mientras tanto a las principales tesis no sólo de Nietzsche sino también de Proust y de Henry James.
Se trataba de un nuevo filón teórico en el cual Rorty trabajaría durante el resto de los veinte años de su vida, buscando articular una visión política consonante con su filosofía, oponiendo la comunidad a la crueldad, y abandonando cualquier defensa de las teorías abstractas de la justicia o de la humanidad en común basadas en una separación tajante de lo público y lo privado.
Un hombre que jugaba en los márgenes
Consecuentemente abandonó los departamentos convencionales de Filosofía y se expatrió primero a una sección de Humanidades de la Universidad de Virginia, en 1982, antes de incorporarse al departamento de Literatura Comparada de la Universidad de Stanford, en 1998.
Durante los años 90 Rorty fue prestándole cada vez más atención a
la obra de Martin Heidegger, Michel Foucault y Jacques Derrida, publicando obras como Essays on Heidegger and Others: Philosophical Papers (1991) y Truth and Progress: Philosophical Papers (1998), tratando de establecer un complemento entre las distintas tradiciones que desde hace siglos se confrontan en la filosofía.
Si algo le sobraba a Rorty era conciencia de su rol en la historia de los grandes personajes y problemas de la filosofía, menor pero no por ello prescindible y perfectamente caracterizable: llegó a mover unas cuantas piezas en el "tablero de ajedrez" de la filosofía, con elegancia y contundencia.
Ahora que quizás el tiempo de los grandes pensadores haya sido sustituido por la red, revolotear por obras como las de Rorty no sólo nos acerca a un tiempo que probablemente ya no vuelva, sino que nos permite al mismo tiempo indicar a algunos personajes transicionales que han abierto un camino entre las obras arquitectónicas de ayer y las ideas-clip y la filosofía en imágenes de hoy.
Referencias
Me parece muy interesante lo presentado,pero
quisiera saber como puedo acceder para recibir o poder ver en forma gratuita la tercera parte de su obra "La filosofía y el espejo de la naturaleza".
Gracias
reconocer la valìa de otros autores es casi simpre fructifero para crecer intelectualmente, rorty es un grande. quisiera bajar por este medio su ensayo "solidaridad u objetividad"
hola richar esun gusto conocer tu vida.
yo soy uruguaya y en uruguay se habla mucho tu yo.
besos fue un gusto conocer tu vida
EL GENIO RASTREA LA MENTE CON EL PENSAMIENTO,OBSERVANDO CON LA IMAGINACIÓN EL RESULTADO DE SU EXPLORACIÓN.
ING GUSTAVO ANDRADE
TERRACOTA E
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