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Año Nuevo: así pasan los años...

Todas las culturas antiguas y modernas han establecidos rituales que celebran de diversos modos los ciclos naturales. Las civilizaciones han desarrollado sofisticados aparatos para medirlo y representarlo –desde la clepsidra al cronómetro–; los filósofos han intentado definir su esencia; los historiadores narran sus avatares; las religiones celebran sus ritos sagrados. La tenue sustancia del tiempo conserva, sin embargo, su carácter poderoso y enigmático.

Por María Elena Ques

¿Qué celebramos?
El año, explica el historiador francés Jacques Le Goff, no es solo una unidad para la planificación productiva, un modo de computar la duración de la vida y de fechar los acontecimientos históricos. También está asociado al ciclo de las estaciones, tradicionalmente representado como una secuencia de muerte y renacimiento, que le confiere –para las diferentes culturas– una trascendencia religiosa, política y económica.

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De izquierda a derecha: Calendario azteca y Calendario celta.

En muchas culturas, la celebración del Año Nuevo incluye la quema de un muñeco caracterizado como un viejo, para simbolizar la renovación de la vida. En la tradición contemporánea, los brindis, las reuniones, los fuegos de artificio y la preparación de menúes típicos son modos de convocar la buena fortuna para el ciclo que comienza.

Las sociedades y las instituciones han buscado siempre –por motivos de organización civil y de criterios religiosos– establecer formas de medición del tiempo, vinculadas a la celebración de los ciclos solares y lunares.

A lo largo de la Edad Media, convivían en Europa diversas tradiciones que situaban el comienzo del año en fechas cargadas de sentido: el 25 de marzo (en el sur de Francia), el 25 de diciembre (en España), el 1 de marzo (en Venecia, Italia). En todos los casos, convivían tradiciones paganas y cristianas. La tradición de celebrar como comienzo del año el 1 de enero proviene del calendario juliano, impuesto por los romanos en los territorios conquistados, e identificada en la tradición eclesiástica con la fecha de la circuncisión de Cristo. Pero recién a partir de 1582, la reforma del papa Gregorio iría imponiéndose en las naciones europeas, no sin algunas resistencias.

En varios países del norte de Europa, el calendario gregoriano se adoptaría recién en el siglo XVIII. Se atribuye a Kepler el haber comentado esta resistencia diciendo que “Los protestantes prefieren estar en desacuerdo con el Sol, que de acuerdo con el papa”.

Como es sabido, los revolucionarios franceses, conscientes de la importancia política del tema, impusieron un nuevo calendario, con nuevas denominaciones para los meses. Este intento de romper con el pasado y de fundar una nueva tradición ligaba las celebraciones al ciclo productivo y a los fastos de la República. Sin embargo, el calendario de la Revolución sufrió cambios sucesivos y terminó chocando contra el poder de las tradiciones populares, que marcan el ritmo de la vida cotidiana, hasta ser finalmente fue abolido por Napoleón en 1806.

¿Desde cuándo contamos?
El calendario gregoriano –que hábilmente ensambla tradiciones religiosas y criterios científicos– fijó como el año “1” (de nuestra era) la fecha del nacimiento de Cristo, estableciendo un cómputo progresivo y regresivo para los eventos anteriores a ese año.

Sin embargo, esta usanza coexiste con otras. La tradición judía mantiene como año “1” el que se atribuye a la creación de Adán y Eva y, de ese modo, cursan actualmente el año 5772. La diáspora ha difundido esa tradición en todo el mundo. Entre otras fiestas de la colectividad judía argentina, y desde hace algunos años, el Año Nuevo Judío dio lugar a una colorida celebración popular en el barrio de Palermo (Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Allí se fusionan tradiciones con espectáculos (como los bailarines de tango en ídisch) se degustan platos tradicionales y se escucha música en vivo de diferentes estilos.

La variedad de celebraciones del Año Nuevo es una de las facetas del mosaico inmigratorio que conforma nuestra cultura. Una de las colectividades que se afincó más recientemente en el país, la china, puebla año a año con sus coloridos rituales el barrio porteño de Belgrano. Por las calles, abarrotadas de puestos con comidas típicas y venta de objetos tradicionales, desfila el dragón, y la colectividad china organiza diversas actividades para la promoción de su cultura. La llegada del año 4709 (Año del Conejo) convocó a miles de personas, dentro y fuera de la comunidad de origen.

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Año Nuevo chino en Buenos Aires.

Asimismo, otras tradiciones milenarias conviven en nuestro territorio: los mapuches del sur de Chile y Argentina celebran We Tripantu el 23 y el 24 de julio. La fecha coincide con el solsticio de invierno, y se celebra el regreso del Sol y un tiempo de purificación que se simboliza sumergiéndose en los ríos.

La comunidad guaraní, por su parte, celebra la fiesta de Año Nuevo el 21 de septiembre, asociada al renacimiento de la naturaleza.

A caballo entre la arbitrariedad y la ciencia, la religión y el poder civil, la tradición y la novedad, lo público y lo privado, las celebraciones de Año Nuevo se fueron alejando –en las sociedades modernas– de sus orígenes ancestrales.

Sin embargo, a través de la diversidad de formas que asumen los ritos celebratorios, la necesidad de reunirse y de celebrar junto a los afectos el inicio de un nuevo tiempo se sigue revelando igualmente poderosa, capaz de reavivar sueños e ilusiones e impulsarnos a fijar propósitos y descartar rémoras del pasado. Por eso, desde aquí, ¡les deseamos un excelente 2012 para todos!

Para seguir leyendo:
-Ariès, Phillipe y Duby, Georges, Historia de la vida privada, Madrid, Taurus, 1989.

-Eliade, Mircea, El mito del eterno retorno. (Versión digital).

-Le Goff, Jacques. El orden de la memoria. Buenos Aires, Paidós, 1991.

-Ricoeur, Paul. La memoria, la historia, el olvido. Fondo de Cultura Económica, 2004.