En los últimos años las series televisivas han crecido en calidad de imagen, profundidad de sus argumentos, innovación estética. Han transformado sus estructuras, ritmos y la relación con los autores. ¿Se pueden capitalizar como recursos educativos para chicos, jóvenes y docentes? El concepto “televisión pedagógica” parece indicar que sí.
La estilística videográfica
En la última década los canales de cable vienen exhibiendo decenas de series norteamericanas, muchas de las cuales (básicamente las que se pasan por HBO, Fox, Warner Channel y Universal) han mostrado auténticas gemas del género, han desplegado un estilo videográfico ("La estilística videográfica de 24. La idiosincrasia de una serie sin par"), pero sobre todo han ido tan lejos como para permitirle a la principal teorizadora de estos temas en castellano, Concepción Cascajosa Virino, sostener con sumo tino que "mucha de la buena televisión es tanto o más buena que mucho del mejor cine”.
Efectivamente fue esta especialista la que en un libro inesperado y sumamente necesario como Prime Time Las mejores series de TV americanas de CSI a Los Soprano (ver nuestro primer encuentro con esa joyita en "En las penumbras de un Airbus 320-600 o el extraño gabinete del Doctor Raffo"), ató de cabo a rabo un universo amorfo, ya que si bien para muchos de los espectadores que las visitábamos salteado estas series tenían algo en común (ese aire de familia tan bien bautizado por Wittgenstein) carecíamos del concepto justo que pudiera englobarlas.
Prime Time
En un volumen sin pretensiones académicas, sin aparato crítico pero que demuestra amor por la televisión y una sana alegría por verse pagada por lo que más le gusta hacer, Cascajosa Virino nos dejó muchas enseñanzas que estamos recuperando ahora, cuando de espectadores deslumbrados nos convertimos en críticos reapropiadores del valor no solo estético y narrativo de estas series, sino sobre todo de un subproducto que jamás les habíamos detectado previamente, como son sus usos pedagógicos.
Esas series modélicas barren en un arco enorme de tiempo, esfuerzo, producción, sensibilización, pero sobre todo de producción, una nueva audiencia que hoy quiere y pide cada vez más. En un lugar destacado están series como Friends, Band of Brothers, Buffy cazavampiros, Six Feet Under, 24, Lost, Frasier, Los Soprano, Sex and the City, Dr House, Desperate Housewives, Smallville, The West Wing, Ally McBeal, CSI, La femme Nikita y muchas otras.
Lo que todas estas series comparten es una capacidad creciente para desarrollar personajes y tramas, aumentar la riqueza visual, la sofisticación, los planteamientos arriesgados y los contenidos cada vez más provocativos. En un plano paralelo al contenido, son esas series -en un pie de igualdad con las mejores novelas y ensayos– las que revelan los principales problemas de la actualidad y critican de una forma mordaz y acerba el mundo “piojoso” en el que nos tocó vivir.
Muchas de estas series me atraparon durante horas o semanas. Vi todas las temporadas de 24 y espero hacer lo propio con Los Sopranos, The West Wing y muchas más. Últimamente la que más me marca el día a día es Dr.House, cuya cuarta temporada ya está avanzada –atrapada ahora en un agujero negro por la huelga de guionistas de Hollywood– y que ya ha generado más de 80 episodios de los que seguramente habré visto hasta ahora sólo un cuarto.
Fue precisamente al ver dos de los últimos de la cuarta temporada Alone (71, 4:01) y Mirror Mirror (75, 4:05) y uno de la anterior One Day One Room (58, 3:12), que me pareció que la serie ameritaba algo más que simplemente verla y regocijarse con ella, y es por eso que tomé la vihuela y así me puse a rapsodiar.
La escala es la escala
En los EE.UU. cerca de 20 millones de personas ven Dr. House. En España, cerca de 4 millones. Entre nosotros dudo de que sean más que unas pocas decenas de miles, como indican los números de IBOPE.
Espectáculo visual, virtuosismo narrativo y algo más
A diferencia de muchas de las otras series que nos han conmovido últimamente, Dr. House tiene un rasgo inequívoco: su estructura narrativa es repetitiva, relativamente simple y por ello mismo inmensamente transgresora.
Como bien dice Juan Carlos Ibáñez en "Queremos tanto a House. Ficción televisiva de calidad y la legitimación del medio en España" (incluido en la compilación de Concepción Cascajosa Virino La caja lista: televisión norteamericana de calidad, Laertes 2007), House apuesta mucho más al espectáculo visual y al virtuosismo narrativo que a lo dramático, a la presencia de las emociones y los sentimientos y a las historias bien contadas.
La desdramatización aparece de modo omnímodo. Un paciente tiene un ataque de algo que lo pone al borde de la muerte. House y su equipo enfrentan el desafío. Todos los diagnósticos preliminares y los tests siempre dan mal, pero asintóticamente llevan a que una súbita iluminación de House resuelva el intrincado desafío. Con un método abductivo que nos hace acordar a Eco, a Peirce, a Sherlock Holmes -y a los mejores exponentes del paradigma indiciario- finalmente se restaura el orden.
Lo que dicho y hecho una o dos veces sería simpático, en su repetición inviolable, a lo largo de 85 episodios, pone en tal grado de cuestionamiento lo verosímil, el tono de autoparodia, las menciones irreverentes a otras series del mismo tipo –pero en realidad ortogonales– como son ER o Grey's Anatomy, que convierten a la serie en una entidad única.
A su vez, House disuelve el género. House comparte obviamente con las series médicas algunas líneas en común, pero también lo hace con las de abogados, y -sin empacho- mete muchas veces también el pie en el género fantástico, así como bordea los géneros de la catástrofe y el terror.
Nada pasa casualmente en House y la disolución de los géneros y la reiteración de un esquema visual repetido hasta el paroxismo nos van forzando a reconocer la identidad propia de la serie que se caracteriza por ser un "género híbrido convertido en un instrumento cognitivo de exploración" (tal como teoriza Robert Stam en Teorías del cine. Una introducción).
Un género híbrido convertido en un instrumento cognitivo de exploración
En House las historias son siempre vacías, nada se construye, nada se desnuda, siempre estamos en el comienzo de algo que no continuará. Y si alguna serie retro se emparienta con esta, se trata nada más ni nada menos que de El fugitivo, equiparadas ambas con ese juego del eterno retorno que tan solo remite al complejo y arriesgado virtuosismo de la variación.
La sorpresa no es tanta. ¿Por qué sorprende House jugando precisamente a no sorprender? Sino ¿qué hace la serie con nuestra capacidad crítica, con nuestro entrenamiento cognitivo y fundamentalmente con nuestra alfabetización mediática?
House como casi ninguna otra serie de las decenas que representan esta segunda era dorada de la televisión -a excepción quizás de The Shield y/o Numbers por razones complementarias que sólo se juntan en House- es un producto radical que juega con los límites de la ficción para explorar la faceta didáctica del entretenimiento televisivo.
Si decimos sorpresa es porque hace rato que suponíamos que televisión y pedagogía eran incompatibles o fallidas. Mientras que Hartley (en Usos de la Televisión ) e Israel Punzano (en No quiero que House sea feliz) aclaran los tantos. House es una serie filosófica acerca de la condición humana. Retornando a las tesis neobarrocas de Omar Calabrese, que nos fascinaron una década atrás, en House queda más que claro que el gusto por el exceso excita el orden del sistema y lo desestabiliza. O como lo dice contundentemente Ibáñez "House juega a suspender su carácter de show para lanzar destellos de pura pedagogía".
Un ser infeliz que lo será por mucho tiempo aún
Si House nos engancha es porque su humor ácido e irónico no conoce límites ni la cercanía de/con la muerte lo reblandece. Y la marca de su padre, el guionista David Shore, es aquí determinante: "No quiero que House sea feliz. Mientras la serie se mantenga con el mismo éxito, tendré libertad para hacer lo que quiera. Por lo tanto, Gregory House seguirá siendo un amargado", tal como dijo en su visita en el 2006 a Cosmópolis, la bienal literaria en Barcelona.
Pero no menos distintiva de la serie es la forma como el Dr. House está construido, como experto conocedor de los misterios de la vida, pudiendo de este modo contextualizar el origen de las enfermedades, lo que convierte a cada episodio en una auténtica muestra didáctica de la construcción social de las enfermedades.
La crisis de la intimidad, la disolución del mundo moderno, la fluidificación de las relaciones son todas condensadas y expuestas en su contradictoriedad y dificultad en cada capítulo de House.
En esta serie el amor romántico no tiene espacio alguno. Aquí no hay lugar para la vida en pareja o la fantasía de una intimidad bien lograda como refugio frente al derrumbe del mundo como un todo. Si bien el estereotipo de los médicos, policías-detectives, abogados-jueces tiende a ser de solitarios y atormentados, en House este estado de insatisfacción contagia a todos los personajes, por más secundarios que sean. Para House un principio de inferencia crucial es que no existen adolescentes sinceros ni matrimonios fieles. No sé si muchos se animarán a desautorizarlo.
Una serie de misterio, lo del doctor es lo de menos
David Shore el guionista de la serie, sabía qué es lo que quería obtener cuando definió al proyecto como una serie de misterio que reflexionaría sobre las relaciones humanas tal como hacen la literatura o el ensayo sociológico o filosófico. Que el disparador fuera un médico fue decisión de la cadena Fox. En esto coincide con el gran George Steiner, que hace poco sostuvo que "la TV es el reino de las grandes historias que, en otras épocas, hubieran surgido en la literatura de su país". Desde títulos canónicamente filosóficos de los episodios como "La navaja de Occam", o "El método socrático", pasando por la personalidad de Gregory House y los modos de representación de la enfermedad, todo lleva a que esta serie televisiva sea una de las mejores encarnaciones de lo difícil que es "mostrarse" (es decir “ser para los demás”) en el mundo actual.
Si los casos son extremadamente difíciles de resolver y siempre necesitan del ucase final de la enorme y única capacidad abductiva de House para resolverlos, ello no es sino el reflejo obstinado e irreductible de la opacidad, la falta de transparencia con que se manifiestan los afectos y los sentimientos en el mundo actual.
Los espectadores quieren/queremos a House por la misma razón por la que ninguna madre respetable querría que se acercara a su hija, y por la que ningún jefe lo recomendaría para un curso de liderazgo y ningún político lo ensalzaría –porque los secretos de la profesión se guardan en casa– queda testimoniado en weblogs oficiales del programa , y es enorme cantidad de espacios en donde se idolatra a House y se toma a la serie como una representación más que fiel de los ambientes de trabajo actuales.
Inestabilidades emocionales a ultranza…igual que en el mundo real
Claro que el Hospital Princenton-Plainsboro de New Jersey -en realidad la serie está filmada en Century City en Los Ángeles, y en Vancouver, British Columbia- no es un lugar cualquiera, sino un hospital de elite, donde los internos tienen un nivel altísimo y compiten entre sí (en la cuarta temporada se trata de 40 postulantes que son nominados y descartados inclementemente en cada programa) para deslumbrarlo a House -y de paso a nosotros- con sus observaciones agudas, con sus inferencias brillantes y con su capacidad de desautorizarse entre ellos en una escalada infernal, vibrante y que añade mucha adrenalina a la serie.
Si hay una (o dos) constantes en House, estas pueden hallarse en la permanente referencia a las inestabilidades emocionales que provocan las tensiones de la vida contemporánea, pero no solo en el plano subjetivo de la intimidad, sino también en el contexto, objetivo, social en el que se organiza el trabajo.
Aquí la que se ve vapuleada es la imagen del experto. La realidad hipercompleja destruye la validez de los procedimientos y los protocolos. House es una de las críticas más virulentas y efectivas de la sociedad posmoderna que jamás hayamos visto, solo que afortunada e inesperadamente es una crítica en imágenes. La filosofía ha devenido pática, como quería Julio Cabrera.
Pero no por ello los guionistas de House descuidan sus fuentes literarias y como bien señala Ibáñez un conjunto de guiños dados por William Burroughs, Richard Dawkins y Jean Baudrillard a los memes, los virus y las bacterias que testimonian la invasión creciente de una supuesta naturaleza humana incontaminada previa, que hoy debe sobrevivir no a pesar sino gracias a su maridaje permanente con mutantes, exovida y sobre todo con una manipulación generada por nosotros mismos autores de la mayoría de los males que nos afectan, operan detrás de cámaras.
House propone una reflexión crítica en términos de ecobiología social. Cansados de echarle la culpa a los otros, al entorno, a la naturaleza, a lo incognoscible, House –mejor que la mayoría de las otras series– ha decidido que el enemigo hace rato que duerme con nosotros y que no hay tutía.
Para cerrar estas breves musitaciones con alguna pincelada sobre la recepción y la creación (y cortocircuito) a las audiencias, obviamente es un fenómeno totalmente distinto ver (sentir/compartir/festejar o distanciarse) de House en los EE.UU., en España o en la Argentina. Pero lo que compartimos los espectadores de estas latitudes tan disímiles es una serie mucho más valiosa no por estar bien hecha sino por lo que nos dice.
El inesperado retorno de la pedagogía televisiva
House nos prosterna con su adrenalina audiovisual y su potenciación de nuestra competencia lectora, y eso por sí solo es muchísimo. Y como si eso fuera poco -como dicen los vendedores ambulantes del subte- House también nos vende un rechazo visceral al capitalismo de ficción, como lo bautizó Vicente Verdú (desde adentro del propio sistema), una lectura filosófica finísima (sintonizada con autores antes citados, desde Giddens a Baudrillard) de una sociedad que se cae a pedazos y que no tiene quién la remiende.
Porque House no es el redentor, no es un neo de quirófano, pero el hombre tiene algo, además del interminable dolor de la cojera suavizado a lampazos de Vicodin. Como decían los alumnos de Bateson, House sabe algo que no quiere decir, salvo como saber tácito que solo encarna en sus manos taumaturgas. ¿De dónde le viene a House su tan buen hacer/decir? ¿De la mera aplicación del método científico? ¿De su experiencia visionaria con las drogas? ¿De un saber tácito ancestral? ¿De todo lo anterior y de mucho más, especialmente de los saberes indiciarios que comparte con Sherlock Holmes, con Sigmund Freud y con otros cazadores de síntomas?
No lo sabemos, pero sí sabemos algo. House (y la mayoría de sus discípulos) no se dobla ni se rompe. Es solo -y siempre- fiel a sí mismo. Y aun en los momentos de mayor desasosiego, de trampas que le tienden y que se tiende él mismo, de tentaciones de todo tipo, el hombre se mantiene en sus trece, mantiene en alto su autoestima y sigue adelante. Porque para él (para nosotros que lo queremos tanto) lo único que merece la pena es esforzarnos/se por ser mejores personas.
Queda claro en House que algo (que mucho) no funciona bien. Que lo que nos da sentido no es el trabajo por mejor hecho de que esté. Pero curiosa, inesperada y sorprendentemente House nos trasmite confianza y seguridad para seguir viviendo y haciendo en este mundo de la incertidumbre a mandobles.
House dándole en este sentido más que la razón a Steven Johnson de Everything Bad is Good for you legitima el concepto de cultura televisiva, echando por tierra los mil y un manuales y tratados que la desprecian como escoria y contraponen la incultura de la pantalla a la cultura del papel. Si solo fuera por eso debería estar en el panteón de nuestros héroes intelectuales. Pero como lo hace con imágenes, con un efecto pático imperecedero, los 80 capítulos de House son un Balzac del siglo XXI que han llegado justo a tiempo en el post-2001 para mostrar que no todo está perdido, y que ver/hacer TV nos vuelve más inteligentes, agudos, profundos y sobre todo cuidadosos y respetuosos de la avasallada naturaleza humana.
Referencias
Índice de todos los episodios de Dr. House
Todos los guiones de las cuatro temporadas
Multivariada biografia de Hugh Laurie
Un sitio no oficial de Laurie.
"No quiero que House sea feliz" Entrevista a David Shore
Una cantidad impresionante de fuentes y recursos
La gran (tele)novela americana
Hola: me pareció muy bueno el artículo y les comento que la serie Dr House es una hora (o más) de encuento y reflexión, ya que nos reunimos con mi hijo adolescente a ver cada uno de los capítulos y siempre terminamos con debates sobre distintos aspectos de lo sucedido,la verdad me sirve de disparador para tocar muchos temas con él que de otra manera no encontraba oportunidad. Saludos .Sandra
Muy bueno el artículo y la serie. Después de tanta mala prensa que ha tenido por años la TV está bien reconocer que hay productos de calidad que dan lugar al mero entretenimiento sin que esto signifique superficialidad.
Realmemente lo que disfruto es ésa soltura que tiene House para el sarcasmo.
En buena hora se hacen reconocimientos a series de TV que destacanse por motivos diversos.
Soy adicto a las de Warner Bros, pero tambien a algunas otras como Prime Suspect.
No se cual es el gancho que poseen, pero hay una trama bien elaborada, y en muchos casos los personajes de las mismas cobran vida y una importancia esencial. Puedo mencionar el caso de ER, The West Wing, Third Watch, Six Feet Under u otras.
Las dos primeras son notables. La primera por la multiplicidad de historias que convergen en cada capítulo. La segunda por la exquisita personificación que logran en cada personaje. En ambos casos los diálogos tienen pasajes memorables. Y son de esas series que uno perfectamente pretende revivir.
El plus de ellas es la cantidad de temporadas a las que lograron sobrevivir. Y como uno aprende. En el caso de ER, mas allá de lo médico, la cosa es el grado de humanismo que le ponen. West Wing, logra interesarnos por la geopolítica y la historia. Que bueno es rescatar estos hechos. Y darlos a conocer.
Alejandro:
Excelente post! Y más allá de la encuesta de Ibope: ¿Cuántos docentes argentinos miran este tipo de series y menos m... farandulezca local?
En la escuela donde yo trabajo, cerca del 10%!
Aprovecho para recomedar Numb3rs y Heroes. Im-per-di-bles!
Saludos.
PD: House dixit:“Resulta que tus opiniones no dan buenos resultados. Te aconsejo que uses las mías”. ;-)
Sr. Alejandro Piscitelli: brillante el articulo!
me encanta la serie, muy bueno el artículo, me veo reflejada en los comentarios. Es el único programa de televisión en el que nos ponemos de acuerdo todos los integrantes de la familia.
soy docente y me encanta este tipo de serie,pense que era raro que me gustara y me permitiera reflexionar sobre cuestiones cotidianas.
me alegro no ser la unica.
Me encantó el artículo y l verdad es que vi absolutamente todos los capítulos de Doctor House, y los comprè en DVD para poder verlos en la noche tranquila sin que nadie me pueda interrumpir.
Con repecto a lo pedagógico que pueda llegar a tener el contenido de cada serie es complejo, se puede rescatar algo positivo siempre y cuando uno pueda encontrarle un sentido y un fin.
Terrible el artículo. Si, terrible porque es absolutamente profundo y riquísimo en cuanto al análisis de medios. Gracias a las series que ofrece la televisión por cable decidí hacer talleres sobre cine y en ello estoy embarcada. Ingresé a esta página buscando algún indicador de cómo usar Dr. House en el aula, ya que como profesora de Biología, lo encuentro muy "usable". Me enganché con House básicamente por los diálogos, quedo anonadada con cada uno de los capítulos donde se producen discusiones acaloradas sobre algún tópico en particular, más allá de lo netamente médico. Recuerdo, por ejemplo, los diálogos que House entabla con una adolescente que además es católica fervorosa, no sé el nombre del capítulo pero ... la profundidad de la discusión es impactante.
Casualmente aquí también se menciona a 24, la otra serie que completa mi combo adicto-televisivo. De 24 me atrae la ventana abierta al interior de los gobiernos de turno y la paranoia constante que gira en torno a las traiciones en las altas esferas. Aprendí a ver a las Aventuras de Jack Bauer como un juego en el que hay que entrar para disfrutar la serie. Un juego absolutamente fantástico con elementos de realidad muy bien dispuestos.
Gracias por el artículo. Me dio mucho placer leerlo!
Estudio pedagogía en la UPN plantel ajusco, y la tarea era hacer un ensayo sobre este artículo, y la verdad es sorprendente como una serie de televisión puede habarcar a detalle la realidad acerca de las relaciones humanas y la tencion que existen entre ellas, de una manera cruda y ácida.
Me encanto el artículo
Muy bueno el artículo, realmente ofrece una perspectiva distinta a la que normalmente estamos acostumbrados de la tv basura. Esta bueno saber que podemos contar con programas que van un paso más allá, y aportan algo útil para la educación.
Fijate este articulo
excelentes opiniones, y más aún...excelente artículo,concuerdo con todos los comentarios antes publicados.
Ésta serie va más allá de sucesos e historias emocionantes y/o románticas...
saludos
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