La suculenta, orgiástica, omnipresente y rizomática Internet no nació de, ni en un vacío. Fue creada exactamente hace 35 años el 29 de octubre de 1969 cuando se conectaron en los Estados Unidos dos computadoras distantes 500 kilómetros. Pero para que viera la luz, antes había habido invenciones como el telégrafo, el correo postal y el teléfono en cuya ausencia jamas hubiese habido red. Y también existían mas de 200 años de reinvenciones y reapropiaciones de las tecnologías de la comunicación por parte de usuarios, ávidos, inteligentes y fundamentalmente inquietos.
Dos meses antes, el 29 de agosto, el mismo ejercicio se había realizado entre dos equipos que estaban a sólo cuatro metros y medio uno de otro.
En ese momento no hubo aplausos ni discursos presidenciales, por varias razones. Primero, porque la red que conectaba esos equipos pertenecía al Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Segundo, porque la operación falló: por lo limitado de la tecnología de la época, se transmitía de a un caracter por vez. Los investigadores tenían que enviar la palabra login, y al llegar a la g, el sistema se colgó. No fue precisamente un éxito, pero marcó el nacimiento de Arpanet, un sistema para interconectar las computadoras de los centros de investigación de los Estados Unidos, y demostró que las ideas que tenía ese grupo de científicos eran perfectamente realizables.
La tercera razón por la que la transmisión trunca no fue recibida con vítores y fuegos artificiales fue porque nadie podía siquiera imaginar que esa pequeña red que a fines de 1969 tendría apenas cuatro computadoras daría pie a uno de los fenómenos tecnológicos más importantes de la historia: Internet.
Hoy la red es el oxígeno que respira y hace posible, casi literalmente, la vida de las ideas para más de un 15% de la población mundial. Pero si la red nos desbordó a todos e hizo añicos las pocas hipótesis aventureras que pudieron imaginar su futuro, también evolucionó por caminos tortuosos y hoy se encuentra en un momento de bifurcación.
Aprovechando el pretexto que nos brinda este aniversario, analizaremos aquí en cierto detalle, los futuros posibles de las ideas, que incluyen su potencial sometimiento a tiranías político-tecnológicas, así como algunos caminos para que el futuro de la red siga un camino similar a los de la libertad que caracterizaron gran parte de sus primeros 35 años de vida.
1. La cultura de la mentira (1)
Al ser parte (generadora) de una cultura de la mentira, el copyright no nos afecta a los argentinos o latinoamericanos como sí sucede en otros lados. Cuando el uso ilegal del software es tanto la norma como la excepción la problemática del copyright nos parece terriblemente lejana, e intrascendente.
Pero eso es especialmente así cuando predomina la economía informal. Porque cualquier país que se crea medianamente serio encuentra en las leyes del copyright (que son las de las ideas) el abc de su lógica de supervivencia (2).
Lo curioso del asunto es que lo mismo que nos salva, recetado en dosis letales nos mata. Y así está pasando con el copyright que de protección debida de las ideas se ha convertido en una mordaza y un cepo dando lugar a monopolios cada vez más predatorios como Microsoft, permitiendo imaginar un futuro ominoso como en las peores distopias de ciencia-ficción de clase B.
Para quienes duden de que el copyright (la privatización desmedida) de las ideas es la verdadera encarnación del Gran Hermano de Orwell, remitimos a la penúltima obra de Lawrence Lessig The future of ideas. The fate of the commons in a connected world (Random House, 2001).
Porque la tesis de Lessig es tan concisa como contundente. En un mundo conectado lo bueno es cada vez más bueno, pero lo malo es cada vez más malo. Y lo más malo que está pasando en Internet es que precisamente su valor más troncal, a saber la gratuidad de circulación de contenidos se está trastrocando gracias a la varita mágica (envenada) de las leyes del copyright en un reino del control y finalmente de muerte (de todas las ideas no monopólicas).
La fuerza de las ideas
La fuerza de una tesis no esta tan sólo en su formulación, descarnada y contundente, como en este caso, sino sobretodo en la argumentación y en la exploración de sus bordes y contornos, y sobre todo, mas allá de las desesperanzas que este recorrido puede suponer, en las estrategias y los innuendos que se pueden llegar a imaginar para que esa silueta no se convierta en destino.
Es por ello que conviene explorar en cierto detalle los peligros que nos amenazan, la forma de exorcizarlos y la posibilidad de generar alternativas -como es el caso de la brillante propuesta de Lessig en Creative Commons.
La película 12 Monos fue suspendida un mes después de estrenada porque un artista insistía en que una silla que se mostraba en una sola de sus escenas se parecía a una que él había diseñado alguna vez. La película Batman Forever fue amenazada porque el Batimovil circulaba por un corredor que tenía copyright, en 1998 un juez paró el lanzamiento de la película El Abogado del Diablo porque un escultor insistía en que su arte se usaba en el fondo.
Lo que se deriva de todo esto -empezando por el cine pero yendo después a cualquier otro terreno- es que los abogados deberán controlar a los directores y que el control creativo finalmente se convertirá en un asunto legal. Contrariamente al supuesto de que debemos despolitizar y deslegalizar la creatividad y la expresión de las ideas, el uso cada vez más abusivo de las leyes del copyright está tendiendo a cristalizarlo todo y a poner cada vez más obstáculos a la potencia expresiva y creativa para enormes cantidades de personas.
El punto de partida de Lessig -por más que estos ejemplos son tan evidentes- es la pregunta que cualquiera que se mueve en el mundo de las ideas y de la creación no debería pasar nunca por alto a saber: ¿Por qué deberíamos poner esta presión sobre los procesos creativos con reglas y leyes que aparentemente no tienen nada que ver con la capacidad expresiva y de imaginar otros mundos?
Las leyes de copyright (mucho más que la mayoría de las leyes en general) están llenas de absurdos y de provocaciones abismales en contra del sentido común.
De lo que no cabe duda es de que el espíritu del tiempo no está dado por las ideas que se quiere confrontar y por las cuales se lucha a diario (la mayoría de las importantes que están bajo eterna discusión en nuestro país) sino por las ideas que se dan por sentadas.
Una época es aquella que no necesita defensa alguna porque todo el mundo comparte sus valores y consecuencias. Si el poder es eficaz es porque está alimentado por este tipo de ideas que nadie pone en cuestionamiento. Lo que se da por sentado es la marca de la normalidad (aunque en nuestro país tal no exista), lo que todo el mundo, sabe, comparte y acepta es lo que nos diferencia del resto de los que piensan distinto (una minoría en los países normales, los artistas entre ellos).
Pero así como muchas veces estas ideas se imponen, ellas son la causa del estancamiento de una sociedad, cuando el costo de cuestionarlas se vuelve muy alto.
En esta época de consensos mal habidos la tarea de los activistas políticos es encontrar nuevos modos para que la gente cuestione su credibilidad, el desafío es sembrar dudas, si la realidad (como es el caso argentino) no lo hace por nosotros.
Si estas tendencias son ancestrales, su actualidad se evidencia hoy más que nunca de frente a la revolución tecnológica que en la década del 90 cambió al mundo y que tuvo y tiene en Internet -que en estos días cumple 35 años- y en las tecnologías de la información a su epicentro.
Curiosamente uno de los puntos centrales de esa prosperidad está dada por sus nuevos usos. Paradójicamente (o no tanto) el reino de esta nueva libertad inaugurado por Internet, está siendo amenazado por los defensores de las leyes más anacrónicas de copyright que se pueda imaginar.
2. El punto ciego de nuestra cultura
No se trata de endiosar a Internet, ni de imaginar que la liberación del mundo virtual podrá salvar al real. Lo que importa señalar -como tan bien lo hace Lessig- es que hay un punto ciego en nuestra cultura. Porque mucho se ha incomprendido a Internet en esta década de usuarios masivos de la web.
Pero esta incomprensión no se originó tanto en su endiosamiento entre 1994/2000 o en su descrédito después -justo cuando desde 2003 que volvió a prometer de todo-, sino en la óptica equivocada con la que se la ha leído permanentemente en términos de una oposición de miradas que oscilan pendularmenre entre izquierda/derecha, entre enfoque liberal/neoconservador.
Porque lo que la lectura de Lessig deja en claro es que no se trata de estar a favor o en contra de la propiedad privada (en abstracto) o a favor o en contra del mercado (por razones meramente ideológicas o discursivas). La verdadera discusión que está en juego es entre lo viejo y lo nuevo (3).
Lo que estamos viendo en lo que va del siglo XXI es cómo un entorno (kosmos) que fue diseñado espontáneamente vs. una taxis (ordenadora) -para usar la oportuna taxonomía de Von Mises, recuperada por Alfons Cornella- para favorecer lo nuevo está siendo reingenierizado para restaurar los derechos de lo viejo. Con una pequeña ayudita de las cortes, de las leyes e incluso de algunos de los ingenieros de software que llegaron a armar el entramado libertario original.
El establishment -liderado por Hollywood y por la industria de la música que reaccionó tardíamente- representa los viejos derechos y las viejas prebendas, pero lamentablemente carecemos de adlateres y defensores del orden nuevo, aunque movimientos como el PtoP, el software libre, y los Creative Commons del propio Lessig están dando la primeras puntadas en ese sentido.
Después de 10 años de Internet gráfica queda claro que se nos abren dos futuros, el que podría ser y el que está siendo. El que está siendo es más que evidente, se trata del sueño de AOL y de Microsoft hecho realidad. Se trata del triunfo de la post-televisión y de la colonización definitiva de Internet en manos de pocas y poderosas manos.
Las promesas de una realidad hecha de muchos para muchos se deshacen frente a ofertas como las de Antena 3 de España (miembro del monopolio Telefónica) que quiere reconvertir a la TV (y eventualmente a la propia Internet) en una plataforma cerrada de e-business y de colonización de los consumidores.
Lo curioso es que esta posición no está determinada (como en ocasiones anteriores) por limitaciones o restricciones tecnológicas, sino por manipulaciones legales, esas mismas que Lessig quiere desmontar, y que están en la base de la dilución de la revolución interneteana a manos de leguleyos y cortes santificadoras del viejo orden.
La promesa de una comunicación muchos-a-muchos que definió las pretensiones de Internet original, están siendo trastrocadas a favor de una realidad de muchas pero muchísimas maneras de comprar y de muchísimas maneras de elegir lo que se puede comprar.
Sólo que lo que se ofrecerá (ya está sucediendo) será lo que entra en el modelo actual de los sistemas concentrados de distribución, televisión por cable en tiempo real, y génesis ideológica de las necesidades a más no poder.
El futuro que podríamos llegar a tener es más difícil de imaginar porque lo propio de la tecnología en general -y de Internet en particular- es precisamente su impredictibilidad.
Sin embargo no todo es incertidumbre en este terreno. Si de algo no queda duda es de la caída creciente de los costos que se traduce en la caída de las barreras a la creatividad. La caída de los costos se evidencia tanto en la distribución como en la producción.
Ambas reducciones emanan del devenir digital de la tecnología. Las tecnologías digitales crean y replican a la realidad en forma mucho más eficiente que las tecnologías analógicas y es en ese espacio donde podemos imaginar un florecimiento de la creatividad... a menos que las leyes (y en particular las de copyright) la aborten.
Lo que llama la atención en este hiperregulacionismo es el desconocimiento de que en los orígenes las leyes del copyright estaban hiperacotadas y sólo alcanzaban a los mapas, las cartas de navegación y a los libros. El dominio público era amplísimo y el único espacio de creación regulado era el de las publicaciones.
Sin idealizar una supuesta (y probablemente inexistente) era dorada de la creatividad, de lo que no cabe duda es de que a excepción de algunos temas prohibidos expresamente por la ley, ésta decía poco y nada acerca de la capacidad de "reformateo" que cualquiera podía ejercer sobre los contenidos ajenos.
Por eso resulta aún más paradojal que en el momento en que las computadoras hacen posible la mediamorfosis de todos los contenidos y formatos (de la imagen a la música, del texto a la animación) las leyes de copyright puedan por derecho abortar lo que es posible de hecho -con consecuencias funestas contra la creatividad.
Insistimos, no se trata aquí de oponer lo gratuito a lo pago, ni de maniqueamente enfrentar el ocio al negocio, o al comercio en contra del don. Internet por el tipo de red que es, está tan abierta a la creatividad y a la innovación comercial, como a la de todos los contenidos que circulan en su seno -sean gratuitos o no-.
Fue justamente la neutralidad de su diseño original (encapsulada en el muy poco conocido principio end-to-end -o fin a fin- según el cual es el sistema o la aplicación, y no la red en sí misma, la que está en mejores condiciones de implementar la protección adecuada. O lo que es lo mismo que la inteligencia no está en la red -que es en sí misma sumamente tonta- sino en las puntas, es decir en las computadoras de acceso y en sus aplicaciones, lo que favoreció la aparición de centenares de compañías que en el corto período de 10 años inventaron numerosas nuevas formas de interacción de los individuos entre sí.
Todo empezó con el e-mail, pero siguió con otras formas de construir comunidad, tales como el uso de la mensajería instantánea, y muy especialmente la generación de debate público a partir de la eliminación de la barrera más costosa para la comunicación ordinaria que es la sincronicidad.
Si todo lo que existe es maravilloso, lo que está por venir lo va a ser más aún cuando existan relojes pulsera que teleacaricien a los chicos a 30 km de distancia, walkmans que faciliten los suspiros de los amantes a un océano de distancia, o una tecnología que señale que dos personas están disponibles para una comunicación telefónica en el momento a no importa qué distancia.
3 Acceso diferencial a los recursos
No debemos caer en debates técnicos, ni circunscribir las discusiones al poder o a las ofertas de Microsoft o de Hollywood. Porque de lo que deberíamos ocuparnos en realidad, no es de la música o de la innovación, sino de los recursos en la sociedad, cómo se ordenan los recursos y quién decide quién tiene acceso a qué.
Toda sociedad tiene recursos que son accesibles para todos (como la ley de la relatividad de Einstein) y otros que son restringidos (como dormir en la misma cama en la que Einstein durmió mientras vivió en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton).
Gran parte del siglo XX asistió a mucho debate y sufrió unas cuantas guerras, tratando de determinar quién es el mejor asignador de recursos, si el Estado o el mercado. La conclusión fue que era el mercado, pero como bien dijo Eric Hobsbawn, el siglo XX terminó en 1989 con la caída del muro, y la última década del siglo anterior fue en realidad la primera del tercer milenio.
Y en esta época lo que valía en la anterior ya no define nada. Porque de lo que se trata ahora no es de determinar qué sistema de control exclusivo (el gobierno o el Estado) debería regir un recurso dado. La pregunta que hay que hacerse actualmente es previa a esa y consiste en tratar de saber si un recurso cualquiera debería ser controlado o libre.
No hay que confundirse porque libre no quiere decir sin costos. Hay dos maneras de entender libre. Cuando hablamos de libertad en la red no lo hacemos en el sentido de conseguir una comida o una cerveza gratis sino en el sentido de la libertad de expresión -que sólo el más totalitario supone que debe ser conculcada en aras de derechos aún más altos, que no existen.
Decimos que un recurso es de libre acceso cuando se lo puede usar sin necesitar el permiso de nadie, o cuando el permiso que se necesita se otorga de una forma neutral. Es por eso que Lessig insiste en que el gran desafío de nuestro tiempo no es tanto decidir si el Estado o el mercado controlarán tal o cual recurso sino si ese recurso debe ser (o no) de libre acceso.
Aunque parece una cuestión muy novedosa, a poco que miremos tanto alrededor como en la historia resulta que esta problemática tiene una larga secuela de precedentes. Los recursos libres o gratuitos han sido siempre estratégicos en lo que hace a la innovación, la creatividad y la democracia. Los caminos (a excepción de las rutas concesionadas) son libres lo mismo que lo son los parques, las melodías que los músicos de jazz usan para improvisar, las leyes de la física y hasta el modelo de las aplicaciones asesinas de software (como lo fue en su momento el Visicalc antes de trasmutarse primero en Lotus 1-2-3 y después en Excel).
Aunque a muchos les cuesta admitirlo ha sido esa libre disponibilidad la que ha jugado como motor de múltiples innovaciones. Este desconocimiento está muy ligado al prejuicio ideológico de que los recursos libres son de menor calidad que los privados(5)) se puede innovar en forma permanente y profunda. Porque si de algo sirve Internet es como modelo de libertad y de revelación de cómo la ausencia de control multiplica en forma exponencial la innovación y la creatividad.
Por eso resulta indignante y sorpresivo que Internet, encarnando este espíritu libertario y siendo la mejor propaganda imaginable del mismo, deba resistirse actualmente a una increíble maquinaria de prohibir, cohibir y desmontar que se está movilizando en contra de la autonomía que existía en las décadas fundacionales de la red (6)).
Porque desde hace un par de años venimos asistiendo a una multiplicación de cambios técnicos y políticos que tratan de domesticar a la red. Este guadañazo viene del lado de los controladores y de los monopolios que hicieron su agosto cultivando la restricción al acceso en casos anteriores, y el mejor ejemplo regresivo fue AT&T que hizo lo posible para que nadie duplicara su red troncal abortando durante una década la aparición de Internet.
Por eso Lessig se opone vehemente a esta regresión desovillando de mil maneras una madeja única con un mensaje igualmente preciso y reiterativo. No es cierto que el control sea siempre beneficioso. Que declinado en el lenguaje de Internet se traduce en está demostrado que la ausencia de control esta en la base del crecimiento.
Por lo que la imposición del control seguramente no sólo es un error conceptual, sino sobre todo una renuncia política y un avasallamiento de los poderes preexistentes -sobre los neonatos- que instan a su más vehemente rechazo y oposición.
De cómo intervengamos en esta polémica, de qué lugar tomemos (más como realizadores que como críticos) y de cuán astutos seamos para anoticiarnos de que la desaparición de Internet gratuita, en vez de favorecer al alfabetismo analógico y a la cultura el libro va en dirección de Fahrenheit 451 y de las peores distopías de Orwell y de Huxley, sellando (negativamente) el destino de La Tercera Fase.
Hacernos los distraídos o creer que el libro saldrá favorecido de esta debacle -en detrimento de la imagen o de los multimedia- no hará más que acelerar esta decadencia.
NOTAS
1 Licenciado en Filosofía de la UBA y Master en Ciencias de Sistemas de la Universidad de Louisville en Kentucky. Director de contenidos de la empresa de e-learning competir.com. Este es el Working Paper nº 18 de la cátedra Procesamiento de Datos, Telemática e Informática, Universidad Nacional de Buenos Aires, septiembre 2002.
2 Como bien nos lo enseñaba Alfons Cornella en su Infonomia.com y como nosotros lo hemos glosado previamente en las editoriales nº 2635, 2645 y 2652 "El concepto de infoestructura y otras cuestiones relevantes de la información como valor económico").
<3 Que se repite históricamente como también lo demostrara Gilbert Highet en su maravillosa obra La Tradición Clásica. La querella entre los antiguos y los modernos<
4 Al menos esta burrada repitió hace poco la gerente de Microsoft en España ver editorial del news nº 2781 - Microsoft el verso fin fin. La seducción de las palabras en contra del usuario.
5 Las ideas de Kevin Kelly (1994, 1998), autor del extraordinario Out of Control, aparecieron en un número de la revista Wired en septiembre de 1997, en pleno boom de la era digital. Fueron recuperadas en un libro publicado un año más tarde que, aunque poco conocido, encapsuló epistemológicamente mejor que ningún otro estos principios supuestamente post-económicos. Se trató de Las Nuevas Reglas de la Nueva Ecomomía traducido al castellano por Granica en el 2000. El listado final de las reglas fue 1) de la conexión, 2) de la plenitud, 3) del valor exponencial, 4) de los puntos de inflexión. Aprovecharemos las columnas de hoy y la de mañana para hablar de las cuatro siguientes: 5) de los retornos crecientes; 6) del precio invertido; 7) de la generosidad y 8) del compromiso; y dejaremos algún próximo espacio para reflexionar sobre las últimas cuatro: 9) de la devolución; 10) del desplazamiento; 11) de la rotación; 12) de las ineficiencias. En nuestro apunte De la economía real a la economía virtual y vuelta El colapso de las punto.com, la supervivencia de la economía digital y el retorno de lo real escrito para la asignatura Nueva Economía de la Tercera Edición del Master en Comunicación Digital de Enredando, sintetizamos sus principales ideas.
6 < ¿O acaso no insiste la mayoría de los operadores consolidados que en el futuro todo Internet será de pago. Según ellos es ésta la única manera para que funcionen las empresas. Así de rotundo se manifestó Silvio González, director general del operador de cable español ONO, durante la presentación en Madrid a fines de septiembre del 2002 de la primera guía sobre contenidos de banda ancha, un libro editado junto a Pearson, que se actualizará cada tres meses. (IBL News)
REFERENCIAS
Cornella, Alfons, Infonomia!com La empresa es información, Barcelona, Deusto, 2000.
Kelly, Kevin Out of Control. The rise of neobiological civilization. Reading Addison-Wesley 1994.
Kelly, Kevin New rules for the new economy. 10 radical strategies for a connected world, New York Viking 1998.
Lessig, Lawrence Code and other laws of cyberspace, Nueva York, Perseus, 1999.
Lessig, Lawrence The future of ideas. The fate of the commons in a connected world. Nueva York, Random House, 2001.
Levy, Steven Crypto How the Code Rebels Beat the Government Saving Privacy in the Digital Age, Nueva York, Viking Press, 2001.
Piscitelli, Alejandro Ciberculturas 2.0. En la era de las máquinas inteligentes. Buenos Aires, Paidós, 2002.
Simone, Raffaele La Tercera fase. Formas de saber que estamos perdiendo, Madrid, Taurus, 2001.
Tomsen, Mai-Ian. Killer Content. Strategies for web content and e-commerce, Reading, Adisson-Wesley, 2000.
Ver además el post oficial en educ.ar acerca del aniversario. Por Pablo Mancini 35 años en red