La pregunta del título es una de las que intentó responder C. P. Snow en su libro Two Cultures and a Second Loock (1959), que conocemos a través del artículo Tecnofobia: las razones de una idea, de Ramón Alcoberro.
Esas preguntas, básicamente: ¿Cuáles son las razones de la tecnofobia y por qué se ha desarrollado especialmente entre quienes se llaman a sí mismos "humanistas"? ¿Por qué el intelectual de letras considera la tecnofobia no solo de buen tono, sino incluso como una especie de obligación civil inherente a su estatus?, derivan en otra central: ¿Puede construirse una auténtica sociedad del conocimiento sobre esa oposición?
Recordamos el análisis de Alcoberra sobre los fundamentos culturales de la tecnofobia porque en estos días el departamento de Digital Humanities & Media Studies de la Universidad de California (UCLA) ha lanzado a la red A Digital Humanities Manifesto, "un manifiesto por unas nuevas humanidades cuya forma de concebir, generar, distribuir y utilizar el conocimiento no sea ya, únicamente, la de la cultura impresa, sino la de una hibridación de medios donde lo impreso quede absorbido en una amalgama digital de modos de comunicación, de nuevas modalidades de discurso académico y de circulación del saber que exceden los estrechos canales que el papel imponía", según informa el blog Los futuros del libro.
“descubriendo lo que cambia, y cómo cambia y por qué, acaso lleguemos a aprehender lo que no cambia”
(T. S. Eliot, citado por Daniel Bellón, Anotaciones sobre poesía en el mundo digital)
El manifiesto de la UCLA y sus implicancias será objeto de una futura nota de educ.ar. Hoy queremos analizar más en detalle esa oposición humanismo/técnica a través de la visión de Alcoberra en el artículo que ya citamos, un trabajo que puede resultar muy interesante discutir en clase.
"Muchas reacciones humanísticas ante la técnica basculan entre el miedo y la sátira", dice este autor, que se sorprende de que "a lo largo del siglo XX el miedo haya podido ser considerado como un elemento positivo, en oposición a toda la tradición ilustrada que, estrictamente, se había construido desde el rechazo absoluto a cualquier tipo reacción paralizante y desde la denuncia del miedo como una construcción interesada, sólo útil para mantener a los hombres en un estado de sumisión".
Inicia entonces Alcoberra un recorrido por los argumentos tecnófobos en tres momentos centrales: Grecia, la Ilustración francesa y los filósofos del siglo XX crecidos en el ámbito de los totalitarismos y de la II Guerra Mundial.
Resumiendo mucho los argumentos de este autor:
El hombre clásico se considera a sí mismo como una expresión de la armonía de la naturaleza, y no sería exacto, en consecuencia, hablar de tecnofobia en Grecia, sino de una situación previa: la de la extrañeza ante lo tecnológico visto como perturbador.
La tecnofobia ilustrada tiene su momento estelar en el agrio debate entre Voltaire y Rousseau cuyo eco está todavía lejos de haberse apagado. El tópico del buen salvaje y del estado de naturaleza como ideal de la humanidad perdida es contrarrestado por la apología volteriana del comercio como única base del progreso y como fundamento de la racionalidad, de la autonomía, y de la dignidad humana. (...) La tecnofobia moderna arranca estrictamente con la postura rousseauniana que identifica naturaleza e inocencia y ve la técnica como conspiración de los ricos contra la comunidad.
Convendría pensar un punto de vista equidistante –sigue Alcoberra– entre la afirmación emotivista de Rousseau y el cerrado elogio del mundo comercial y pragmático de Voltaire. De hecho, D'Alembert en el Discurso preliminar de la Encyclopédie propone algunas ideas interesantes para el debate cuando sugiere que es un error distinguir entre lo útil y lo agradable en vez de intentar el esfuerzo por fusionar los dos ámbitos
La Ilustración plantea como mínimo otros dos grandes temas tecnoéticos cuya vigencia actual es indiscutible. Por una parte surge el mito del hombre máquina como una sombra de lo humano. La libertad encuentra en el hombre máquina a su opuesto lógico y será ese miedo ambiguo uno de los desencadenantes de la tecnofobia hasta nuestra ciencia-ficción contemporánea.
El segundo elemento que propone la Ilustración a un pensamiento tecnoético es el problema de la construcción: la Ilustración se percibe a sí misma como movimiento arquitectónico que necesita derrumbar los saberes mal adquiridos para fundamentar el edificio de la razón en su orden propio que no es el de la naturaleza sino el de la racionalidad que se concibe como su opuesto. (...) el pensamiento ilustrado insiste en su profundo antinaturalismo. Lo que nos constituye como hombres ilustrados es el esfuerzo ingente por no adaptarnos a la naturaleza, sino por proponer, bien al contrario, que sea la naturaleza la que se adapte a nosotros en consonancia con la propuesta volteriana de la superioridad de lo artificial.
Sigue vivo –dice– el viejo debate sobre si la técnica es una estructura profunda en lo humano, como propone la tradición volteriana, una simple función, como suponían los clásicos, o una desnaturalización en las diversas variantes (hoy ecológicas) del argumento rousseauniano. Pero hoy el debate sobre la tecnofobia se caracteriza, además, por su urgencia: la simple posibilidad de graves cambios en la misma definición de lo humano tras las aplicaciones de la genética hace que las diversas filosofías morales deban plantearse seriamente cuál sea el valor conceptual de la tecnofobia y hasta que punto hay en ella elementos defendibles.
Concluye Alcoberra que "deberíamos renunciar al argumento ingenuo que ve en la tecnofobia una simple proyección del miedo del hombre ante lo desconocido", y que "el debate sobre la tecnofobia pone en el centro de la atención el problema de los límites de la democracia que, conviene no olvidarlo, es un tipo de gobierno basado en la información. El destino del debate sobre la tecnofobia dependerá fundamentalmente del desarrollo que la técnica pueda traer a la democracia y a la extensión de la autonomía humana".