
En el segundo número de la notable revista Páginas de Guarda, una iniciativa de la Cátedra de Corrección de Estilo de la carrera de Edición de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, se publica el artículo “Análisis de una práctica letrada electrónica”, del lingüista catalán Daniel Cassany.*
El artículo describe cómo la lectura y la escritura electrónicas se están usando para resolver transacciones y tareas que antes ejecutábamos con el habla. Son, dice Cassany, “formas particulares de lectura y de escritura, representativas de algunas de las transacciones letradas que gobiernan el presente de muchos y que nos aguardan en el futuro a todos o a la mayoría. Me refiero al discurso electrónico en la calle, producido a través de pantallas táctiles interactivas, que sirven para infinidad de gestiones: comprar boletos de transporte público, sacar dinero de un banco, adquirir productos [...]. Y, aunque no incluyan demasiado texto y este sea sencillo (por el léxico, el registro y la sintaxis), no se trata de prácticas letradas simples o vulgares, puesto que se presuponen conocimientos y habilidades que a veces el usuario no posee y que suponen un importante cambio cultural”.
Las maneras de leer y de escribir cambian con los tiempos y “la comunidad actual –globalizada, electrónica y multicultural– ha desarrollado sofisticados procedimientos letrados para gestionar tareas y conseguir propósitos que nunca hubiéramos imaginado que podrían resolverse con la lectura y la escritura”.
La reflexión sobre estas nuevas prácticas –“prácticas letradas electrónicas” las denomina Cassany– resulta crucial para quienes están empeñados en la introducción de las nuevas tecnologías en la educación buscando achicar lo que se ha dado en llamar la brecha digital entre los distintos grupos y sectores sociales. Porque si existe una brecha digital entre los nativos y los inmigrantes digitales (determinada en este caso por una cuestión generacional), hay otra que al interior un mismo grupo etario –los niños y los jóvenes, que son el objeto preferente de la educación formal– resulta de las diferentes posibilidades de acceso a la tecnología que determinan la condición social, la distancia a los centros urbanos y otros factores sociales cuyos efectos tienen que tender a paliar los programas educativos. (Y aquí resulta inevitable pensar en los efectos que podrían tener programas como el de Una computadora por niño /OLPC, o en el potencial educativo de los CD de la Colección educ.ar, que reproducen la formas de la navegación por internet, y resultan así una manera de acercamiento a esas formas para los niños de escuelas sin conexión a la red.)
La “literacidad”
El artículo que comentamos adopta la perspectiva de los Nuevos Estudios de Literacidad (NEL). El término “literacidad” (equivalente del inglés literacy que el autor y otros estudiosos prefieren a otras traducciones como “alfabetismo”, “alfabetización”, “escrituralidad” o “cultura escrita”), abarca todo lo referente “al uso de la escritura, desde las características del código alfabético y la estructura de los discursos, hasta la configuración de interacciones en contexto o los valores sociales y las representaciones derivadas de ellos”.
Adaptando los principios de la etnografía de la comunicación a la literacidad, los NEL describen “cómo las personas utilizamos un escrito en un lugar y en un momento concretos, dentro de una determinada comunidad, con el objetivo de llevar a cabo alguna tarea y conseguir propósitos predeterminados. Se fijan tanto en los autores y en los lectores, en los contextos físicos, sociales o culturales o en los valores subyacentes a la actividad letrada, como en el propio escrito".
Los “letrados”
En esa línea de pensamiento, el autor usa el adjetivo “letrado” para referirse a quienes dominan ese conjunto de habilidades, valores y conocimientos implicado en la literacidad, por oposición al término “alfabetizado”, que pasa así a designar sólo la capacidad de usar el código.
“Lo que la gente hace con la escritura”
Las prácticas letradas que se analizan en este artículo son “lo que la gente hace con la escritura” (en palabras de Barton y Hamilton). O, de modo más abstracto “es cada forma cultural de una comunidad humana concreta que utiliza un escrito para hacer algo”.
Prácticas letradas
Las prácticas letradas se manifiestan en hechos observables, equivalentes a los hechos de habla. En estas nuevas prácticas letradas se sustituye el viejo diálogo entre un cliente y un empleado (el cobrador de boletos del colectivo, el vendedor de entradas para espectáculos, el empleado del estacionamiento) por la interacción con máquinas. Otro ejemplo es el de la rotulación de las ciudades con carteles, mapas, gráficos y pantallas que informan sobre destinos, estaciones de subte y tren, lugares turísticos, etc. Esa sustitución del “habla por la prosa” –como le llama Cassany– no es menor, y genera cambios contundentes en nuestra vida cotidiana.
Con ese marco conceptual, el autor realiza una investigación empírica: en dos estaciones de trenes registra la interacción de los usuarios con distintas máquinas, por ejemplo las expendedoras de boletos. Y observa que “mientras que cualquiera que no esté enfermo puede dialogar, aunque carezca de los conocimientos que deben ser enunciados, sólo los ciudadanos alfabetizados y con cierta competencia lingüística electrónica pueden resolver la tarea con las máquinas. Además, el diálogo cara a cara permite superar la falta de conocimientos: el empleado de taquilla puede informar al usuario de otras opciones que tiene a su disposición, de los destinos, de los abonos, etc. En cambio la pantalla mejor diseñada no puede suplir las limitaciones letradas de muchos usuarios analfabetos o semianalfabetos (trabajadores manuales, amas de casa) o sin competencia electrónica (ancianos).”
Señala el autor que buena parte de estas máquinas lectoescritoras comparten recursos, diseños y planteamientos con internet y con la comunicación mediatizada por ordenador. Y entre las características que les son específicas, destaca que estas “pantallas callejeras” se dirigen a la población en general y no sólo a los alfabetizados electrónicamente o a quienes tienen el dinero suficiente para tener computadora en casa.
¿Navigator?

El artículo de Casanny me recuerda una escena de la película Navigator: un grupo de pobladores de una aldea de la temprana Edad Media asolada por la peste penetra en una grieta y aparece de repente en una ciudad del siglo XX. Enfrentados a una autopista, esta se convierte en un obstáculo infranqueable: observan azorados ese flujo de automóviles que no cesa, moviéndose a velocidades nunca vistas por ellos, y se dan cuenta de que nunca van a poder atravesarla.
Las nuevas tecnologías pueden ser para muchos esa clase de obstáculo. Las prácticas letradas que se analizan en este artículo muestran facetas del mundo cotidiano que implican un desafío para la educación, y para su rol en la inclusión social.
* Daniel Cassany es licenciado en Filología Catalana, doctor en Ciencias de la Educación y profesor de la Universitat Pompeu Fabra, de Barcelona. Ha escrito numerosas obras como Describir el escribir. Cómo se aprende a escribir, La cocina de la escritura, Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea, y Taller de textos, entre otras.
Notas relacionadas en educ.ar
Si a algo equivale internet es a la escritura y, por lo tanto, a la cultura letrada, entrevista de educ.ar a Daniel Link, septiembre de 2005.
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Encantada por la lectura del presente artìculo. Soy candidata a Maestrìa en educaciòn en una ciudad de Colombia y he iniciado mi tesis sobre la aplicabilidad de las tic en la enseñanza-aprendizaje de la literatura en el aula.
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