Ha transcurrido bastante tiempo desde que Metallica y cía. decidieron enjuiciar a sus fans por compartir canciones vía Napster (y demás herramientas p2p). De ahí en adelante la música -como business- estaría necesaria y (casi) inmediatamente atada a los destinos de internet.
Qué es internet sino (entre otras cosas, por supuesto) la distribución más o menos ordenada de contenidos. Y si una actividad artística necesita acuciantemente de la distribución, esa actividad es la música. Esto por un lado. Por el otro está la cuestión del agotamiento de “disco con una cantidad X de canciones”. Dos cuestiones que trataremos a continuación.
Muchas canastas para un mismo huevo
Recuperados del impacto inicial que supuso la posibilidad de perder el control del negocio a manos de amateurs (Naspter), los músicos cayeron en la cuenta: NUNCA (en el pasado cercano) controlaron el negocio y, lo que es más y peor, hay muchas manos en un negocio que debería ser de ellos. Entonces algunas bandas decidieron conservar el control de sus obras, mientras que otras “alquilan” la propiedad de las mismas por un tiempo determinado. Estamos hablando, por supuesto, de los distintos modelos de contratos que existen. La mayoría de las bandas que juegan en primera decidieron seguir a los directivos de las distintas empresas discográficas, al ritmo de un viejo adagio comercial: Si algo funciona ¿por qué cambiarlo? Pero, como sabemos, la necesidad tiene cara de hereje: un número creciente de bandas decidieron, en vista de las dificultades que suponen comenzar (cualquier) negocio sin un buen esponsor, difundir su música en la Web. Herramientas como MySpace van a la cabeza, más que nada por su aceptación entre los adolescentes.
Es evidente que el negocio, tal como está, es caro. Los CDs son caros, y ni hablar de la música digital paga. Un CD hoy, aquí, cuesta varias veces más de lo que debería, no solo para satisfacer anchos márgenes de ganancias, sino también para cubrir los gastos intermedios: marketing, distribución y comercialización. Bajar una canción del disco de grandes éxitos de Led Zeppelin al celular, recientemente editado, cuesta $ 5 más impuestos. Cuesta comprender por qué hay tanta resistencia a seguir una práctica que tantos dividendos ha dado en otras ramas de la economía. Cito a Sennett:
“Aunque sus empleados, según mi experiencia, son en general útiles, en Wal-Mart los vendedores, considerados en bloque, han sido eliminados del proceso de consumo: no hay allí mediación cara a cara ni persuasión. En este aspecto, la empresa se asemeja a otras burocracias de vanguardia que han eliminado de su equipo las capas medias, de función interpretativa. La decisión sobre qué producto a precio reducido se ha de comprar gira en torno a la imaginación y la mercadotecnia mundiales.” (Richard Sennett, “Política de consumo”, capítulo 3 de La cultura del nuevo capitalismo, págs. 116-117, Barcelona, Anagrama, 2006)
El miedo al cambio, a buscar otras formas de que el negocio resulte igual o mayormente redituable, ha puesto a la industria a la defensiva, y hoy por hoy se dedica a dar una últimas estocadas en una batalla que muchos dan por perdida. Por ejemplo: a finales del año pasado la Warner Music Group decidió suspender el pago del bono de fin de año a sus empleados, en medio de un gran nerviosismo por rumores de recorte de personal.
Del lado de los usuarios hay, como suele ocurrir, mucha hipocresía. Algunos informes iniciales decían que el 60% de las descargas del álbum de Radiohead, In Raimbows, distribuido vía Web, no incluían pago alguno. Pero, por otro lado, el valor promedio por descarga ronda los US$ 8, que pone los precios en el lugar correcto. Teniendo en cuenta los ingresos que pueden llegar a obtener a partir de conciertos y merchandising (incluida la versión de luxe del disco, que se envía por correo y cuesta alrededor de los US$ 80), y teniendo en cuenta que son agentes libres (esto es, que no tienen contrato con ninguna compañía), el margen de ganancias puede llegar a ser muy alto. Obviamente, se necesitaba que una banda de las grandes pusiera las barbas en remojo para provocar el revuelo y la necesaria discusión que han ocurrido, donde ya no se discute si la música es arte o no, y ni siquiera si bajarla de internet es ilegal, sino los ajustes que sobrevendrán para mantenerse en la cresta de la ola de un negocio que está en constante cambio.
A rey muerto, rey puesto
El cancionero “pop” actual resulta cómodo y fácilmente consumible: no más de 3 minutos premasticadas, casi diríamos preformateados, para el usuario. Estos pocos minutos solo precisan una ínfima parte de la dividida atención de quien escucha, y no cuadra con toda la “experiencia musical” que parecería exigir un disco completo, hoy un CD con 12 canciones.
Este formato nació con el disco de pasta por necesidades de índole práctica y cuestiones económicas: para ofrecerle más valor al comprador se comercializaban no una sino varias canciones, “jerarquizando” su adquisición; además teniendo en cuenta los altos costos de producción no tenía sentido fabricar un disco por solo una canción. Por otro lado, las primeras grabaciones fueron óperas, que tienen una duración bastante prolongada.
Por estas razones el disco tal cual hoy lo conocemos se estandarizó, pero con el advenimiento de la radio y demás medios de comunicación masiva se necesitó de un nuevo formato para comercializar entre tanda y tanda: la canción “pop”. A los propósitos de esta argumentación, “pop” incluye tanto a Edith Piaf y Frank Sinatra como a las bandas de rock actuales. Si bien en ocasiones se intentó romper con el modelo con obras que eran atravesadas por un temática común o intentaban contar una historia, tal es el caso de Pink Floyd y The Wall o el de Los Beatles y Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (idea que al final quedó trunca), fueron tiros en la oscuridad por una simple cuestión: la canción “pop” producía (y sigue haciéndolo) ganancias tremendas para la industria.
Hoy, con la distribución digital por internet, el formato disco parecería perder vigencia: ya no hace falta. Bajar una canción es obviamente más rápido que hacerlo con todo un disco. Cada vez más bandas, incluso argentinas, lanzan sus nuevas canciones a través de la Red. ¿Cuánto falta para que se rompa con la inercia social y el disco (como formato) entre en franca decadencia, paso lógico siguiente al declive monstruoso que está sufriendo el CD (para no hablar del casete, que prácticamente desapareció)? Una posible solución reside en el creciente el ancho de banda y la consiguiente suba en velocidad de transmisión de datos: ¿Alcanzará para salvar al disco? Pero, más aún, ¿merece ser salvado? Todas buenas preguntas y la respuestas están, ley de Moore mediante, a la vuelta de la esquina.
Las cosas cambian y con ello todo lo que está a su alrededor. La pregunta es ¿Estamos preparados para adaptarnos?
Bandas de primera como Radiohead evidentemente si...
Ahora bien, la música como expresión artistica o producto de consumo... es algo muy dificil de separar. ¿Acaso Picasso no se vende?
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