El 24 de febrero se inauguró en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, MoMA, la exposición: Design and the elastic mind. Su significado es casi literal, pero repetiremos lo que la propia curadora de la muestra, Paola Antonelli, explicó: la elasticidad es una metáfora de la adaptación que el hombre hace con su cuerpo, su cabeza (y yo agregaría, su alma) en relación a lo “nuevo”.
El MoMA aunó artistas y científicos para que éstos “dibujaran” y expresaran sus ideas sobre la convergencia del arte y la tecnología. En la exposición, se podrán explorar ciudades virtuales, tejidos de placas solares que devienen fuentes luminosas, proyectos sobre las relaciones personales en la era digital, criaturas transgénicas, clonadas, con ADN incluido, baterías flexibles, un relieve mural que crece en vivo y en directo y otras maravillas de igual calidad. Las nuevas tendencias conforman un muestrario de color y técnica que se exhibe provocativamente. Las fotos de la exposición son una exposición en sí misma.
Diseñadores de todo tipo –web, industriales–, arquitectos, ingenieros, entre otros, han sido elegidos para traducir y plasmar las investigaciones científicas en objetos estéticos y funcionales. Un baile de 3D, nanotecnología, texturas, ADN y otras yerbas se multiplican en variadísimos objetos. Cada exponente guarda en su esencia una parte de experimento social, una parte de experimento tecnológico y una parte de experimento artístico.
¿Y la educación? Hablar del MoMA es casi redundante. Sin embargo, hablar del aspecto educacional de uno de los museos de arte moderno más importantes del mundo es capítulo aparte. La educación a través del arte es una metodología que se impone y forma parte del currículo de varios establecimientos. Ahora, la ecuación es arte, educación y nuevas tecnologías.
¿Cómo maneja el MoMA este trinomio? Empezando por la visita virtual a su galería y terminando por la exposición de la que hablábamos, la actitud educativa es más que estimulante. Ingresar al sitio web es como entrar a una feria de diversiones. Una kermesse de los años 2000.
Las actividades están organizadas según la edad del público. Para los más chiquitos, de 5 a 8 años, una animación simple y sin mucha parafernalia nos invita a una expedición con destino: el museo de arte moderno. Todas las actividades que este viaje propone son creativas, lúdicas y muy coloridas. Es, definitivamente, un viaje al mundo de los sentidos, que permite descubrir los cuadros más hermosos de la historia del arte moderno.
La segunda propuesta –realizada para y con ayuda de los alumnos de la escuela secundaria–, Red Studio, se adentra en aspectos un poco más profundos y en las bambalinas del arte. Incluye concursos y actividades tales como la elaboración de poemas dadaístas, fotogramas (cada una de las imágenes que se suceden en una película cinematográfica). Por supuesto, todas estas creaciones dan un paso adelante y devienen virtuales. Es decir, que casi subrepticiamente Tristan Tzara y Man Ray, comienzan a formar parte de la cultura de estos chicos cibernéticos.
Y para los del otro lado del mostrador, nosotros, los docentes, están las actividades. El MoMA propone hacer una investigación sobre determinadas cuestiones teóricas para antes, durante y después de la visita a la exposición, que, indefectiblemente serán llevadas a la práctica de la mano de los docentes.
¿Qué es el arte? ¿Qué es el diseño? Y partir de allí, ir descubriendo y redefiniendo, según los ojos del niño o adolescente, lo que uno ve todos los días y nunca se ha puesto a mirar. Redescubrir su propia casa, su habitación, el florero o el abrelatas. Poder distinguir entre diseño y funcionalidad. Reconocer instrumentos, materiales, usos y transformaciones en el tiempo y el espacio. Distinguir géneros, conocer definiciones. ¿Quién dijo que el diseño es un arte menor? ¿Alguien que no sabía diseñar? ¿Alguien que adhería a la escuela del arte por el arte?
Hablar sobre la sociología del arte, la estética, el concepto de “lo bello”. Aprender una mirada diferente. Desarrollar la filosofía de los objetos. Investigar sobre técnicas y prioridades, sobre todo lo que hace que una época sea como es y por qué. Diferenciarla evolutivamente o no respecto de la anterior y la posterior. Preguntas como: ¿en que época la funcionalidad cobró más importancia que la belleza?, ¿cuándo comienza la tecnología a formar parte o ser medio para lograr un objeto estético o la practicidad de un objeto?, forman parte de estas actividades guiadas.
La lucha de los materiales. La lucha entre funcionalidad y estética. La reconciliación de los mismos. La observación, manipulación y práctica de todos estos conocimientos y elementos ayudan a integrar todas las cuestiones. Esta es la elasticidad de la que habla Antonelli. Conocemos, observamos, estudiamos, analizamos e integramos. Sin elasticidad no hay posibilidad.
El hombre presenta, entonces, la capacidad de “elasticidad” ante la necesidad de adaptarse, de ubicarse, de acostumbrarse y comprender el nuevo espacio que se le presenta. Si no, se queda afuera. La nuevas tecnologías, la ciencia, conceptos como nanotecnología, hacen que el hombre deba ser elástico en su concepción del mundo, no puede permanecer rígido ante el nuevo panorama y abre su mente, no sólo para entender e integrar sino para crear.
Desarrollar y pensar actividades educativas en las que intervenga el arte, incluyendo el diseño, y las nuevas tecnologías, es ayudar a que nuestros niños aprendan a ser elásticos, lo que en mis tiempos se llamaba: “tener una menta amplia y estar abierto a las nuevas tendencias”. No queremos chicos artistas per se, queremos chicos abiertos (elásticos) per se.
Para el curso
Brillante, claro, me encantooooooo
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