
Archivos mp3, sitios P2P, reproductores, CD como souvenirs, bandas o autores que se pliegan a las nuevas formas de circulación, industrias que resisten. Este parece ser el panorama de la industria musical, excelentemente descrito por Juan Freire en su blog, y analizado en profundidad por Juan Sebastián De Toma en una nota publicada en este mismo espacio.
La industria editorial muestra un escenario algo diferente pero no menos novedoso: impresionantes emprendimientos institucionales en cuanto a digitalización de material, en alianza con viejas y nuevas instituciones; intentos de edición de libros a demanda; profusión de los géneros literarios digitales (blogs, vlogs, flogs). Un panorama de esta área se puede observar en la programación del coloquio Gutenberg tras la red, que se va a realizar en Barcelona este enero. También en educ.ar hemos seguido este tema en sucesivas notas y entrevistas, algunas de las cuales se mencionan más abajo.
Capitalismo cultural
Por qué interesa desde un ámbito educativo analizar estos escenarios? Hay tres poderosas razones: son las formas como hoy por hoy se produce el conocimiento; son la forma en que los chicos que están hoy en la escuela consumen cultura; son el mundo en que ellos van a trabajar y producir en todas las esferas.
¿Cómo leer y entender entonces este mundo cultural en el que consumen y producen las personas del siglo XXI, especialmente los niños y los jóvenes? Sin duda, la revisión de la relación cultura/mercado es –como siempre lo fue- una entrada valiosa.
La relación entre arte y mercado atraviesa toda la historia de los consumos culturales. Y si uno va a su vieja biblioteca a buscar bibliografía encontrará a Raymond Williams o a Pierre Bourdieu, que le brindarán los mejores conceptos para entenderlo.
Los trabajos de Raymond Williams –entre otros autores marxistas– son ejemplos excelentes de cómo leer la historia del arte en un esquema en el cual los medios de producción y el mercado tienen un lugar central. Desde esta perspectiva, la relación de un artista con el mercado determina en gran medida qué y cómo se escribe, sobre qué se pinta y qué tipo de música se compone, y así podemos leer el mecenazgo renacentista, los escritores dandys de la Argentina de fines del XIX, los escritores profesionales del siglo XX y las vanguardias de la década de 1920, que coqueteaban con el mercado, en una conflictiva relación.

Williams nos enseña que los cambios tecnológicos, los cambios sociales, los cambios económicos transforman la producción, el consumo y los mismos productos artísticos. David Byrne -en la nota de Freyre– habla de una mayor libertad de creación de los músicos en la era de la distribución digital; se dice en la misma nota que se va más hacia un formato evento-recital que a la grabación de un compacto. El punto es claro: las obras –musicales, literarias, teatrales– están cambiando en su forma y en su contenido.
Los conceptos de Williams –que tienen medio siglo de trayectoria y que vinculan el arte con la industria y la economía desde un marxismo heterodoxo– se suman a nuevas conceptualizaciones. Si uno va a su nueva biblioteca puede encontrar conceptos como los que presenta José Luís Brea en cultura _RAM.
Brea también define un movimiento recíproco de la cultura a la economía y de la economía hacia la cultura, pero que no es ni simétrico ni simultáneo (nada de dualismo). Hecha esta relación, Brea nos da también un nombre para el escenario que estamos viviendo: “un capitalismo cultural electrónico”, caracterizado entre otras cosas por:
-el trabajo inmaterial: un tipo de trabajo que no tiene por objetivo la producción de bienes materiales, de mercancías tangibles;
-la mercancía inmaterial, que se caracteriza por que al brindarla el dador la conserva –como por ejemplo un conocimiento–, y que por lo tanto va mejor con la cooperación que con la compraventa;
-el saber en el centro mismo de los procesos de producción (de donde viene justamente el nombre de capitalismo cultural);
-el trueque digital y las economías colaborativas, que parecen nacidas para la cultura dado que, como señala Brea, “la experiencia estética produce sentimiento de gregariedad, se expande y enriquece al ser comunicada y compartida”. Al igual que el saber y que la educación.
Se redefinen las nociones de propiedad, posesión y pertenencia
Aunque esta presentación sea superficial y breve, podemos advertir rápidamente que los elementos del orden capitalista cultural electrónico redefinen la noción de propiedad, posesión y pertenencia. Y con los ejemplos vistos y citados en las notas que comentamos –la lucha de los artistas con las discográficas– podemos advertir también no menos rápidamente que esa redefinición no es pacífica sino que ha desatado una verdadera batalla por la propiedad intelectual, comparable a las luchas –por la posesión primero de la tierra y después del capital– que se han dado a lo largo de la historia.
Como dijimos, estos círculos cambian la producción cultural y sus productos: la noción de autoría se ve transformada de facto –mientras la legislación tarda en llegar-; “los procesos de bricolaje, recomposición y tergiversación característicos del modo de trabajo del DJ contemporáneo podrían valer como ejemplo…”.
Las amenazas a la propiedad y otras categorías del modo de producción capitalista que presenta este nuevo capitalismo cultural electrónico no significan que no se genere y acumule riqueza y capital (seguimos en el capitalismo). Pero el esquema parece ser diferente del que se daba en el siglo XX:
-Los bienes que más se consumen en el mundo son consumos culturales, de entretenimiento y ocio (el 20% de la población de los Estados Unidos gasta el 50% en experiencias culturales).
-Las industrias más grandes del mundo son megaindustrias generadas en el cruce de las empresas de informática, comunicación, producción cultural y entretenimiento.
El libro de Brea brinda muchísimas ideas más para integrar fenómenos de la cultura en el marco de este proceso y para revisar temas que ya se nos planteaban cuando estudiábamos a Williams y a Bourdieu. Por ejemplo, la tensión entre arte y cultura de masas (el “aura” y la reproducción) que no falta en ningún análisis ni curso sobre medios masivos (ahora parece que masivo no es sinónimo de “simultáneo y colectivo”), la relación entre la política, los medios masivos y la democracia (o incluso revolución, como lo pensaron Eisenstein o Brecht).
En síntesis, las prácticas culturales que hacen o desean los chicos y jóvenes; las grandes líneas de producción de conocimiento, y nuestra vieja y nuestra nueva biblioteca nos indican prestar atención a los consumos culturales. Son espacios estratégicos para proyectos educativos a diferentes escalas: desde actividades en el aula hasta grandes empresas de digitalización o producción multimedial, y son sobre todo materiales donde se puede leer un cambio del que somos contemporáneos y que muchas veces nos cuesta dimensionar.
Más información en educ.ar
Cambiar todo para que nada cambie, por Juan Sebastián De Toma.
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Los futuros del libro. Libros y editores en el siglo XXI
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Editado, un weblog sobre editoriales, editores, libros, lecturas, autores y lectores
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