
Hasta la década del ochenta del siglo pasado fue principalmente la UNESCO el organismo que se encargó de las cuestiones referidas a la información y la comunicación mundiales. Actualmente y desde mediados de la década del noventa es la Organización Mundial del Comercio (OMC) y en menor medida la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) las que se ocupan de esos menesteres.
También gozan de inferencia en ese plano, como en el de las TICs, el G8 y la OCDE.
La lectura más elemental que podemos hacer de estos traspasos de unos organismos a otros es que la industria de la información y la comunicación crece a pasos agigantados en términos de expansión, crecimiento económico y de poder.
Ignacio Ramonet, ha repetido hasta el cansancio que el poder económico y financiero es el más influyente. Pero que el poder de la comunicación se encuentra en segundo lugar. Lo que parece estar ocurriendo es que estos dos poderes se entrelazan cada vez más, y en ciertas ocasiones, constituye una tarea de expertos transdiciplibarios, encontrar fronteras claras en los modos y ámbitos en que operan.
La influencia que la industria de la comunicación tiene sobre organismos como la OMC es notablemente mayor que la que puede ejercer cualquier país en desarrollo. Qué evidencia si no la tendencia a tratar cada vez más la información como una mercancía, como un servicio y no como un derecho. Ese debate encausa el trasfondo de muchas de las discusiones que se darán en la Cumbre.
Pero no creamos que la información posee un tratamiento especial por parte de la OMC. Derechos fundamentales tales como la educación y la salud también son tratados como servicios. La diferencia no es menor en función de que, como sabemos, todo servicio implica un determinado pago para que se efectúe. Los derechos, en teoría, no son rentados y deberían gozarse por el solo hecho de ser, de existir. ¿Será entonces que para algunos sectores económicos es condición sine qua non “consumir” para existir? Consumo, luego existo.
La “economía digital” mueve millones de dólares anuales en el comercio de equipos, programas computacionales, venta de información, telefonía móvil, y una gran cantidad de servicios que se desprenden de la comunicación. Sólo en Estados Unidos, en el 2000, el mercado de las comunicaciones superó la cifra de 840.000 millones de dólares y crece a un 10 por ciento anual, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT)
Para profundizar el crecimiento de la industria de la información y la comunicación, el organismo clave es la OMC. Principalmente en todo lo que no es América. Para nuestro continente el plan tiene otro nombre, y de aprobarse, se pondría en marcha el 1 de enero de 2005. Se trata del Área de Libre Comercio de las América (ALCA) Este tratado constituiría una extensión del ya en marcha NAFTA, acuerdo que en 1994 firmara Estados Unidos, Canadá y México.
Lo que ocurre con el NAFTA es muy ilustrativo de lo que ocurre cuando un país subdesarrollado económicamente se asocia con otros que lo superan exponencialmente. El equilibrio se pierde y por dar un sólo dato podemos decir que en la actualidad México está importando granos, mientras que en otras condiciones (pensemos en acuerdos con naciones con un similar nivel de desarrollo) podría estar produciéndolos, tanto para su consumo interno como para exportarlos.
Pero dijimos que en la Cumbre, la OMC es el organismo clave a entender. Es en ella donde se aborda la liberalización de las telecomunicaciones, la informática y la publicidad a través del Acuerdo General sobre el Comercio de los Servicios (AGCS), el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) y el Acuerdo sobre los Aspectos de los derechos de la Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC)
¿Pero por dónde en encausa el problema? El problema es la integración comercial entre países con grados marcadamente diferentes de desarrollo y con Estados maniatados en cuanto a su posibilidad de desarrollar políticas económicas.
Como sabemos, en la Cumbre estarán también los representantes del sector privado, muchos de ellos, la mayoría probablemente, ligados a la industria de la comunicación y a las industrias culturales.
Alianzas comerciales e integración económica entre países con niveles antagónicos de desarrollo económico y tecnológico deben ser detalladamente supervisadas por los estados, especialmente los de las naciones más pobres. De lo contrario se corre el riego de caer, a mediano plazo, en una relación monopólica y dependiente, de la cual sería muy complicado escapar.
Muy probablemente, la Cumbre sea un ámbito en el que, de ser posible, deban buscarse los consensos (esperamos que activos) entre los países pobres y los países ricos.
Aunque algunos de los primeros ya han dicho que “no quiere sobras del comercio mundial” habrá que estar atentos ya que como algunos analistas señalan, la Cumbre podría correr el riesgo de transformarse en un espacio de negociaciones de las empresas trasnacionales y algunos estados desarrollados.

La CMSI deberá estar a la altura de las circunstancias, dejando de lado cualquier asomo de asistencia paternalista. Las cifras, sólo por tomar las que publicó La Voz de Galicia, en una nota de Ignacio Ramonet, no son nada alentadoras:
-más de dos mil millones de personas -un tercio de la humanidad- no disponen de electricidad
-cuatro de cada cinco habitantes del planeta no han utilizado jamás un teléfono (existen más líneas telefónicas en el barrio de Manhattan, en Nueva York, que en toda el África sub-sahariana)
-más del 90% de nuestros contemporáneos nunca navegaron por Internet
De caer en acuerdos asistencialistas, la Cumbre sobre la Sociedad de la Información, fracasaría irreversiblemente. Porque no sólo no permitiría el desarrollo económico y tecnológico en los países subdesarrollados, sino que además, estaría indirectamente abalando el hecho de que esos países les resulte cada vez más complejo salir del asistencialismo.
Entre paréntesis, ¿por qué será que Estados Unidos no apoya la creación del fondo de solidaridad digital propuesto en la Cumbre de Lyon ?
Industrias Culturales
El trasfondo de la Sociedad de la Información, al menos uno de ellos, es el de las industrias culturales. Éstas son, hoy por hoy, objeto de millonarias inversiones por parte de las empresas y los grupos financieros más poderosos.
Si observamos con atención, esta tendencia de grupos económicos a acaparar algún sector de la cultura (y si no a acapararlo sí a aprovecharlo sin limites y bajo cualquier circunstancia) es noticia todos los días.
Con sólo basta con mirar un diario o visitar algún sitio de noticias en la web, podemos encontrar fácilmente ejemplos de tales criterios de inversiones. Esta semana, sin ir más lejos, nos anoticiamos de que Coca-Cola y Pepsi también competirán en el sector de la descarga de canciones por Internet
Lo que ocurre cuando observamos este tipo de casos es que, en realidad, la expansión supera lo económico para adentrarse en el orden de lo cultural.
Sociedades como la norteamericana resultan cada vez más difíciles de acotar en función de sus fronteras económicas y culturales. Son sociedades universalizadas. El ejemplo de Estados Unidos es paradigmático en el sentido de que es la primera nación con un proyecto universalista tan fuerte.
El tercer sector
La posición de la sociedad civil en función de la participación no ha sido nada fácil: recursos escasísimos, falta de foros regionales o de un foro mundial para que se puedan establecer ideas y opiniones comunes frente a determinados temas, etc.
Sea como fuere, la sociedad civil se las arreglo para hacerse oír y postulo que la sociedad de la información debe tener como eje central al ser humano y situar como prioridad sus derechos y necesidades fundamentales. Subrayaron que las tecnologías y la infraestructura son medios para el desarrollo humano y no fines en sí mismos. Además, señalaron que la brecha digital debe ser entendida como una extensión de las brechas sociales o, según la llamó Juan Costa, el ministro de Ciencia y Tecnología de España, “un nuevo estadio de subdesarrollo”
Pero “sociedad civil”, de acuerdo con la definición de la ONU, también se refiere a los medios de comunicación. Algunos de ellos tampoco la pasan bien. Es el caso de Reporteros sin Fronteras que lanzó una radio pirata en la Cumbre de la Sociedad de la Información para protestar contra su exclusión de la Cumbre. De todos modos la Radio Non Grata, que transmitía desde Francia, ya no está en el aire.
Jean-Francois Lyotard en La condición posmoderna defiende la hipótesis contraria a la que sostiene el filósofo Jurgen Habermas para quien el criterio de validación del saber, en una sociedad dirigida por la técnica y la ciencia como ideología sólo puede residir en el principio del consenso: los jugadores deben ponerse de acuerdo en las reglas del juego y el consenso se obtiene por mediación del dialogo entre individuos, en cuanto inteligencias conocedoras y voluntades libres. Para el autor de La condición posmoderna, la legitimación se alcanza a través del disenso: un sistema informático sólo se legitimará si suscita la invención de nuevas jugadas en los juegos que existen, o en la invención de nuevos juegos.
Ese podría ser el panorama de las fuerzas que se chocan en el marco la CMSI.
Quienes quieren innovar y quienes buscan incluirse. Si se comprenden estos términos como contradictorios o mutuamente excluyentes, estamos en problemas...
De poder superar ese tipo de confusiones, sólo restará fijar prioridades y operativizar un plan de acción acorde a los consensos logrados.
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