Entregamos la tercera parte de la nota sobre educación y televisión. En este caso la base de las reflexiones es la reseña de Everything bad is good for you. How today's popular culture is actually making us smarter, de Steven Johnson.
La narratividad, la complejidad de líneas del relato, la recepción necesariamente alerta son los rasgos que la televisión parece activar en sus destinatarios. 3. Una mirada detenida y profunda del contenido de la TV
Cualquier predicado que tenga como sujeto “La televisión…” o “Los videos juegos…”, deja de tener seriedad analítica por su mera generalidad. Es como si dijéramos: “Los libros son…” o “La música es…”
La televisión es un medio por donde circula una inmensa, variada y cambiante cantidad de discursos que invalida cualquier afirmación general. Lo mismo vale para los videos juegos.
La generalización y el reduccionismo son los males de las miradas contemporáneas a la televisión y esto males solo se derrotan con el trabajo de expertos.
Steven Johnson acaba de publicar Everything bad is good for you. How today's popular culture is actually making us smarter (un adelanto del cual fue publicado por la edición dominical del NYTimes del 24 de abril del 2005 bajo el título Watching TV makes you smarter).
Siguiendo con sus intervenciones anteriores -especialmente en Sistemas emergentes y en Mind Wide Open: Your Brain and the Neuroscience of Everyday Life- Johnson vuelve a agitar el avispero al poner en resonancia una lectura que tiene su base de operaciones en el entrecruzamiento de las neurociencias, las teorías narrativas, la teoría de las redes sociales y la economía.
Tradicionalmente hubo dos maneras igualmente torpes y desviadas de pensar estos fenómenos. La primera, la sartoriana, ve en el desarrollo de la cultura popular de los últimos 50 o 500 años un pasaporte seguro e irreversible hacia la decadencia de la cultura occidental. Otra postura, que supuestamente contrarresta a la anterior, insiste en que aun si es cierto que los medios han perdido estatura moral y capacidad de liderazgo ético, al menos han ganado en realismo y en crudeza, mostrándonos el mundo tal cual es, aunque eso no nos guste demasiado.
Pero hay una tercera manera de ver el fenómeno, que es la que adopta Johnson y que nosotros compartimos: a saber, que los medios no tienen por qué ser el faro de la moral burguesa. Mejor que pensarlos desde esta expectativas conviene entenderlos como entrenamientos en cognición diversa y compleja.
Desde hace un tiempo Fox viene irradiando la serie 24, ampliamente criticada en USA por su visión maniquea de los terroristas musulmanes, y por su delectación en la promoción de la violencia. En un episodio trasmitido en USA en enero del 2005 y en nuestro país hace un par de semanas, la provocación alcanzó grados sobresalientes. Así, un terrorista contrata a un asesino a sueldo para matar a su hijo no suficientemente adscripto a la causa. Y en el mismo episodio el ssecretario de Defensa de USA autoriza la tortura de su propio hijo con vistas a descubrir la existencia de una conjura terrorista.
Para Johnson lo notable e inesperado no son las líneas argumentales aquí aludidas (como señalamos arriba, en esto se quedan los análisis superficiales) sino que el cambio de contenido ha ido de consuno con un cambio de las formas. En los escasos 44 minutos que dura el episodio, este conecta las vidas de 21 personajes diferentes, cada uno con un arco narrativo propio (personalidad definida con motivaciones y obstáculos, relaciones específicas con los otros personajes, etc.). Si hiciéramos un grafo interconectando a todos estos personajes y sus relaciones lo que tendríamos no es nada parecido a Bonanza o a Lassie sino a La Casa Verde , de Mario Vargas Llosa, con cuatro líneas argumentales en tres tiempos simultáneos, etc.
Lo que esta inesperada constatación deja al descubierto es que las letanías de los Sartori y compañía (que tan fácilmente han sabido prohijar adeptos en nuestro país) acerca de la caída abrupta de las masas en la estupidez, gracias a los servicios siempre disponibles de una televisión rayana en el grado cero del conocimiento, deben ser radicalmente revisadas y descartadas.
Porque lo que programas como 24, ER y The West Wing están demostrando semana a semana es que la cultura televisiva se está volviendo cada vez más -y no menos- cognitivamente exigente. Para poder entender qué pasa en programas como 24 hay que hacer un esfuerzo cognitivo considerable que no tiene parangón con la TV que veíamos y nos gustaba (o no) 20 años atrás.
Para poder divertirnos con series como 24 tenemos que prestar mucha atención, hacer muchas inferencias y sobre todo llevar una detallada (y difícil) cuenta de las relaciones sociales en constante mutación de los personajes, que se multiplican y metamorfosean diabólicamente en estas series contrariando la navaja occaniana de que los "entia non sont multiplicanda" (de que las nociones explicativas tienen que reducirse al mínimo).
Johnson llama -siguiendo una indicación de la película Sleeper (1973) de Woody Allen- "la curva del Dormilón" a la constatación de que los videojuegos, la violencia televisiva, las comedias de situaciones juveniles, pero especialmente los reality shows, tienen un valor nutricional e intelectual de primera magnitud.
La novedad -porque a veces hay novedad a Dios gracias- es que un nuevo tipo de inteligencia televisiva afloró en el ambiente hace un rato, pero necesitamos de un cool hunter memético como Johnson para apercibirnos. Y este nuevo tipo de televisión parece parasitar todos los componentes cognitivos nobles asociados beatíficamente a la lectura: atención, paciencia, retención, paneo simultáneo de líneas narrativas.
Aunque no nos hayamos dado cuenta, hace ya más de 50 años que la televisión en vez de volver a la gente más estúpida -como los sartorianos se jactan de haber descubierto- lo que ha hecho en cambio es poner una presión inmensa sobre estas capacidades cognitivas que por algún motivo insondable creíamos inextricablemente asociadas a la lectura.
La complejidad creciente está asociada a tres elementos centrales: múltiples relatos, señalamientos intermitentes y redes sociales. Tomemos una serie o película de ciencia ficción cualquiera. Cada tanto un lego pregunta inesperadamente que están haciendo con un acelerador de partículas: se trata de un llamado de atención que le brinda al público la información que necesita para poder entender lo que sigue ("Ojo con tirarle agua encima porque se pudre todo"). Estos señalamientos sirven como abreviaturas narrativas, no hace falta que se sepa más del asunto, pero si no sabe por lo menos esto no se va a entender lo que sigue. Los señalamientos son atajos que permiten fijar la atención y no exigen diversificar indefinidamente la energía comprensiva. Se trata de flechas que ayudan a ver en la dirección de lo que importa.
En cambio, en las series inteligentes -especialmente en The West Wing- lo que vemos es la deliberada introducción de misterios y ambigüedades en el presente, no en el futuro. Los personajes actúan y deciden pero les falta una información que ni nosotros tenemos como espectadores omniscientes.
A diferencia de las series clásicas aquí la pregunta clave no es ¿cómo terminará esto? sino ¿qué esta pasando?, y la mayoría de las veces no podemos saberlo, como muchas veces no podemos saberlo en la vida real.
A la objeción de que Johnson le ha dedicado demasiado tiempo y espacio a los shows finos pero ha pasado totalmente por alto las toneladas de basura que han invadido a la TV últimamente, y en especial a la infección virósica de la endemolmanía que inventa reality shows sin parar, su respuesta es cáustica y programática. La TV de todos los tiempos siempre tuvo escasos buenos programas y siempre exhibió bazofia a granel. No tiene sentido comparar a El Millonario con Mash, no más que a Survivor con ER. En cada categoría siempre hubo programas similares y la comparación esta vez vuelve a dar un resultado sorprendente.
Porque comparar El Millonario con sus sosías de los años 80 muestra que no sólo los programas del prime time han aumentado en complejidad y exquisitez, sino que también la programación basura lo ha hecho en no menor proporción. Mientras que la televisión de los 60/70 tomaba sus claves del teatro, los reality shows de hoy están calcados sobre los videojuegos. Se trata de una serie de juegos competitivos que se vuelven cada vez más desafiantes hasta el punto de que algunos realitys toman prestados de la cultura de los juegos un rasgo todavía más llamativo: las reglas no están dadas desde el principio, uno aprende a jugar, jugando.
Quien haya logrado ver por debajo de la superficie del "estás nominado" y del glamour post-televisivo de las revistas reciclando ganadores, habrá podido comprobar cómo los realitys tomaron prestado otro elemento central de los videojuegos, a saber: el descubrimiento de puntos flojos y de oportunidades escondidas en (la violación) de las reglas. Como bien dice Johnson lo interesante de estos programas no es ver cómo se humilla al participante (estúpido recurso de la cámara sorpresa tan ensalzado entre nosotros), sino poner a la gente en un entorno complejo bajo presión, sin reglas preestablecidas y ver cómo se las arreglan para desenvolverse en un "juego de la vida" a escala social.
No se trata de una diferencia menor, y las observaciones de Johnson -que engarzan primorosamente con lo que nos ha enseñado Gonzalo Frasca acerca de estos temas- muestra que si bien absorbemos historias, cuando se trata de juegos lo que los humanos hacemos mejor que nadie es adivinar. Lo que ha hecho la tecnología corporal del reality show es llevar estas adivinanzas al prime time, sólo que el juego en cuestión aquí no está ligado a la destreza física sino a la emocional y social.
Si hoy nos aburre la TV de hace 25 años es porque en ella -como nos lo recuerdan permanentemente el canal Volver o TNT- no hay que pensar para entender que es lo que está pasando. Si The Simpsons o ER nos llaman la atención es porque al superponer capas y capas argumentales tenemos que hacer un esfuerzo denodado para entender que está pasando, y al hacerlo estamos ejercitando esas partes del cerebro que mapean redes sociales, que llevan información faltante y que conectan múltiples tramas narrativas.
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