Está muy mal visto, especialmente en los cenáculos culturales y en los ambientes educativos, hablar bien de nuestra época. Recorrerla a través de los videojuegos –como una forma privilegiada de comunicación– permite empero ir mucho más allá del rechazo y la crítica a la violencia –como antaño se abjuró del rock o del twist–, mostrando toda su positividad.
Como bien dice Vicente Verdú en su recentísimo y valioso ensayo Yo y tú, objetos de lujo. El personismo: la primera revolución cultural del siglo XXI (Barcelona, Debate, 2005), nuestra época tiene mala prensa.
Está muy mal visto, especialmente en los cenáculos culturales y en los ambientes educativos, hablar bien de ella. Sentirnos a gusto con este mundo (con una parte de él) nos vuelve necios y pasotistas, adaptados e integrados, carentes de espíritu crítico y vendidos a las multinacionales del marketing.
Todo es detestable, y muy especialmente el consumo de medios: se trate del cine de Hollywood o de los videojuegos, de la computación en red o del chateo entre pares.
La crítica cultural que se ensaña contra nuestra época cree ver proliferar productos basura, copias pirata, mentiras políticas y corrupción a granel.
Muy especialmente en lo que respecta a los adultos, la sociedad estaría vencida por la complacencia del consumo y la trivialidad de los medios de comunicación, mientras que la juventud se habría volcado a la dolce vita y a la escucha frenética de una música que fríe los cerebros y pulveriza el sentido.
Pero, sin desconocer alguna verdad en estos análisis y comentarios, ¿y si estuviéramos asistiendo más bien a una resistencia ante la aparición de un nuevo tipo y calidad de la cultura?
Llegando ya al borde de la provocación –y franqueándolo– tanto Verdú como Steven Johnson (en su filoso Everything bad is good for you) se preguntan: ¿y si los “ilustrados” estuviéramos ofuscados y lo que llamamos inepcia y descomposición fuera en realidad un panorama tan listo que no llegamos a ver?, ¿y si la sociedad de consumo no significara el cataclismo del espíritu absoluto sino el nacimiento de otro que todavía no conocemos? En este sentido el asco a los videojuegos y a las tecnologías digitales nos suena cada vez más a un discurso de clase. De una clase social y cultural conformada por una elite desesperada de intelectuales con problemas de adaptación transgeneracional.
¿Cómo se puede seguir gritando a troche y moche que nuestros jóvenes de hoy son más ignorantes que los de un siglo atrás cuando la mitad de la población mundial no sabía leer? ¿Por qué seguir insistiendo en que nuestros juegos, desde la rayuela a las figuritas, desde las cartas hasta la payana, con los toscos y elementales que eran, endiosados además por la nostalgia, tienen algún parangón con la complejidad de los entretenimientos actuales fuera y dentro de la red?
Es cierto que muchos chicos apenas leen. No lo es menos que tienen infinitas opciones de ocio que nosotros ni imaginábamos. Y además el hecho de que leen mucho menos que nosotros no los hace necesariamente pensar peor que nosotros, o en todo caso no los hace responsables de haber convertido al mundo en este refugio de odios e intolerancia sin par, alumbrados por las intelligentsias más afamadas del siglo pasado.
Después de todo, la matanza entre hutus y tutsis o la tragedia camboyana ocurrieron mucho después y fueron mucho menos cruentas –aun con su cuota de salvajismo– que Auschwitz y que Treblinka.
Sin endiosar ningún triunfalismo, sin convertir a la tecnología en ninguna panacea, sin suponer que los conflictos sociales, políticos o económicos encontrarán en las redes de máquinas alguna solución mágica, insistimos en que la contemporaneidad está llena de nuevos modos de vivir, gozar y saber que no son los de nuestra infancia, ni de la adolescencia para quienes ya hemos cruzado la barrera de los 50.
Las nuevas tecnologías, los mass media, la mutación del modelo femenino, del modelo del niño, del modelo del animal, del modelo del objeto, de la manera de amar y de comer han cambiado todo, pero seguimos enfrascados en aprender como antes, y en enseñar como antes.
Desde el día de ayer educ.ar ha puesto a disposición de alumnos y de docentes, de pedagogos y de críticos culturales, pero sobre todo de quienes hacen uso intensivo de estas tecnologías y son conscientes de la situación sin retorno en la que estamos insertos, este nuevo espacio: el Observatorio de videojuegos, construido para el diseño y la participación.
Para nosotros, el lápiz está tan vivo como el mouse, el papel tanto como la pantalla, la interacción tanto como la meditación, la inmersión tanto como la discusión.
Lo maravilloso de esta época es la interpenetración, la variedad, la hibridación, la suma, la multiplicación, la síntesis, las ganas de encantar a todos los sentidos, y al cuerpo y a la mente por igual.
No fue un filósofo de las profundidades sino una cupletera de ley, la españolísima Sarita Montiel, la que pronunció el aserto mágico: “Permanecer en la nostalgia envejece la mente”.
Para desesperación de los letrados, la cultura del consumo está por exterminar a la cultura ilustrada dentro del ascendente capitalismo de ficción. Pero en vez de asustarnos y rasgarnos las vestiduras –a la Baudrillard– para nosotros la energía del consumo, especialmente cultural, está creando un nuevo tipo de hombre/mujer, de sujeto/objeto (sobjeto lo ha bautizado Verdú) cuya felicidad consiste en establecer múltiples nexos con los demás. Que ha sustituido a la profundidad por la variedad y a la unicidad por el eclecticismo y la aventura.
Me pareció muy buena la reflexión y es una invitación a revisar las frases hechas y el continuo prejuicio y desprestigio hacia los que recién comienzan a experimentar su propia autonomía e identidad cultural (los niños, adolescentes y jóvenes). Creo que es un buen artículo para invitarnos a reflexionar y a repensar ¿cómo seguimos enseñando con un modelo cultural de aula del siglo XIX en el ya iniciado siglo XXI? ¿qué fue lo que nos ocurrió en el Siglo XX que no cambiamos para nada el contexto de la enseñanza, con el cine, la TV, el audiovisual y los medios impactando en nuestras vidas? Mari
Resulta muy interesante la postura del autor. Creo que alguna vez Mariano Narodowsky planteó, acerca de la TV, que puede extenderse al resto de las TICs y los medios: "no es el lobo, pero tampoco caperucita".
Comprender la realidad del s. XXI implica posicionarse desde otro lugar, mirar con ojos no modernos, Los resabios de Modernidad coexisten en y con nosotros. Una Modernidad segura, con centros fijos y verdades absolutas, frente a una pos modernidad multiforme ( creo interesante comparala con una ameba), en permanenete movimiento y cuyos centros varían. los educadores en gral. somos "modernos", con los ritmos de la lectura, y nos cuesta lo fugaz y el zapping de nuestros alumnos. Creo que un 1º paso, el desocultarlo podría abrir las puertas para tender un puente.
Comparto absolutamente las reflexiones de Piscitelli y algunos ya nos lanzamos en la dirección de la "mala Prensa". Quiero aprovechar este espacio ya que en la diplomatura de Educación y Nuevas Tecnologías de Flacso en un grupo estamos trabajando en la aplicación de videojuegos en la enseñanza de las ciencias sociales en la escuela. El que quiera saber algo más le doy la dirección de mi blog: http://spriamo.blogspot.com
esta genial el comentario
Coincido con el comentario de Piscitelli y agregaría que hay docentes que están trabajando en la aplicación didáctica de videojuegos en la escuela. Para más información: http://spriamo.blogspot.com
Muchas gracias
A mi entender, los que hoy tienen de 30 para abajo - más o menos - es la primera generación joven después de la Segunda Guerra Mundial que no tiene una cultura propia. No hay valores propios en los chicos. Todo parece haber sido creado por sus padres o abuelos. No hay música ni ideología propias. No hay un Elvis, ni Beatles, ni Pink Floyds, ni Grateful Deads, ni Led Zeppelins, ni Sex Pistols. El último gran movimiento contracultural fueron los punks, que aterrizaron aquí tarde debido a la represión que estaba en el kiosco de la esquina (rememorando un tema de Los Violadores). Tampoco hay una ideología política propia. Ni Che Guevara, ni Perón, ni nada. Quizás el único espacio donde los chicos pueden construirse una cultura propia es desde el uso de las TIC's. La cultura joven pasa por aquí, a mi entender. Es el único lugar donde hay rechazo abierto por parte de los "viejos". "Viejos" que han renegado de su juventud, ya que es difícil entender que haya gente de alrededor de 60 años, contemporánea al Times they are a'changing de Bob Dylan que descalifique de cuajo lo nuevo. El uso de las TIC's es uno de los pocos ámbitos donde se vislumbra un quiebre generacional. Los hijos se visten igual que sus padres, cosa que hace rato que no se veía.
Comparto algunas de las ideas expuestas. La cuestión a resolver como sociedad, es cómo garantizamos el acceso de todos los niños y jóvenes a las nuevos "juguetes" tecnológicos. Me parece, que en esta cuestión, el camino a recorrer es muy largo.
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