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Concepción Cascajosa: Un punto de giro en la televisión
Primera parte

Es autora de los libros Prime Time: Las mejores series americanas, de CSI a Los Sopranos, El espejo deformado: Versiones, secuelas y adaptaciones en Hollywood y De la TV a Hollywood: Un repaso a las películas basadas en series.

Vive en Madrid, es doctora en Comunicación Audiovisual y profesora ayudante en el departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III, de Madrid.

En su paso por Buenos Aires –donde vino a investigar la trayectoria de un pionero de la televisión, Narciso Ibáñez Serrador (hijo de Narciso Ibáñez Menta)– habló con educ.ar sobre las series de TV favoritas, sobre la televisión en internet, y sobre lo que ella llama la “tercera edad dorada de la televisión”. “Todo sobre la tele”, se llama su blog.

Por Alejandro Piscitelli, Cecilia Sagol y Verónica Castro

Steven Johnson, un filósofo norteamericano, en su libro "Todo lo que es malo es bueno para Ud.", da cuenta de por qué hay tantas buenas series televisivas (básicamente norteamericanas) que desde el punto de vista narrativo son difíciles pero que son vistas en todo el mundo. ¿Cómo aparece esta idea de una televisión de nicho pero con una audiencia masiva, de una televisión inteligente? ¿Por qué ahora?

—Esta idea de Steven Johnson la podría ampliar con lo que yo llamo la “tercera edad dorada de la televisión”. La televisión de ficción en los EE.UU. (en los años 50) comenzó como un medio de elite; las cosas más interesantes de la primera televisión ficción norteamericana fueron adaptaciones literarias hechas por gente de teatro de Nueva York, como el caso de Paddy Chayefsky, que se había ido a Hollywood –donde se sintió terriblemente despreciado– y sin embargo encuentró el hueco en televisión para contar las historias que quería contar. La primera parte de la ficción televisiva norteamericana ya eran relatos muy inteligentes.

De hecho yo he escrito sobre algunos programas de televisión de la época que luego se convierten en películas muy valoradas. A finales de los años 50 y principios de los 60 Marty, El milagro de Anna Sullivan, Doce hombres sin piedad o Días de vino y rosas fueron exitosas adaptaciones cinematográficas de sendas obras televisivas.

En aquel momento la televisión era de un público de elite, de un alto poder adquisitivo, que eran los que podían comprar el televisor. Pero en el momento en que el público se amplía y las cadenas de televisión tienen que llegar a todos se establece lo que es el mínimo denominador común, y la estructura narrativa se hizo más simple, reiterativa y más o menos obvia.

Sin embrago, el público se fue haciendo cada vez más inteligente y ya en los años 70 la estructura narrativa de los años 50 y 60 no era válida, el público quería algo diferente. Se produce una evolución de los públicos y una evolución de la propia producción industrial norteamericana, y comienza lo que conocemos por fragmentación. Y en este caso tenemos que entender que se produce una doble fragmentación: una fragmentación del público al que van a llegar las cadenas generalistas a finales de los 80, y una segunda fragmentación, que tiene su auge en los años 90, del propio mercado televisivo norteamericano, en el que las audiencias que va logrando el cable y las cadenas pequeñas –como por ejemplo Fox– empiezan a ser relevantes.

A partir de allí, en los años 80, empieza el concepto del Blue chip demographics: a los publicistas ya no les vale todo el público, tienen que llegar a una audiencia que es la que consume. Porque da igual que 50 millones de personas vean un programa si después el producto sólo lo van a comprar 100.000. Se trata entonces de saber colocar la publicidad en un sitio donde la vean esos 100.000.

El blue chip demographics

El blue chip demographics es una especie de elite de la sociedad, pero no en el sentido de lo más alto sino de gente que sobre todo vive en los núcleos urbanos, profesionales, profesores, cargos medios de empresas que tienen estudios universitarios; y también tiene que ver con lo que se llamó el baby boom. Son elementos de la economía, la cultura y la demografía norteamericana que no tienen nada que ver con la televisión y, que sin embargo, son lo que determina lo que a partir de ese momento va a ser la televisión.

La cadena NBC

En este caso estamos hablando de la cadena NBC y estamos hablando de una nueva práctica de programación para la nueva América que consume (un público más sofisticado) que empieza a desarrollar un creativo de televisión llamado Grand Tinker, nombrado en ese momento presidente de la cadena NBC.

Podemos citar el caso de la serie Canción triste de Hill Street: en los créditos hay trece personajes, a comparación de una serie policial convencional como Starkey y Hutch, que tiene dos protagonistas. Aquí hay un salto cualitativo. Y como éste hay otros ejemplos. De pronto los creadores de televisión (que en general son gente bastante brillante) empezaron a hacer cosas diferentes que parecían imposibles de realizar en televisión, y no se quedaron con las ganas.

A partir de ese momento la televisión hace el tercer salto hacia lo que es la televisión actual, donde esa fragmentación de público –esa blue chip demographics que permitió series como Canción triste de Hill Street ( Hill Street Blues en inglés) – en los años 90 llega a la consolidación de la fragmentación del mercado televisivo, en el sentido de que ya no son tres cadenas, ni cuatro, ni cinco las que están produciendo series de ficción sino dos o tres decenas de cadenas en algunos momentos.

Eso significa que hay muchas más oportunidades de contar historias y jugar a prueba y error.

El caso de HBO

Quien mejor aprovechó esta situación fue la señal HBO, porque llega al nivel extremo de todo lo que vengo hablando: su público es de un alto nivel adquisitivo y cultural, es un canal de cable premium, que hay que pagar. Ellos saben ya a qué público se dirigen y no aspiran a otro tipo de público, a lo que se suma que en HBO no hay publicidad.

En los EE.UU. las series de ficción tienen una pauta de cuatro pausas repartidas a lo largo del relato. Por lo tanto, el relato se tiene que construir de manera que justo antes de cada pausa haya lo que la gente de guión o de narrativa llama un punto de giro, que dirige el relato hacia otro punto para que la gente se quede mirando la publicidad para ver cómo sigue el relato. En HBO eso desaparece, y por primera vez los creadores de televisión pueden escribir sin tener en cuenta los puntos de giro, algo que rompe totalmente las reglas de la dramaturgia tradicional en televisión.

Así esta cadena se coloca en un pedestal. En el New York Times, el crítico Steven Holder decía que la serie Los Sopranos es el producto cultural más interesante que ha producido EE.UU. en los últimos 25 años. Cuando se emitió el capítulo final de Los Sopranos, hace un par de meses, todos los diarios importantes de los EE.UU. dedicaron una parte de su tapa a hablar de ello, y así se va creando una tendencia.

Otros canales de cable que sí tienen publicidad no pueden hacer lo mismo que hace HBO, pero sí se pueden inspirar en lo que hace HBO, que no tiene nada que ver con lo que se estaba haciendo antes en TV, y así puede ir haciéndolo en general toda la televisión.


—Entonces, ¿cómo define la tercera edad dorada de la TV?

—Digo que es la tercera edad dorada porque estamos en un período muy diferente de la llamada segunda edad dorada de la TV, como la definió Robert Thompson en su magnífico libro La segunda edad dorada de la televisión norteamericana.

Hoy estamos en el momento de la fragmentación del mercado.


—Con la pasión y la seguridad con que Ud. habla de esta nueva televisión inteligente, podría pensarse que es una idea aceptada. Sin embargo, no está aceptada por la opinión pública. Nunca se ha denigrado tanto a la televisión como ahora. La academia habla pestes de la televisión y en general los medios de comunicación cuentan historias de chicos que ven mucha televisión y después se vuelven asesinos, por ejemplo… ¿Por qué en el momento en que la televisión entra en su tercera edad dorada la atacan más que nunca? ¿Por qué el sistema educativo detesta la televisión y por qué se cree que el único antídoto contra la violencia y que va a permitir una sociedad más justa es la literatura, o leer más?

—Hace unos meses mi catedrático en la Universidad Carlos III, José Manuel Palacios, dijo una cosa que me pareció realmente interesante: “¿Cuántos genocidios hubo en Europa con un sistema televisivo desarrollado?”. El último conato de genocidio fue la guerra de los Balcanes en los 90, y se pudo evitar gracias a la cobertura televisiva de lo que estaba ocurriendo.

A partir del trabajo de reconstrucción histórica que estoy haciendo en la Argentina me topé con editoriales de los años 50 de revistas como Antena o Radiolandia y me di cuenta de que si le cambiamos la fecha a esas publicaciones podríamos estar hablando de la televisión de hoy: se habla de la violencia en televisión, de la baja calidad, del exceso de publicidad, etcétera.

El problema no es tanto si la televisión ha sido o no inteligente, sino valorar la inteligencia de la propia gente que escribe para televisión. La corriente intelectual que critica la televisión sigue diciendo lo mismo que hace 50 años, no dice nada original. Es decir, que la televisión evolucionó mucho y la gente que critica la televisión sigue diciendo las mismas cosas.

La televisión es un espacio muy obvio para que se hagan críticas, es un medio que está muy expuesto a la sociedad, a diferencia de un libro, por ejemplo, que es algo cerrado puesto en una estantería y es muy difícil llegar a él. En cambio, ver lo que está ocurriendo en televisión es muy fácil. También la gente de cine critica mucho la televisión: para ellos el cine es verdaderamente un arte y la televisión es lo pobre.

Pero volviendo un poco a la pregunta, creo que se trata de convencer a la gente de que la televisión es un reflejo de la sociedad, que la sociedad es extremadamente compleja y que la televisión también lo es. En última instancia cada uno es responsable y puede decidir lo que quiere ver o no. A mí me gusta ver un capítulo de Los Sopranos y también una gala de Gran Hermano, pero obviamente no mido con el mismo patrón a un programa que al otro.

En Gran Hermano puedo encontrar el humor o ver el reflejo de la sociedad, las relaciones interpersonales, una reflexión sobre los propios mecanismos televisivos, porque todo lo que es tele-realidad es muy metatelevisivo. Y en Los Sopranos disfruto de un producto cultural complejo. Podemos ver la televisión como queramos y sacar de ella lo que nos interese.

Y respecto de la televisión y el sistema educativo, pienso que podemos convencer a los docentes de que utilicen la televisión para enseñar, por ejemplo, el concepto de democracia viendo alguno de los capítulos de El ala oeste de la Casa Blanca (en inglés The West Wing) o se pueden plantear ideas sobre la interculturalidad viendo capítulos de Perdidos (Lost), una serie en la que gente perdida, de culturas diferentes, convive en un lugar aislado. O se pueden tratar temas de ética utilizando alguno de los muchos capítulos de 24, donde Jack Bauer –el protagonista– tortura o amenaza a alguno de los detenidos, sólo por citar algunos ejemplos.


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Fecha: Octubre de 2007

Artículos completos escritos por Concepción Cascajosa



1 Comentario

  1. RICARDO AIELLO. Noviembre 3, 2009 15:54

    Coincido con Concepción. Y me parece bueno que profesionales hagan un ensalzamiento -tan necesario por cierto- de la TV como medio. Se trata de re-pensar lugares comúnes, tópicos, que, desde la crítica cerrada e inmutable, poco ayudan (o nada) en explotar las posibilidades revolucionarias del medio.