El portal educativo del Estado argentino

 
 

Jay David Bolter:"El nuevo Gutenberg"
Primera parte

Una luminaria que nos merece el mayor de los respetos es Jay D. Bolter, a quien Brian Eno ha llamado a "el nuevo Gutenberg". Su obra zigzaguea el mismo orden conceptual alguna vez atravesado por Marshall McLuhan, Ted Nelson, Douglas Engelbart, y obviamente el propio Johannes Gutenberg. El hipertexto (fue uno de los desarrolladores de Storyspace, una de las pocas y exclusivas herramientas de autoría hipertextual que cumple con lo que promete), la evolución de los medios y el rol de la computadora en los procesos escriturales y educativos son algunas de sus múltiples obsesiones.

A lo largo de dos décadas ha escrito obras importantes como Turing's Man; el fundacional Writing Space: Computers, HyperText, and the History of Writing (aparecido originalmente en 1991 y con una segunda versión corregida del 2001: Writing Space: Computers, Hypertext, and the Remediation of Print), Remediation: Understanding New Media (con Richard Grusin). Su trabajo más reciente es en colaboración con Diane Gromala: Windows and Mirrors: Interaction Design, Digital Art and the Myth of Transparency.


—La primera pregunta que quiero hacerle, Jay, tiene que ver con su formación. ¿Qué estudió? ¿Cuáles fueron sus primeros intereses en la universidad y cómo fue la deriva desde esos balbuceos iniciales hasta donde está hoy?


—En realidad estudié Literatura Clásica, griega y romana, y me doctoré en ese tema. Si lo analizo retrospectivamente, observo que de hecho ya me dedicaba a los medios de alguna manera, porque los estudios clásicos se preocupan muy especialmente por las formas en que se viene transmitiendo la literatura desde la Antigüedad hasta hoy, de modo que los estudiosos de la literatura clásica terminamos hablando de los medios de transmisión y de cómo estos afectan la cultura. Quizá sea por ese motivo que desarrollé un temprano interés por la computadora como tecnología de almacenamiento, transmisión y modificación del pensamiento y la expresión.

Cuando estaba por doctorarme también hacía cursos en el Departamento de Informática de la Universidad de Carolina del Norte, así que no podía dejar de establecer la relación que existe entre la computación y las humanidades. Fruto de eso escribí un libro en la década del 80, El hombre de Turing: la cultura occidental en la era de la computación, en el que analizaba la computadora como una tecnología metafórica, es decir, una tecnología que viene a simbolizar o representar un hecho histórico y cultural del momento. Y a partir de ahí empecé de a poco a pensar en la computadora como medio, primero para la escritura y más adelante en términos multimedia. En relación con la escritura, me sumé al movimiento que se generó en torno al hipertexto en los 80 y los 90. Trabajé con pioneros de la ficción hipertextual, como Michael Joyce, y me dediqué a pensar cómo se podía usar el hipertexto como tecnología de la escritura en la escuela. Cuando en 1991 me fui al Instituto de Tecnología de Georgia, donde doy clases actualmente, empecé a interesarme cada vez más por los medios visuales, es decir por la capacidad de la computadora para almacenar y transmitir no ya símbolos textuales sino también imágenes, y otro tipo de tecnologías perceptuales. Por supuesto, en ese momento empezaba a cobrar importancia la World Wide Web y los gráficos generados por computadora estaban atravesando un auténtico renacer en términos mediáticos. Es así que en el Instituto de Tecnología de Georgia mis intereses convergieron con los desarrollos actuales en tecnología web y los nuevos medios en general.

—En su paso por la Universidad de Toronto conoció a McLuhan, y supongo que tendrá alguna impresión sobre él. ¿Cree que el hecho de haber compartido esa época con gente como McLuhan en Toronto influyó de algún modo en su visión del mundo y en la manera de abordar todas estas cuestiones?


—Pienso que en alguna medida sí, en el sentido de que McLuhan era una presencia tan fuerte en el campus que no podía dejar de influir en la forma en que la gente pensaba estas cuestiones. Además, porque el propio McLuhan dialogaba con los especialistas en literatura clásica sobre la cuestión de los medios. De hecho, él tuvo grandes influencias, como Eric Havelock, Albert Lord y Milman Parry, que tenían en cuenta su visión a la hora de analizar las tecnologías orales y la nueva oralidad. Si pudiera emplear el término “psiquista” que ellos usaban, ya pasado de moda, diría que esa mirada de alguna manera estaba presente en quienes se planteaban interrogantes sobre los medios dentro de la Universidad de Toronto, y eso quizás influyó en mí.
Piscitelli junto a Bolter

—¿Y qué autores influyeron en su pensamiento en los 70, 80 y 90?


—Bueno, en un principio tuve una influencia muy grande de pensadores de la historia de la tecnología, en especial de Lewis Mumford. También de algún modo reconozco la influencia de macrohistoriadores de la primera parte del siglo, como Arnold Toynbee e incluso Oswald Spengler, que pensaban en términos de grandes sistemas. Esas fueron las influencias que marcaron mi juventud. Luego comencé a interesarme por la teoría crítica y la teoría literaria de la época, digamos la deconstrucción según Derrida y otros posestructuralistas, como Barthes. Me nutrí de esos autores cuando empecé a pensar, como muchos otros, incluido George Landow, en el hipertexto y su influencia en la idea que tenemos sobre el libro, la obra, el texto y el autor, esos conceptos fundamentales de la escritura y la autoría que los posestructuralistas estaban poniendo en cuestión. De modo que esas fueron influencias importantes. Y por último también puedo mencionar a los tecnologistas, como Alan Kay, el doctor Douglas Engelbart
, Negroponte y tantos otros. Si bien en realidad no participábamos en el mismo diálogo, porque ellos no han sido en absoluto posestructuralistas ni posmodernistas, considero que constituyeron una fuerza tecnológica importante a la hora de encontrar nuevos modos de pensar el papel de la ciencia y la tecnología en la cultura.


—Ud. escribió el El hombre de Turing (1988), Writing Space (1991), y más adelante Remediation ¿Cómo fue el pasaje entre uno y otro libro? ¿Cuáles serían las ideas principales de ese recorrido?


—En El hombre de Turing hay una influencia muy marcada de Lewis Mumford. Ahí traté de pensar en las máquinas y en las eras de la tecnología de un modo casi filosófico-histórico. Después me di cuenta de que el enfoque era demasiado pretencioso y vago, así que comencé a trabajar más específicamente en las tecnologías de la escritura. En ese momento estaba con Michael Joyce, así que fui tomando ideas de los posestructuralistas, y terminé escribiendo Writing Space, que es un auténtico intento de ubicar el hipertexto dentro de la historia de la escritura. Más adelante, cuando me fui a Georgia Tech, traté con gente de mi departamento que estaba trabajando de forma más concreta con el pensamiento posestructuralista y el posmodernismo posestructuralista como movimiento teórico. Al mismo tiempo empecé a trabajar, dentro del mismo instituto, con especialistas en informática que estaban abocados a la realidad virtual y otras tecnologías gráficas, y de este modo tomé conciencia de la importancia de la tecnología visual. Remediation en verdad viene a rastrear sobre todo las tecnologías visuales, desde algunas anteriores como el film hasta expresiones visuales como los gráficos computarizados que se usan en las películas, la realidad virtual e incluso la World Wide Web, convertida cada vez más en un medio visual.

—Y después escribió otro libro sobre las metáforas.

—Sí, el último libro fue Windows and Mirrors, una obra que escribí con Diane Gromala, una colega que es artista digital. Es una continuación de mi trabajo con especialistas en informática y diseñadores. El argumento que planteamos es que los artistas visuales en realidad son una voz importante para sumar al diálogo sobre cómo se pueden diseñar las nuevas interfaces y aplicaciones. En particular deberíamos pensar en los nuevos modos en que el arte digital hace de la tecnología algo factible, y esta metáfora visual sobre la tecnología es algo que los diseñadores deben tener presente.


—¿Y ahora en qué está trabajando?


—Ahora estoy trabajando con otro colega de informática en un área que denominamos “Hombres del arte. Diseñando la experiencia de la realidad y la experiencia móvil”. En realidad, con esas frases largas lo que queremos decir es que las tecnologías digitales, tal como estamos empezando a darnos cuenta, no son meras tecnologías destinadas a transmitir información sino que también implican la posibilidad de crear o poner en escena nuevas experiencias para los usuarios. Experiencias que pueden ser de educación informal, como la visita a un museo, un edificio, un campo de batalla o un cementerio históricos, pero también otras experiencias más genéricas como participar en un juego con amigos o experimentar una obra de teatro o una narración digitales. Mi colega Blair MacIntyre y sus compañeros del departamento de Informática vienen trabajando en la construcción de tecnologías que permitan a los diseñadores crear ese tipo de experiencias y a los usuarios, disfrutarlas.


—¿Y la enseñanza? Ud. es docente desde hace 25 o 30 años. ¿Qué relación hay entre su trabajo de análisis y uso de los nuevos medios y su tarea docente?

—Doy clases en una carrera llamada Medios Digitales, que tiene elementos prácticos, teóricos y de historia. Algunos de los cursos abordan la historia de los medios, otros son más teóricos y en otros los estudiantes construyen artefactos. Entonces a veces me toca exponer, o participar en seminarios y discusiones, cosa que vengo haciendo desde hace muchísimos años. Pero creo que los cursos más interesantes y productivos son los prácticos, donde se trabaja con la modalidad de taller y donde los estudiantes hacen tanta docencia como yo. Se enseñan a sí mismos y se enseñan unos a otros mientras construyen las cosas. Por ejemplo, el año pasado tuve un curso que tenía como tarea un proyecto que duraba todo el semestre y que consistía en emplear la tecnología móvil para representar una experiencia. Entonces se dividieron en tres grupos y cada uno encaraba un proyecto diferente, pero compartían lo que estaban trabajando con el resto de la clase. Era una clase muy informal y yo sentía, como acabo de decir, que no era tanto el profesor como un colaborador. Pienso que ese tipo de enseñanza, que no fue parte de mi formación en humanidades, es muy estimulante. Cuando yo estudiaba –y estimo que no ha cambiado mucho– los modelos básicos eran la clase teórica o el seminario. Hablábamos, criticábamos, analizábamos, pero no construíamos cosas. Creo que la práctica de armar artefactos, algo que los diseñadores visuales, los especialistas en informática, los ingenieros y demás hacen todo el tiempo, sumada a la perspectiva histórico-filosófica, le imprimen un rasgo sumamente interesante de las carreras que tienen que ver con los medios digitales.


—¿Las máquinas que tenemos ahora le sirvieron para eso o existe la necesidad de crear tecnologías nuevas para hacer cosas nuevas? ¿Y la posibilidad de ejercitar creció en los últimos 20 años con las máquinas que tenemos ahora?

—Por supuesto. Nada de lo que mis alumnos hicieron el último semestre se podría haber hecho cinco años atrás. La tecnología móvil no existía, quizá sí en los laboratorios, pero no estaba disponible. En relación con la práctica, con el hacer, nuestro programa trabaja en dos niveles. Por un lado usamos las tecnologías existentes, “oficiales”, de nuevas maneras. Por ejemplo, los estudiantes usan Flash, Dreamweaver, PHP y otros programas de diseño web y de bases de datos para construir nuevas aplicaciones. Pero también, y especialmente cuando trabajo con mis colegas de Informática, creamos nuevas tecnologías que no existían y que están en etapa de laboratorio. Concebimos la tecnología experimental de las dos maneras: creamos la tecnología como experimento y también experimentamos con las tecnologías familiares o ya disponibles.

Continuar la entrevista


Fecha: Agosto de 2007